sábado 4 de julio de 2009

Le salieron mal los anales y lo mandaron al siete i

Si el lenguaje de los partes policiales –que luego repite la prensa ¿especializada? en crónica roja- nos resulta críptico (ver artículo sobre el tema publicado en este mismísimo blog la semana anterior), qué podemos decir del lenguaje de los médicos. Claro que los profesionales de la salud (¿o debería decir “de la enfermedad”?) tienen su propia jerga y sus términos técnicos, pero de entenderlos dependen nada más y nada menos que nuestra salud, cuando no, nuestra vida, cosa que no ocurre en los partes policiales, porque honestamente un dolo más o un acometimiento menos me dan igual, pero con un proteinograma electroforético no se juega.
De la supina ignorancia que tenemos los pobres mortales de los términos médicos, y de la incapacidad de algunos galenos de traducir al español qué esfigmomanómetro quieren decir, surgen malos entendidos, muchas veces jocosos, como hacerse los anales, andar con la honda o sufrir neuralgia del trigésimo.
Como la docencia es, antes que nada un apostolado, y entre los objetivos de este humildísimo blog está el de educar a las masas (y a los sánguches), aquí van algunas aclaraciones de orden práctico:

Aguda: en este caso, no se refiere a las palabras acentuadas en la última sílaba, sino a una fase de una enfermedad. Se dice que está en fase aguda cuando es imposible obviar que una está enferma, porque le vino flor de patatús (de la índole que sea).

Azúcar: uno de los monstruos del imaginario colectivo; tener “azúcar en la sangre” produce un pavor completamente infundado. No hay modo de que un cristiano tenga azúcar en la sangre; quienes tienen azúcar circulando por su cuerpo suelen ser plantas, en particular la caña de azúcar y la remolacha azucarera-oh, sorpresa-. Lo que una tiene es glucosa, y el nivel de tan dulce sustancia en la sangre se llama glucemia o glicemia. Como casi todo en esta vida, hay que tener lo justo, porque tanto el exceso o el defecto perjudican. Cambiá los waffles de chocolate por una manzana, y después me contás.

Colesterol bueno / colesterol malo: parece el título de una película de Kusturica, pero sin embargo es la denominación vulgar e incorrecta de HDL y LDL, que como todo el mundo sabe, quieren decir High Density Lipoproteins y Low Density Lipoproteins. Hay que tener ambas lipoproteínas en niveles de normalidad, y dejarse de joder con concepciones maniqueas.

Colesterol: especie de monstruo legendario de la posmodernidad. Tildado de “malo” por el vulgo, el colesterol no sólo no es malo, sino que es imprescindible para las membranas celulares, para que las neuronas te funcionen rapidito y para un montón de cosas más. Lo que es malo no es tener colesterol, sino tenerlo en exceso. Aflojale a las milanesas con papas fritas, a los bizcochos y a aplastar el culo en la silla, y vas a ver cómo en seguida se te amansa.

Crónica: se dice de la enfermedad que se aquerencia y no se va, por más que una insista en negarla. Conviene asumir la condición de enfermo crónico de una buena vez, y aburrir a familiares y amigos con los detalles cada vez que sale el tema en una conversación.

CTI: siglas de Centro de Terapia Intensiva o Centro de Tratamiento Intensivo. No insistas con decirle "siete i", por más que se encuentre situado en el séptimo piso del hospital. A este centro se derivan los pacientes en condiciones críticas -es decir, más jodida- o aquellos cuyo estado de salud se ha visto seriamente perjudicado por acciones cometidas por sus insoportables familiares o por un jefe tóxico, dado que en el CTI el paciente está solo y tranquilo. El personal técnico cuenta con entrenamiento especial, pero suelen seleccionarse más que por sus capacidades, por su taciturnidad, dado que la mayoría de los pacientes de un CTI no son dados a conversar.

Es un virus: muletilla que utilizan algunos médicos cuando no pueden determinar con precisión el diagnóstico, pero sospechan que lo que tiene el paciente no es muy grave. Nunca es un virus: los virus son patoteros y siempre andan de a chiquisientillones. Y lo que tienen de bueno los virus es que cuando se aburren de enfermarte, se van (cuando no te matan, claro).

Hemograma: examen de sangre que consiste en que un técnico que está muy aburrido se entretenga en contar cuántos glóbulos y plaquetas tenés. Supongo que en el laboratorio hacen apuestas para ver quién le emboca al número de leucocitos, como para agregarle emoción a la cosa.

La clínica es soberana: expresión que utilizan algunos médicos cuando revisan al paciente y éste tuvo a bien llevar un montón de síntomas parecidos a los del libro, por lo que el diagnóstico se cae de maduro. Cuando la soberanía de la clínica está en duda, agarrate pa'l temblor: se viene una andanada de análisis y estudios paraclínicos que podrás pagar sólo sacando el 5 de oro.

Mamografía: técnica utilizada para diagnosticar cáncer de mama. Hay muchos chistes que comparan lo que una siente al hacerse la mamografía con aplastarse una teta con la cortina metálica del garage; nada de eso es cierto. Es mucho peor, pero andá igual.

PAP: nombre cariñoso con que se designa al Papanicolau, examen que todas las mujeres tenemos que hacernos anualmente. No es nada del otro mundo y te puede salvar la vida, así que ponete la bombacha de ir al doctor y andá de una buena vez.

