lunes 1 de febrero de 2010

Nobody told me nada


Me gusta muchísimo vivir en donde vivo. Es un barrio sin nombre, de esos que quedan en una difusa terra franca entre dos barrios, Sayago y Belvedere, que tiene algunos inconvenientes notables como el estar alejado de Centro y contar con un servicio de transporte público que oscila entre bastante malo y pésimo, según el día y la hora, pero que tiene enormes ventajas, como el estar alejado del Centro y contar con un servicio de transporte público que oscila entre bastante malo y pésimo. Debido a esto, la zona es enormemente tranquila, bastante segura, y prácticamente el único ruido molesto que puede llegar a escucharse es la cortadora de césped de algún vecino; me despierto con el canto de los pájaros, y ahora en el verano, escucho a las chicharras que ensayan su concierto todo el día. En definitiva, vivo en un lugar en el que nunca pasa nada. O nunca pasaba nada... hasta ayer.

Muy cerca de mi casa pasan las vía del tren; los extranjeros que lean esto estarán pensando que cómo no puse este detallecito en las desventajas, porque ya sabemos que los trenes traen estrépito, humo, temblequeos. Lo que no saben es que en Uruguay los trenes están casi extintos, como los gorilas de montaña (ni que decir en Uruguay, que nunca hubo), por lo que lejos de molestar, cuando pasa uno, causa cierta emcoción nostálgica. Además, el tren más ruidoso, que es el que maniobra para ingresar con su carga de rocas a la fábrica de cemento Portland, opera en horarios decentes, así que no molesta a nadie. O no molestaba a nadie... hasta ayer.

En la tarde de ayer, en mi barrio descarriló el tren. Ese tren que pasa tan poquito, por razones que aún se desconocen, se salió de la vía y algunos vagones cayeron sobre unas casas. Afortunadamente, no hubo víctimas más allá de unos pocos heridos y mucho susto; evidentemente, para los residentes de junto a las vías, igual representa una tragedia, ya que sus viviendas quedaron destruídas, y quién sabe quién se hará cargo de resarcirlas, y cuándo. Pero para todos los demás vecinos del barrio, en el que nunca pasa nada, el descarrilamiento de un tren es todo un acontecimiento.

Ayer por la tarde yo me encontraba en mi búnker jugando en la PC y disfrutando del ruido de la lluvia que por fin se había dignado a caer y a refrescar un poco a los agobiados mortales que veníamos padeciendo un par de semanas de un calor insoportable, y por supuesto que ni me enteré; escuché unas sirenas de bomberos, pero como le pasa a Jaime Roos, nadie me dijo nada. Claro, llegó el momento en el que me enteré, y así fue que esta mañana me dirigí con mi cámara a registrar gráficamente “el día en que mi barrio pasó algo”.

Aquí están las fotos:
...
Nunca faltan los que le dan la espalda a la realidad
...
No sé si reconocer que la foto me quedó torcida, o que es una composición original
...
Los supervisores, siempre atentos al trabajo de sus subordinados
...
¡Muchachos, si vamo'  a vaciar los vagones a mano, no nos vamos más!
...
¡Ah...! No hay como quedarse a la sombrita y mirar cómo laburan otros al rayo del sol
,,,
AFE va en franco declive, a qué negarlo
...
Bueno, más que declive
...
Demoraron tanto en remover el tren, que crecieron plantas sobre los vagones
... 

