De la supina ignorancia que tenemos los pobres mortales de los términos médicos, y de la incapacidad de algunos galenos de traducir al español qué esfigmomanómetro quieren decir, surgen malos entendidos, muchas veces jocosos, como hacerse los anales, andar con la honda o sufrir neuralgia del trigésimo.
Como la docencia es, antes que nada un apostolado, y entre los objetivos de este humildísimo blog está el de educar a las masas (y a los sánguches), aquí van algunas aclaraciones de orden práctico:
Aguda: en este caso, no se refiere a las palabras acentuadas en la última sílaba, sino a una fase de una enfermedad. Se dice que está en fase aguda cuando es imposible obviar que una está enferma, porque le vino flor de patatús (de la índole que sea).
Azúcar: uno de los monstruos del imaginario colectivo; tener “azúcar en la sangre” produce un pavor completamente infundado. No hay modo de que un cristiano tenga azúcar en la sangre; quienes tienen azúcar circulando por su cuerpo suelen ser plantas, en particular la caña de azúcar y la remolacha azucarera-oh, sorpresa-. Lo que una tiene es glucosa, y el nivel de tan dulce sustancia en la sangre se llama glucemia o glicemia. Como casi todo en esta vida, hay que tener lo justo, porque tanto el exceso o el defecto perjudican. Cambiá los waffles de chocolate por una manzana, y después me contás.
Colesterol bueno / colesterol malo: parece el título de una película de Kusturica, pero sin embargo es la denominación vulgar e incorrecta de HDL y LDL, que como todo el mundo sabe, quieren decir High Density Lipoproteins y Low Density Lipoproteins. Hay que tener ambas lipoproteínas en niveles de normalidad, y dejarse de joder con concepciones maniqueas.
Colesterol: especie de monstruo legendario de la posmodernidad. Tildado de “malo” por el vulgo, el colesterol no sólo no es malo, sino que es imprescindible para las membranas celulares, para que las neuronas te funcionen rapidito y para un montón de cosas más. Lo que es malo no es tener colesterol, sino tenerlo en exceso. Aflojale a las milanesas con papas fritas, a los bizcochos y a aplastar el culo en la silla, y vas a ver cómo en seguida se te amansa.
Crónica: se dice de la enfermedad que se aquerencia y no se va, por más que una insista en negarla. Conviene asumir la condición de enfermo crónico de una buena vez, y aburrir a familiares y amigos con los detalles cada vez que sale el tema en una conversación.
CTI: siglas de Centro de Terapia Intensiva o Centro de Tratamiento Intensivo. No insistas con decirle "siete i", por más que se encuentre situado en el séptimo piso del hospital. A este centro se derivan los pacientes en condiciones críticas -es decir, más jodida- o aquellos cuyo estado de salud se ha visto seriamente perjudicado por acciones cometidas por sus insoportables familiares o por un jefe tóxico, dado que en el CTI el paciente está solo y tranquilo. El personal técnico cuenta con entrenamiento especial, pero suelen seleccionarse más que por sus capacidades, por su taciturnidad, dado que la mayoría de los pacientes de un CTI no son dados a conversar.
Es un virus: muletilla que utilizan algunos médicos cuando no pueden determinar con precisión el diagnóstico, pero sospechan que lo que tiene el paciente no es muy grave. Nunca es un virus: los virus son patoteros y siempre andan de a chiquisientillones. Y lo que tienen de bueno los virus es que cuando se aburren de enfermarte, se van (cuando no te matan, claro).
Hemograma: examen de sangre que consiste en que un técnico que está muy aburrido se entretenga en contar cuántos glóbulos y plaquetas tenés. Supongo que en el laboratorio hacen apuestas para ver quién le emboca al número de leucocitos, como para agregarle emoción a la cosa.
La clínica es soberana: expresión que utilizan algunos médicos cuando revisan al paciente y éste tuvo a bien llevar un montón de síntomas parecidos a los del libro, por lo que el diagnóstico se cae de maduro. Cuando la soberanía de la clínica está en duda, agarrate pa'l temblor: se viene una andanada de análisis y estudios paraclínicos que podrás pagar sólo sacando el 5 de oro.
Mamografía: técnica utilizada para diagnosticar cáncer de mama. Hay muchos chistes que comparan lo que una siente al hacerse la mamografía con aplastarse una teta con la cortina metálica del garage; nada de eso es cierto. Es mucho peor, pero andá igual.
PAP: nombre cariñoso con que se designa al Papanicolau, examen que todas las mujeres tenemos que hacernos anualmente. No es nada del otro mundo y te puede salvar la vida, así que ponete la bombacha de ir al doctor y andá de una buena vez.
Próstata: órgano de la anatomía masculina que nadie sabie bien qué es, dónde está y para qué sirve, pero que suele joderles la vida a los caballeros, en particular a los de mediana edad en adelante. Nada malo pasaría si el señor se hubiera empezado a controlar a los cuarenta y poco, pero es más fácil convencer a Mahmud Ahmadineyad de que asuma públicamente el fraude electoral que a otro individuo cualquiera de que vaya al urólogo.
UCI: Unidad de Cuidados Intermedios. Lugar de internación para pacientes indecisos, ni tan graves como para CTI ni tan leves como para sala común. Viene a ser como un hospedaje clase turista, ni un 5 estrellas ni una pensión.
Queda abierto el consultorio: dejanos tu pregunta, y en breve responderemos tu duda. Recordá que estamos para servirte.
Cada credencial está marcada con tres letras y un número, siendo las tres primeras indicadoras de la localidad del votante, y el segundo, del orden, de modo que los vecinos de un mismo lugar comparten la serie de tres letras, y el número irá aumentando en orden creciente de pasado a futuro. Hasta hace relativamente poco tiempo, la credencial era de papel, lo que habilitaba a que fuera sellada y firmada al dorso en cada acto eleccionario, como una suerte de colección filatélica que una podía exhibir con orgullo. Los más prolijos guardamos el documento dentro de unas tapas protectoras que le confieren a la credencial un cierto aire de pasaporte. En los últimos años, sin embargo, la antigua credencial de papel ha sido sustituida por una de plástico, más parecida a la propia cédula de identidad o a una libreta de conducir, por lo que los más jóvenes y los más viejos que ya no tenían lugar para un sello más y la renovaron, ya no utilizan el modelo tradicional.