Próstata: órgano de la anatomía masculina que nadie sabie bien qué es, dónde está y para qué sirve, pero que suele joderles la vida a los caballeros, en particular a los de mediana edad en adelante. Nada malo pasaría si el señor se hubiera empezado a controlar a los cuarenta y poco, pero es más fácil convencer a Mahmud Ahmadineyad de que asuma públicamente el fraude electoral que a otro individuo cualquiera de que vaya al urólogo.

UCI: Unidad de Cuidados Intermedios. Lugar de internación para pacientes indecisos, ni tan graves como para CTI ni tan leves como para sala común. Viene a ser como un hospedaje clase turista, ni un 5 estrellas ni una pensión.

Queda abierto el consultorio: dejanos tu pregunta, y en breve responderemos tu duda. Recordá que estamos para servirte.
(Lo que no aclaremos aquí, ya se aclarará en la autopsia.)
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sábado 27 de junio de 2009

Cómo transformarse en un occiso de un momento a otro

Una cuestión que me ha llamado la atención desde mi más tierna infancia es el lenguaje que se emplea en la elaboración de los partes policiales. Claro que entiendo que cada profesión u oficio tiene su jerga, que puede llegar a resultar críptica para los no iniciados; lo que en realidad me sorprende es que se emplee exactamente el mismo lenguaje técnico en las crónicas policiales de los medios de comunicación, que se supone que están para eso, para facilitar y no para dificultar la comunicación, pero quién soy yo para decirle a nadie lo que tiene que hacer con su canal de TV o con su diario.
Lo que sí puedo hacer en mi blog -y ahí sí que no hay comisario ni periodista que me lo impidan- es tratar de aclarar algunos términos para que de ahora en más, estimado lector, entiendas de qué caracho habla la crónica roja.
Para empezar, se le llama crónica roja a la que refiere a los delitos cometidos y denunciados, tal vez en alusión al color de la sangre de los vertebrados, que es roja debido a la presencia de hemoglobina. Ahora bien, en la enorme mayoría de los delitos que se cometen no hay presencia alguna de sangre, así que no se entiende el por qué de ese remoquete. Podría referirse, se me dirá, al rojo como el color simbólico de la pasión; me pregunto qué pasión puede haber en un delito de fraude, pero capaz que es mi absoluta carencia de tendencias delictivas la que me hace ver la cosa en blanco y negro.
En el relato de cualquier delito que se cometa, el dato que realmente importa es la edad de la víctima; jamás es una persona: es un sexagenario el que fue embestido, o una septuagenaria la que fue rapiñada. Honestamente, creo que cualquier individuo que a sus 60 años esté en plena actividad, lo que más teme en la vida no es ser víctima de un crimen, sino ser recordado como el sexagenario.
Quien comete un crimen violento, por otra parte, especialmente si se trata de un asesinato o de una violación, no es un hijo de puta, sino un incalificable sujeto. Si yo no le entendí mal a mi profesora de Español, el sujeto puede contener uno o varios adjetivos, por lo que es de lo más calificable que hay, amén de que a una se le ocurren un montón de calificativos para aplicarles a esos tipos.
En cambio, quien comete un delito de robo, jamás es un ladrón, sino un malviviente, en una idea preconcebida que necesariamente los chorros viven mal, en tanto que los robados vivimos espléndidamente.
Quien encuentre la muerte como consecuencia de un accidente o de un asesinato, no será "el muerto" sino la víctima fatal -lo que da un tufo de tragedia griega que reíte de Sófocles- o, lo que es peor, el occiso, que habrá tenido la precaución de yacer en posición de decúbito dorsal, que no me dirán que es lo mismo que estar echado panza arriba, que parece que estuviera durmiendo la siesta, lo que es una falta de respeto para el finado.
El delito no puede cometerse en una casa o en un apartamento; el lugar apropiado para delinquir es un inmueble sito en la calle Tal número Cual.
Las causas de la muerte del occiso pueden ser varias, entre ellas, la causada por herida de arma blanca, que una jamás imaginaría que se trata de un cuchillo o de una navaja, porque estos utensilios suelen ser más bien plateaditos, o podría tratarse, en otro caso, de una herida de arma de fuego, por lo que yo me imagino un soplete o una antorcha, pero parece que se trata de un revólver o de una pistola, cuando no de una escopeta, pero en este caso el incalificable sujeto en un rato de ocio previo al homicidio habrá tenido la prolijidad de modificar, porque se sabe que siempre se usa una escopeta de caño recortado, y nunca de una escopeta de caño entero. Como sea, habrá ultimado a balazos a su víctima, porque ya se sabe que con matarla, no era suficiente. El delincuente siempre extraerá de entre sus ropas el arma; nunca podrá ir por la vida con el arma en la mano o en un bolso, lo que además implica que nunca un homicida va desnudo.
Las riñas que terminan en homicidio invariablemente se producen por cuestiones del momento; nadie en su sano juicio mata a otra persona por cuestiones pasadas, por más que Jaime Roos insista que Emilio Gauna murió “acuchillado en un mano a mano / que se arrastraba de años atrás”.
[1]
Un homicidio puede ser intencional (como es obvio, es aquel en que el homicida le tenía unas ganas bárbaras al ahora occiso), ultraintencional (que suena como que el tipo le tenía muchas más ganas, pero en realidad quiere decir que lo quería surtir pero no ultimarlo) o culposo (que no es que le lo embargue el sentimiento de culpa, sino que fue accidental). El homicidio intencional se debe, en la inmensa mayoría de los casos, a un ajuste de cuentas, lo que me hace pensar que el incalificable sujeto necesariamente es un funcionario de la Dirección General Impositiva.
En los accidentes de tránsito jamás se involucran bicicletas, motocicletas, automóviles, camionetas, ómnibus o camiones; sólo se accidentan los rodados. Los heridos serán trasladados, como es de rigor, a un nosocomio, y nunca a un hospital o a un sanatorio.
Para finalizar, aclararé que un incendio que merezca ocupar un lugar en la crónica roja deberá ser un incendio de proporciones, lo que no deja de ser tranquilizador, porque garantiza que jamás será desproporcionado, como ha pasado en ciudades como Roma, Londres o Chicago
[2] , que no supieron manejar el lenguaje adecuado.