sábado 16 de enero de 2010

Acerca de la necesidad de convertirme en propietaria de una parrilla

,,,,,
....
La serie de acontecimientos que leerán a continuación probablemente haya tenido su origen hace más de 30 años, cuando yo era una niña y nos mudamos a lo que en ese entonces era la "casa nueva".
Como es obligatorio para todo ciudadano oriental que constituya domicilio en el territorio de la República y el inmueble posea al menos dos metros cuadrados de terreno, hay que dotar al mismo de un parrillero, so pena de expatriación sin derecho a pataleo. Es más, la mayoría de las personas que compran un terreno en cualquier lugar del país, primero construyen el parrillero, y recién después, si les quedan plata y ganas, pensarán en construir la casa.
La cuestión fue que a poco de mudarnos, se le encargó a Sosa que construyera el parrillero, y así lo hizo, con leñera, mesada y todo. El parrillero tuvo su uso, tal vez dos o tres veces, porque mi viejo, hay que decirlo, así como se las arregla estupendamente bien en cuestiones de olla y de horno, no es muy aficionado a andar entre brasas y humos.
Así fue que el parrillero cayó en desuso, al menos como tal, porque resultó practiquísimo como alacena para guardar de todo, función que continúa cumpliendo hasta el día de hoy, amén de servir de apoyo a una enredadera que envuelve toda su pared posterior y rodea su chimenea. Esto implicó que me crié sin tener más experiencias en parrillas que aquellas emanadas de esporádicos almuerzos en el Mercado del Puerto.
Ahora bien, hace poco más de un año, nos  encontrábamos con mi madre en la reunión de las primas (así se le denomina a la ocasión anual en la que toda la parentela de mi madre se reúne, y como a estas alturas sobreviven prácticamente sólo las mujeres, que siempre fueron más, justo es decirlo, resulta una reunión de mujeres que son todas primas entre sí, y a ella se invita a la generación siguiente, que oh caramba, es mayoritariamente femenina, o sea mis primas y yo. No me queda claro si mis primos no son invitados o no se animan a ir, pero me estoy yendo del tema). Bueno, en esa ocasión las primas habían decidido que se hicieran chorizos y hamburguesas a la parrilla... muy rico todo, pero ¿quién le ponía el cascabel al gato?
En un arrebato, probablemente provocado por el derretimiento cerebral que en esos momentos sufría por causa del calor imperante, me ofrecí, y bajo el lema "tan difícil no debe ser", arranqué para el parrillero de Lucy.
Fue así que aquel mediodía, con una temperatura de 30º C -antes de encender el fuego- y acompañada por una botella del vermú casero que hace mi tía Coca, me dispuse a inciarme en el mundo de la cocción a las brasas. Tan mal no me fue, según parece, porque nadie se quejó, o al menos yo no me enteré.
Poco después,  durante la cena de Nochebuena, expuse ante mi familia la idea de hacer algo a la parrilla para la cena de Fin de Año, cosa que fue aceptada de inmediato. Claro que yo por "hacer algo a la parrilla" entendía unos choricitos y unas morcillitas, a lo sumo unas tiritas de asado, pero mi viejo entendió otra cosa, y compró algunas cositas más, como chinchulines, pulpón, pollo -viste que a tu madre la carne no le gusta mucho- un trozo de cordero y uno de cerdo -porque tu tía siempre dice que tiene ganas de comer cerdo- todo ello para cuatro (sí, cuatro, no cuatrocientas) personas. Por mi parte, yo me había agenciado algunas hortalizas para hacer a la parrilla, así que me enfrentaba al reto de cocinar una enorme variedad de alimentos -todos ellos con distintos puntos de cocción- sin tener ni la más mínima cultura parrilleril.
Debo señalar que no me temblaron las piernas ante el desafío, ni aún cuando vi el estado de las parrillas chuecas y oxidades que habían permanecido en el olvido durante 30 años: estaba dispuesta a defender mi honroso antedente, o a perecer en la hoguera.
Comencé temprano con los preparativos, que incluyeron preparar el aderezo, agenciarme una nueva botella de vermú casero -esta vez hecho por mi tía Mima-, ponerme la ropa más zarrapastrosa que encontré, a sabiendas que en breve el humo y las cenizas me envolverían, sujetarme el cabello con una bandana cual groupie de los Guns'n'Roses, y embadurnar mi rostro con abundante crema humectante.
El resultado final superó las expectativas aún de los más entusiastas: todo estaba en su punto, jugoso para el que prefiere que la vaca muja, cocido para quienes prefieren la ingesta de suela, los chinchulines crocantes, los zucchini sabrosos... Claro, comimos parrillada como hasta el 29 de feberro, que hubo que agregárselo al almanaque porque febrero se terminaba y las morcillas dulces no.
Tras el éxito obtenido, decidí repetir el domingo de Semana de Turismo, con menos cantidad de productos, pero con resultados igualmente positivos.
Evaluando posteriormente las antedichas experiencias, llegué a varias conclusiones: 1) hacer una buena parrillada no es tan difícil, que me disculpen los teóricos de la tripa gorda, y yo soy la prueba viviente de que cualquier imbécil puede hacerla con resultados aceptables; 2) nunca es tarde para descubrir talentos que una creía que no poseía, ni para descubrir vocaciones, porque me doy cuenta que podría ser completamente feliz con un mediotanque y vendiendo chorizos y pulpón en la vereda en ugar de seguir intentando educar a las generaciones futuras; 3) necesitaba una parrilla nueva, porque aquellos pedazos de hierro oxidados y retorcidos no daban para más.
Tras haber elaborado la tercera de las conclusiones, comencé a indagar a efectos de conseguir una nueva parrilla; así fue que en la feria de los domingos de La Teja (ver crónica de dos semanas atrás) di con un señor que hace y vende unas parrrillas estupendas, y que me hizo una preciosa, con su correspondiente quemador, a la medida de mi parrillero, y a un precio razonable. Ambos artilugios fueron convenientemente estrenados el 25 de diciembre, con una nueva parrillada de carnes y hortalizas, y vueltos a utilizar el 1º de enero con unas corvinas y unas papas a las brasas.
....
Y por aquí voy dejando esta crónica, porque va siendo hora de ir arrimando unos tronquitos para empezar el fuego...