Y como no sé cómo cerrar este informe, lo doy así por ultimado y chau.


[1] Fragmento de la “Milonga de Gauna”, de Jaime Roos
[2] Ciudades célebres por sus incendios en los años 64, 1666 y 1871, respectivamente.

sábado 20 de junio de 2009

El voto que el alma pronuncia*

La presente crónica enfoca el acto eleccionario desde el punto de vista del votante; ya vendrán las columnas referidas a la campaña electoral y al acto eleccionario, a no desesperar.[1]

Muchos uruguayos -en particular los más veteranos- pertenecemos a la especie Homo votens, lo que implica que nos gusta votar, casi tanto como quejarnos y dirigir fútbol. Votamos autoridades, reformas constitucionales, proyectos de Ley o lo que sea, con tal de tener tema de discusión asegurado durante varios meses.
El voto en Uruguay es obligatorio para toda persona con 18 años cumplidos, salvo circunstancias puntuales, como encontrarse fuera del país en el momento del acto eleccionario, estar viviendo a expensas de los contribuyentes en cualquiera de los establecimientos penitenciarios del país o hallarse en estado de coma. Esto último, constituye impedimento para votar pero no para ser candidato, porque es sabido de más de un político que no ha registrado actividad cerebral alguna durante años y sin embargo sigue ejerciendo su cargo en el Poder Legislativo tan tranquilamente, por poner un caso.
El votante deberá tramitar el documento de votación, esto es, la credencial cívica, identificada con una foto de perfil que sirve como prueba de que todo tiempo pasado fue mejor, y que necesariamente una se pone más linda en la foto a medida que pasan los años. Cada credencial está marcada con tres letras y un número, siendo las tres primeras indicadoras de la localidad del votante, y el segundo, del orden, de modo que los vecinos de un mismo lugar comparten la serie de tres letras, y el número irá aumentando en orden creciente de pasado a futuro. Hasta hace relativamente poco tiempo, la credencial era de papel, lo que habilitaba a que fuera sellada y firmada al dorso en cada acto eleccionario, como una suerte de colección filatélica que una podía exhibir con orgullo. Los más prolijos guardamos el documento dentro de unas tapas protectoras que le confieren a la credencial un cierto aire de pasaporte. En los últimos años, sin embargo, la antigua credencial de papel ha sido sustituida por una de plástico, más parecida a la propia cédula de identidad o a una libreta de conducir, por lo que los más jóvenes y los más viejos que ya no tenían lugar para un sello más y la renovaron, ya no utilizan el modelo tradicional.
Los actos eleccionarios prefijados ocurren cada 5 años y son: las Elecciones Internas, el último domingo de junio, en las cuales se elige el candidato a Presidente de cada partido; las Elecciones Nacionales (se elige Presidente, Vicepresidente, Senadores, Diputados y otros cargos más de esos que una nunca sabe bien qué son), y tienen lugar el último domingo de octubre; en caso de que ningún candidato alcance la mitad más uno de los votos emitidos, habrá una segunda vuelta el último domingo de noviembre. Las Elecciones Municipales también son cada 5 años, el segundo domingo del mayo posterior a las Elecciones Nacionales. En el medio, puede haber cuanto plebiscito y referéndum se considere conveniente, como para no perder el entrenamiento votativo.
Varios días antes del acto eleccionario en sí mismo, se publica el padrón electoral, que le permite conocer a cada ciudadano en tiempo y forma dónde tiene que ir a votar; los locales de votación pueden ser escuelas, liceos, facultades, ministerios, clubes de barrio, policlínicas, ubicados en las inmediaciones del domicilio que tenía el votante cuando sacó la credencial, excepto en mi caso, que siempre me toca votar allá donde el diablo perdió el poncho (tanto es así que hasta he tenido que ir con plano).
Si bien en cada comisión receptora de votos (o “mesa”, en el lenguaje popular) suele tener las hojas de votación (o “listas”), se recomienda que cada uno lleve la suya propia, por si acaso. Es sabido de varios ciudadanos que coleccionan listas de todos los partidos y se entretienen viendo dónde estaba el Diputado Fulano hace 5 años, y miralo dónde está ahora.
Las mesas de votación abren a las 8 de la mañana, pero se sabe que los uruguayos de mayor edad se instalan en la puerta a eso de las 7, a ver si pueden ser los primeros en votar, y no hay frío de junio que los convenza de ir en horas más propicias para la salud de sus bronquios. Lo peor del caso es que estoy convencida que en unos pocos años más yo seré una vieja de puerta de circuito, porque ya en la actualidad el día de las elecciones tengo que ir a votar ni bien me levanto porque no puedo esperar de la ansiedad (y después me vanaglorio de cosas tales como “fui la votante número 23”).


El ciudadano, entonces, debe concurrir dentro del horario establecido con su credencial (aunque no es obligatorio, pero es mejor y será bendecido por los funcionarios de la mesa) y con la lista de sus amores (aunque no es obligatorio, facilita el trámite en el cuarto secreto, donde suele haber decenas de listas de los diferentes partidos, y qué necesidad de andar buscando la que una quiere y demorando un montón). Antes de retirarse, conviene cerciorarse que su credencial haya sido firmada y sellada, o que se le haya entregado el comprobante de votación, por si acaso.
Las demás actividades del día en todas partes están signadas por las elecciones, dado que por las calles circulan vehículos acercando votantes, llevando listas a los distintos lugares de votación, periodistas que persiguen candidatos, encuestadores que hacen encuestas a boca de urna… También es ocasión de reencuentro con familiares y amigos, dado que una vuelve a votar al barrio o a la localidad de la adolescencia, y aprovecha para hacer un asadito o una raviolada mientras discute acaloradamente sobre política. Se debe tener en cuenta que ese día está prohibida la venta de bebidas alcohólicas, por lo que cada ciudadano será responsable de proveerse del beberaje correspondiente en forma previa.
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Como insinué en el párrafo anterior, los medios masivos de comunicación se ocupan durante todo el día del acto eleccionario, persiguiendo a cada uno de los candidatos para ver cómo introduce el sobre en la urna, o entrevistando a la empleada del carrito de la esquina a ver si hoy vendió más hamburguesas o chorizos que ayer, o abordando temas de similar candencia. Al llegar al cierre del acto eleccionario los canales de TV compiten para ver quién trasmite en directo el primer sobre que se abre en un circuito, y cuál es la tendencia cuando ya se han escrutado 8 votos. Posteriormente, en radio y TV se arman mesas de debate con politólogos, sociólogos y otros ólogos, a fin de analizar los resultados parciales, para finalizar pasada la medianoche con los festejos de los ganadores y las declaraciones falsamente resignadas de los perdedores. No faltará jamás la trasmisión en vivo y en directo del Dr. Fulano -que perdió como en la guerra- que en un acto de hombría de bien mediática se dirige a la sede partidaria del Dr. Mengano -que le ganó a cara de perro- lo felicita y le da un apretón de manos tan ostentoso como fingido.
Una vez que el ciudadano haya completado todos los rituales que su investidura le impone –festejo o puteada incluidos- podrá irse a descansar con la satisfacción del deber cumplido.



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*Fragmento del Himno Nacional Uruguayo (letra de Francisco Acuña de Figueroa)

[1] Claro que la promesa de futuras columnas tiene la misma validez que las promesas de los políticos…

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sábado 13 de junio de 2009

Guía práctica para conocer Uruguay – Episodio XXII- La gastronomía, cuarta parte

Las tortas fritas



En una ocasión me encontraba en compañía de mi señora madre viendo un programa del chef venezolano Sumito Estévez en el Canal Gourmet, en el que hizo referencia a un cierto plato típico de la cocina de su país. En un determinado momento dijo algo así como que si en un lugar desconocido él percibía el aroma de ese plato, sabía que se encontraba en Venezuela. Fue entonces que mamá planteó si en Uruguay tendríamos un olor que identificara nuestra gastronomía, y sin dudarlo un instante, ambas dijimos "el olor a tortas fritas cuando llueve".
Si bien la lluvia no es condición necesaria para hacer tortas fritas -y mucho menos, para comerlas- me atrevería a afirmar que en muchos hogares uruguayos, a poco de empezar a llover, la atmósfera se impregna del olor de la grasa caliente.
Ahora bien: ¿Qué es una torta frita? Según el Diccionario de la Real Academia, la primera acepción del término torta es “
Masa de harina, con otros ingredientes, de forma redonda, que se cuece a fuego lento.” Hasta ahí, vamos bien. Más adelante aclara: “torta frita.1. f. Arg. y Ur. Plancha de masa frita en grasa, de forma redondeada o cuadrangular, que se hace con harina, grasa, sal y agua.” Y ahí vienen los problemas.
Uruguay y Argentina son dos países hermanados por la geografía, la historia y la cultura, pero si hay algo que separa a ambos pueblos no es el fútbol ni la eterna pelea por la nacionalidad de Gardel y el origen de La Cumparsita, sino la humildísima torta frita.
Mi primera experiencia con la torta frita argentina fue en Quintupurai, provincia del Neuquén. El paraje es célebre por sus tortas fritas, y dado que aquella mañana estaba fría y un poco lluviosa, las ingesta de tan preciado manjar se imponía. ¡Grande fue mi sorpresa ante las tortititas que me vendieron! Resulta que las tortas fritas eran así de chiquitas y triangulares, en nada parecidas a las de mi tierra natal.
La segunda ocasión fue años más tarde, en la provincia de Santa Cruz. Yo andaba de cabalgata –soy tan buena jinete como cronista, así que saquen cuentas y apiádense del pobre equino- con un baqueano tucumano, que vaya una a saber cómo había ido a dar tan lejos de sus pagos. Al volver de la cabalgata, convidó a la concurrencia con tortas fritas, de las chiquitas… Ahí le comenté que en Uruguay las tortas fritas eran bien distintas, que se hacían grandotas. Él me respondió que las conocía, porque en una época había vivido en Buenos Aires, y tenía una vecina uruguaya que lo había convidado una vez con tortas fritas, y que cuando las vio, él le dijo que con una de ésas, un poco de tomate y queso se hacía una pizza… Obviamente, el hombre ignoraba que la pizza uruguaya es cuadrada, y no redonda, pero como dijo alguien una vez, “eso es harina de otro costado” (sic).
La torta frita uruguaya se hace con harina, un poco de sal, grasa, y agua tibia. Sólo los herejes les ponen polvo de hornear, lo que constituye un doble pecado, porque las tortas fritas no lo llevan y además, no se hornean. Se forma la masa, que luego se divide en porciones con las que se forman pequeñas esferas; cada una de estas esferas se estira con el palo de amasar hasta darle forma circular y del tamaño de un plato llano; se le realiza a cada torta un orificio central, y se las fríe en abundante grasa bien caliente.
Los más golosos las espolvorean con azúcar o la untan con dulce de leche o con mermelada, si bien es cierto que una no se imagina a Ansina o a Martín Aquino untando su torta frita con dulce… Solas son deliciosas, e ideales para aumentar el nivel de triglicéridos y de LDL hasta niveles insospechados.
Ahora bien, no sólo es un manjar de elaboración casera: también se pueden comprar en puestos callejeros, sea en las veredas urbanas, en balnearios o en parajes rurales, y por supuesto, en toda festividad popular, como una jineteada, una peregrinación o un partido de fútbol (se dice que las de la cancha de Bella Vista son las mejores del mundo, pero no puedo dar fe de ello). Hace unos años atrás, en época de crisis económica (¿tuvimos épocas en las que no hubo crisis?), las veredas de la Avenida 18 de Julio se habían llenado de vendedores ambulantes de tortas fritas, lo que le daba a la principal avenida de Montevideo un aire de capital de África subsahariana que ni te cuento.
Y como si fuera cosa ‘e Mandinga, mientras escribía parte de esta columna, en la radio pasaron la canción “Llueve” en versión de Bufón, en la que se hace mención a las tortas fritas. Aquí les dejo la versión original de “Los Terapeutas”.

Y con esto culmina el vigésimo segundo capítulo de esta novela por entregas titulada “Nunca quise conocer Uruguay pero después de leer (y escuchar) esto, se me fueron las ganas”.




sábado 6 de junio de 2009

El público siempre se renueva

Esta es una época del año fatal para los docentes: el cierre de los promedios trimestrales, las reuniones de evaluación, la inminencia de las pruebas semestrales... y las vacaciones de invierno que asoman apenas en un horizonte aún lejano. La cuestión es que tengo cansancio más que suficiente para compartir con todo el que lo necesite, y un estrés que casi escuatro.
Todo este fastidioso preámbulo tiene dos objetivos bien delineados: que me tengan lástima y que comprendan que no tuve tiempo de escribir más que estas tristes líneas.
Pero como el público siempre se renueva, he decidido publicar un juego que hice para Todo Por la Misma Plata, en el entendido que quienes visitan ese blog jamás se asoman por el mío, y viceversa, que no sé si corresponde el término en este caso.

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El juego consiste en encontrar en la imagen que ven aquí abajo los títulos de al menos 50 películas. Por supuesto que nadie gana nada por adivinar, salvo un ratito de sano esparcimiento.
¡Que se diviertan!
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sábado 30 de mayo de 2009

Cuando Uruguay se transforma en un país maravilloso

A veces el Uruguay es un país maravilloso. No siempre ocurre, claro, y como todas la maravillas, hay que estar atentos, porque suelen durar poco. Y una tiene que estar en el lugar adecuado en el momento indicado. Como le pasó a Alicia, que si no hubiera estado atenta mientras se encontraba aquella tarde bajo el árbol, nunca hubiese visto correr al apuradísimo conejo.
La maravilla que motivó esta crónica, sucedió un sábado por la noche, aunque si bien se mira, empezó cientos de años atrás, o tal vez miles, o millones. La orografía y el clima tienen mucho que ver, así que si América y África no se hubiesen separado, tal vez esto que quiero contar nunca hubiera sucedido.Este país casi llano, apenas si levemente ondulado, con un clima templado y húmedo, con inviernos no demasiado rigurosos, situado en la esquina de Océano Atlántico y Río de la Plata, atrajo desde hace tiempo a inmigrantes de todo pelo, que vinieron a conquistar esta tierra para enriquecer más a un Rey riquísimo, o que vinieron en busca de una tierra que les diera alojamiento y comida ya que en la suya no los encontraban, o fueron traídos a la fuerza tras haber sido perseguidos y cazados como animales para servir como esclavos a otros inmigrantes, ya que los nativos que aquí vivían no eran nada serviles, y al final un hijo de inmigrantes los mandó exterminar como a una plaga.
Entonces, este país creció y se desarrolló con pedacitos de las más variadas culturas, así es que un lugar se puede llamar Young o Batoví, en un aula de la escuela se pueden sentar juntos un Abracinskas y un Gianicelli, en un mismo barrio pueden encontrarse una capilla, una sinagoga, un templo adventista y uno umbandista. Y en la música se pueden escuchar todos las armonías, todos los sones, todas las notas del mundo.
Yo, que tengo menos oído que un raviol de ricotta (los ravioles de espinaca tienen mejor acústica, porque la espinaca es menos compacta), siempre admiré a las personas que pueden “hacer” música. Y en este país, que a veces es maravilloso, hay muchísimos músicos talentosísimos, un número realmente asombroso si se tiene en cuenta lo escaso de la población. Y esos músicos se han nutrido del candombe, de la murga, la tarantella, el jazz, el rock, la ópera, la música sacra, el fado, el flamenco, la polca… y tanto da incorporar un bandoneón que un arpa o que una gaita.
Y así fue que hace unos sábados atrás, una noche, fui a ver a Los Casal. Los Casal son unos hermanos, músicos ellos, que debido a influencias varias, decidieron hacer música celta. Y así fue que se fueron juntando con otros músicos, y hacen un espectáculo bellísimo, con canciones propias, en español y en inglés, algunas de ellas cantadas por ellos mismos, otras por una jovencita que tiene una voz hermosa, y otras son complementadas por danzas tradicionales interpretados por una bailarina que despliega una energía y una elegancia casi etéreas…
Y este concierto, que fue hermoso, bien interpretado, emocionante por la belleza de la propuesta musical, terminó como sólo en Uruguay podría terminar un concierto de música celta: con un candombe. Un candombe con toda la sangre y la fuerza del África negra, y con toda la magia de la gaita de las highlands de Escocia. Y con un público que era de aquí pero que había venido de todas partes del mundo y que aplaudió hasta lastimarse las palmas.
Y es en esos instantes en que el Uruguay se vuelve un país maravilloso.
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video

Un poco de Los Casal para ver y escuchar

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sábado 23 de mayo de 2009

Guía práctica para conocer Uruguay – Episodio XXI - La gastronomía, tercera parte

La pizza uruguaya, o la cuadratura del círculo

Ya en la antigüedad, diversos pueblos del Mediterráneo y sus alrededores contaron entre sus alimentos con los panes circulares y planos. Algunos de ellos, como la focaccia por citar un caso, eran, además, condimentados con hierbas. Pero no fue sino hasta después de la equivocación de Colón que salió a buscar las Indias y se topó con una medianera continental, que el tomate llegó a Europa. Fue a raíz de ese arribo que a alguien se le ocurrió agregarle el fruto de Solanum lycospericsum a su pan redondo y chato y así terminar inventando la pizza, uno de los platos más difundidos del mundo, y en mi modesta opinión, de los más ricos.
Parece que el origen de este alimento tuvo lugar en Nápoles, y hasta ahora a nadie se le ocurrió negar que así fuera, no sé si por carencia de pruebas para la refutación o por miedo a la Camorra. Como sea, en algún momento la pizza llegó al Uruguay, y aquí se aquerenció y se uruguayizó, tanto es así que en un afán independentista dejó de ser redonda para adquirir forma cuadrada o rectangular.
La pizza en Uruguay tuvo -y uso el pretérito aunque aún subsiste- dos lugares de manufactura: el hogar y el boliche de la esquina, que desde ese entonces pasó a denominarse pizzería.
La pizza hecha en casa es una tradición que abarca generaciones, sin importar que la familia sea de ascendencia italiana, española o polaca; da igual. Se elabora en ocasión de cenas informales, cumpleaños, bautismos, picnics, quermeses en la escuela o velorios, e invariablemente y sin que yo entienda por qué, se la hornea en una asadera cuadrada o rectangular, lo que hace que las porciones sean a su vez, cuadrangulares y jamás con la forma de sector de círculo que tiene en Nápoles, Cleveland, Ouagadougou o Jakarta.
La pizza casera tiene sus variantes, por ejemplo a la hora de hacer la salsa, porque no falta quien le agregue morrón a la salsa de tomate, por no hablar de los herejes que hacen la masa con polvo de hornear en lugar de levadura.
En las pizzerías, también dejó de hacerse en forma circular, y adquirió una forma entre rectangular y elíptica, de algo así como un metro de longitud. Esa pizza, con un “piso” y unos bordes sequitos y levemente chamuscados por el horno de leña, que el pizzero extrae con una pala de madera larga, es luego cortada en porciones rectangulares. Una porción incluye generalmente cuatro de esos rectángulos, y está cubierta por salsa de tomate condimentada con ajo y orégano, y nada más. Si una la quiere con muzzarella, deberá especificarlo, dado que la pizza tradicionalmente no lleva este queso blanco que se funde con el calor del horno. Otra posibilidad la constituye la pizza a caballo, plato que consiste en una porción de pizza –el caballo- y una de fainá –el jinete-. El fainá –o la fainá, no sé bien qué artículo ponerle, porque el Diccionario de la Real Academia ignora este alimento- es una especie de pastel circular y chatito hecho con harina de garbanzos.
La pizza puede consumirse en el establecimiento, o llevarse a casa; desde que fuimos atacados por la plaga de los repartidores con motitos, también puede ordenarse por teléfono y que la lleven directamente a casa, con el peligro de que el repartidor traiga una pizza en su caja y un par de víctimas fatales en su conciencia.
Hace unas pocas décadas atrás, empero, con la cuestión de la globalización, la tradicional pizza uruguaya fue cediendo terreno ante la invasión de la pizza internacional, es decir, con forma circular, invariablemente cubierta con muzzarella, y con el agregado de “gustos”. Lejos de la tradición napolitana de ponerle apenas un poco de albahaca –lo que constituye la pizza Margherita, que hace honor a la Reina Margherita di Savoia y lleva los colores de la bandera italiana, el rojo del tomate, el blanco de la muzzarella y el verde de la albahaca- los “gustos” pueden incluir alimentos tales como aceitunas, anchoas, hongos, mejillones, longaniza, panceta, jamón, morrón, roquefort, palmitos, huevo duro y -¡herejía!- ananá, o combinaciones de los mismos.
Posteriormente, ocurrió lo peor: la aparición en los supermercados y almacenes de barrio de las pizzas congeladas listas para calentar y comer, por lo que la pizza casera, cuadrada y con sabor uruguayo fue cediendo terreno a la pizza redonda sin nacionalidad reconocible.
Todavía quedan pizzerías que hacen la pizza uruguaya y rectangular, y todavía quedan bastiones domésticos que reivindican la cuadratura del círculo.
Bueno, estimados lectores, dejo por aquí esta crónica porque ya se debe de haber elevado la masa de levadura que dejé en la cocina, así que con esto termino el vigésimo primer capítulo de esta novela por entregas titulada “Nunca quise conocer Uruguay pero después de leer esto, se me fueron las ganas”.

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sábado 16 de mayo de 2009

Impresentable

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Tiempo atrás, y debido a unas cuestiones que referí a su debido momento y no contaré otra vez para no aburrir, porque si bien la eximia pensadora Mirtha Legrand (paradigma intelectual de quien esto escribe) afirma que “el público siempre se renueva”, no me consta que así sea. De todos modos, para aquellos noveles lectores de este blog que se interesen en saber de qué corno estoy hablando, podrán averiguarlo si consultan el archivo a la derecha y abajo.
Decía, o en realidad no decía, que tiempo atrás inicié esta sección de diccionarios sui generis que pretenden redefinir términos ya existentes; primero fueron palabras que empezaran con “ex”, luego con “re” y hoy les toca el turno a las que comienzan con “in” o “im”, porque a este prefijo tanto le da una ene que una eme, que significar “para adentro” o “no”, cosa de lo más confusa sobre todo si alguien responde “in” cuando una golpea una puerta, porque no queda claro si le están permitiendo la entrada o prohibiéndosela.
Hechas estas aclaraciones tal vez innecesarias, no insisto más con insoportables introitos que resultan más un incordio que otra cosa, y voy indiscutiblemente al grano:


impío:
pollito que muere a poco de nacer, sin llegar a proferir sonido alguno.

imponer: poner, pero para adentro (lo opuesto a exponer). En otras palabras, mantener las apariencias.

impresión: hacer presión para adentro, impidiendo la libre expresión. Casi lo mismo que represión, diría.

impresionante: según nos desasna el lingüista español Jesulín de Ubrique, sinónimo de “dos palabras”.

improbable: la comida de la tía Raquel, cuando se le da por ensayar las recetas que ve en el Canal Gourmet (en particular, cuando trata de seguirle el tren a Martín Rebaudino).

imputar:
ejercer la profesión más antigua del mundo de puertas adentro, a diferencia de exputar, que es lo mismo pero en la vía pública.

inclemencia: ya lo dijo Artigas –o dicen que dijo- al sonar la campana que marcó el último round de la Batalla de Las Piedras: “Clemencia para los vencidos”. Bueno, sepamos de una buena vez que no todos los que comandan un ejército son Artigas.

incorporar:
reencarnar; hacerse acreedor a un cuerpo en caso de ser uno un espíritu, claro.

increpar: (de crepar, morir). Ser inmortal.

informar: perder la forma. Sinónimo de deformar. Para recuperar la forma, hay que reformar.

inhóspito: poblado tan alejado de la mano de Dios y del gobierno, que ni hospital tiene.

inmundo: originario del planeta Tierra; su antónimo es extraterrestre.

inocular: realizar un enema o lavativa.

insólito: acompáñado.

intenso: que está tenso, pero disimula.

intimar:
timar a un pariente o amigo. Ya se sabe que los del círculo cercano son los peores.

intimidar:
vencer la timidez. Se logra con psicoanálisis o con vodka.

intrascendente:
que trasciende para adentro. De los que saben guardar un secreto, por escandaloso que pueda parecerle.

intríngulis: parte de la anatomía humana que queda justito ahí donde la espalda cambia el nombre, en donde suele meterse la intrusa.

intrusa: trusa, bombacha o bikini que se te mete allá donde te dije (de las cosas más molestas que le pueden ocurrir a una en la vida).

inventar: ventar por dentro. Si ocurre más de una vez, se transforma en reventar.
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sábado 9 de mayo de 2009

¡Alerta! ¡El Corto Maltés es contagioso!

Hace un tiempito, el Corto Maltés fue víctima de un contagio; la infección resultante tuvo como consecuencias que tenía que escribir 15 cosas que le gustaran.
No conforme con haber padecido semejante infección (que fue de lo más interesante, porque nos enteramos de cosas insospechadas del caballero de la espada láser), el Corto decidió contagiarnos a otros pobres bloggers que agarró con los anticuerpos distraídos.
La tarea me resultó más difícil de lo que creía: descubrí que son muchas más las cosas que me gustan, así que tuve que elegir. Aquí está mi lista:

1. Viajar (¡Esa no la imaginaban, eh?) En realidad no me gusta viajar, me encanta.

2. Cocinar y comer. Debido a razones de peso, conjugo el segundo de los verbos con ciertas limitaciones. A estas alturas del partido me di cuenta que me hubiera gustado ser chef.

3. Leer, en particular novelas, aunque no le hago ascos a otros géneros. La novela histórica es lo que más me gusta leer.

4. Escuchar música, en particular en mi bicho bolita por la calle (“bicho bolita” es mi reproductor de mp3). Qué invento maravilloso, chau ruidos molestos, bienvenida la música que yo elijo.

5. Dibujar. Después de años –décadas- sin hacerlo, volví a agarrar el lápiz, y ahora voy a un taller de caricaturas, y estoy fascinada.

6. Chatear con un amigo en particular que vive lejos, y estar horas discutiendo acaloradamente sobre Borges, fútbol, cine, la vida… y cagarnos de risa por decirnos las pavadas más increíbles.

7. Que mis alumnos me saluden con un beso al terminar la clase, y que me digan que Biología es la mejor materia del mundo (en particular, cuando la afirmación la hace una persona de 12 años que apenas levanta 1,40 m del suelo).

8. Ir al cine. Ir al cine. (nunca más de dos veces en el mismo día). Ir al teatro (cuando no voy al cine).

9. Sacar fotos, mirar fotos. Me gustan las fotos.

10. Reírme. Me encanta. Y lo hago con muchísima frecuencia.

11. Llorar cuando lo amerita la situación. Como sea, me siento bien después de llorar. Y hace rato que perdí la vergüenza de llorar en público.

12. Mirar la luna. Me encanta la noche, y disfruto muchísimo de la prodigiosa “mutabilidad” de la luna.

13. Escribir para el blog. Leer lo que otros escriben, intercambiar opiniones, sentimientos, ideas.

14. Usar la PC para cosas perfectamente “inútiles” (jugar, buscar recetas, leer, escribir, escuchar música… )

15. Estar con Sasha (Sasha es mi perrita, la que aparece en mi avatar); jugar con ella, "conversar", mimarla. Me gustan muchísimo los perros, e interactuar con ellos.


¿Y a vos, qué cosas te gustan?

sábado 2 de mayo de 2009

Inútil sin referencias

Hace poco se hizo un llamado público para llenar cargos vacantes en el Poder Legislativo. Esto no tiene nada de raro, dirán ustedes. No, claro, los funcionarios públicos, al igual que muchos otros congéneres, a veces se jubilan, a veces cambian de trabajo, a veces se mueren, y es natural que haya que contratar a otras personas para que los sustituyan. Lo particular es que se trataba de puestos de conserjería, para desempeñar tareas tales como servir café o manejar un ascensor (¿Cuántos pisos tiene el Palacio Legislativo? ¿Tres?) y para ello se requería tener entre 18 y 30 años. Todos sabemos que si una persona anciana y decrépita de, pongamos, 32 años, es la encargada de servir café, puede ocurrir una tragedia tal como salpicarle la corbata al Diputado Fulano, y si ocurre algo peor, como que debido a su senilidad se olvide de dónde queda el baño justo cuando se lo pregunta el agregado cultural de la Embajada de Antigua y Barbuda, la situación puede derivar en un conflicto internacional. El otro detalle curioso es que para el desempeño de tan calificadas tareas se ofrecía un salario de unos 27.000 pesos (algo así como 1.100 dólares u 860 euros).
Tras haberme enterado del llamado, caí en un profundo estado de desesperación, angustia, indignación, impotencia... (llenen los espacios con todos los sentimientos negativos que se les ocurran). Pero luego me recuperé y comprendí. Es que en realidad, ya era hora.
Tengo casi 42 años, es decir, que estadísticamente estoy en la mitad de mi vida -aunque podría ser que superara tranquilamente los 84 años, porque soy sanita y me cuido bastante- pero como fuere, ya era hora de que asumiera de una buena vez que soy tan inútil que no sirvo ni para abrir una puerta. No voy a negarlo, me costó asumirlo: estuve cuatro décadas engañándome a mí misma, creyéndome que era útil a la sociedad. Menos mal que el llamado que difundieron los medios me reveló mi palmaria inutilidad… Porque resulta que mi edad provecta me impide aspirar siquiera a una de esas vacantes... seamos realistas, yo ya no puedo apretar los botones de un ascensor con la agilidad y la pericia de mis años mozos... Y porque mi escasa preparación académica y mis nulas virtudes, me impiden aspirar a ganar semejante salario.
Una, que apenas tiene dos títulos, uno técnico y uno profesional, que habla fluidamente el inglés y que si la apuran chapurrea en francés, que tiene años de experiencia en el trato con diferentes tipos de personas (entre ellas, enfermos y adolescentes), que escribe más o menos clarito y sin faltas, que maneja una cultura general que no será nada del otro mundo pero tampoco es una bestia peluda, que según dicen quienes visitan este blog y mi mamá, escribe textos con cierta gracia e ingenio, que no dibuja tan mal del todo, y que cocina rico, pues bien, una no tiene capacitación suficiente para ganar ese salario en la mismísima administración pública que los parió; debe contentarse con ganar la mitad. Por eso una es pobre, pero docente.
Claro, educar a cientos de adolescentes, jóvenes y adultos cada día, estimularlos a pensar, interesarlos por la ciencia, intentar promover valores como el respeto, la tolerancia, el compromiso con la tarea y otras minucias, ser víctima del multiempleo, tener que trabajar montones de horas extra (gratis) porque evidentemente, planificar clases, actualizarse y corregir no se hacen en horario de trabajo, no son mérito suficiente; distinto es llevarle la copia de un acta a la Senadora Mengana, no voy a comparar.
Ahora bien, los señores legisladores fueron educados por sus mamás y papás, y por docentes como yo, que además, los votamos para que estén allí, y les pagamos el sueldo, como les pagamos a quienes les sirven el café o les “conducen” el ascensor. Y todos ellos nos pagan el sueldo a nosotros, por supuesto, porque así es como funciona el Estado, sólo que algunos funcionarios somos “menos iguales” que otros ante la misma Administración Pública.
Claro, ustedes dirán que trabajo en algo que me gusta, que eso es maravilloso, y no cambiaría la docencia por servir café en el Palacio Legislativo. Seguro que no.
Lo que sí me gustaría experimentar, alguna vez, sería la sensación de cobrar un sueldo de conserje. Aunque ello implicara el riesgo de patinarme en el Salón de los Pasos Perdidos e hiciera un papelón.
Pero como dijo Calderón de la Barca hace como 400 años: “los sueños, sueños son”.



(¡Si necesitan funcionaria pública inútil y sin referencias para pagarle un buen sueldo, no dejen de avisarme, por favooooooooor!!!!)