(Por pedidos, comunicarse al 0800-molleja; descuentos especiales para usuarios de Blogger.)
...
...

sábado 9 de enero de 2010

Acuérdate de no olvidarte



En la columna del sábado pasado abordé –o sobrevolé, más bien- el tema de las ferias en Montevideo, en el entendido que “feria” es un mercado de frutas, hortalizas, productos de granja y cuanta cosa se le ocurra a una, o no se le ocurra, porque personalmente jamás pensaría en vender mi dentadura postiza, o será que carezco de ella. ....


Ahora, en Montevideo -y en otras partes, claro- hay otro tipo de ferias: una de las buenas tradiciones de esta ciudad, desde hace casi medio siglo, es la feria de libros y grabados del Parque Rodó. Por supuesto que, como nos suele pasar en Uruguay con los nombres, en la feria de libros y grabados se exponen y venden montones de otras cosas, y entre ellas, si tenemos suerte, algunos libros y grabados.

Esta feria comenzó en el año 1961, a instancias de la poetisa Nancy Bacelo, una especie de hada madrina combativa, que peleó toda su vida por abrirle un espacio a diferentes creadores, poetas, escritores, dibujantes. Durante 47 años, Nancy siguió promoviendo esta feria, que fue resistida por “los de arriba” vaya a saber por qué razones -a mí se me ocurren dos o tres de esas razones, pero no sé si serán- pero que se ganó un lugar en la agenda de los montevideanos al llegar diciembre. La Feria fue mudándose, del Palacio Municipal a un predio de Bulevar Artigas y Rivera, de la Plaza Gomensoro al Parque Rodó, donde parece que llegó para quedarse. Con el lema de “acuérdate de no olvidarte” y la entrega de jazmines, Nancy abrió tesoneramente SU Feria, hasta el día de su muerte.

La muerte de Nancy, sin embargo, dejó viva la idea, y es así que desde hace dos años la feria sigue viva en el Parque, con otro nombre, pero con el mismo espíritu.

Aquí comparto con ustedes algunas fotos de mi recorrida por Ideas +:




El lema de Nancy dice presente
jjj


Los puestos de artesanías comienzan a armarse...
....


En la feria también hay recitales: aquí vemos al músico
Alejandro Ferradás haciendo la prueba de sonido
(no pude quedarme al toque porque una contractura muscular
de €#$&#% me hizo huir despavorida)
,,,,

Bueno, en la antigua feria del libro también se venden libros, cómo no
,,,,,

Los paseantes comienzan a ver qué hay...
La feria siempre fue un buen lugar para dejar
 la carta para Papá Noel o los Reyes Magos
 (¡Pucha! Me olvidé de dejar la mía!)
,,,,

El dibujante e historietista Nicolás Peruzzo intenta convencer al guionista
Rodolfo Santullo de que compre su ejemplar de "Super Navidad Oriental";
Santullo no está nada convencido
,,,
 
Ignoro qué efecto causa bañarse con uno de estos jabones locos;
como tengo bastante con mis neurosis, no me animé a probar
...
  
Un puesto de remeras vintage, para los nostálgicos de revoluciones varias
,,,,

sábado 2 de enero de 2010

La Biblia y el Calefón



Según la primera acepción del Diccionario de la Real Academia, una feria es un “mercado de mayor importancia que el común, en paraje público y días señalados”. Ah, bueno, debe ser la primera vez que respetamos el significado de algo, porque por estos lares somos muy dados a decirles de una determinada manera a cosas que en realidad se llaman de un modo totalmente diferente.



En Montevideo hay ferias en distintas partes de la ciudad, que se desarrollan semanalmente, según cronograma preestablecido. Las ferias están reguladas por la intendencia Municipal, con la misma eficiencia con la que se regula casi todo en este país: un montón de feriantes tienen un sitio asignado, están registrados, pagan impuestos, y otro montón no hacen nada de eso, pero allí están.


Las ferias más célebres -por muy distintas razones- son la de Tristán Narvaja, la de Villa Biarritz y la de Piedras Blancas, y en los últimos años, ha ganado fama la del Parque Rodó, y en muchos barrios también se organizan ferias que no serán tan renombradas, pero gozan de cierto prestigio zonal.


Ahora bien, yo no soy asidua de ninguna feria, ni tengo desarrollada una cultura de feria; décadas atrás abastecía mi biblioteca en Tristán Narvaja y me vestía en Villa Biarritz, pero reconozco que hace mucho que no voy a ninguna de las dos.


La cuestión es que, a raíz de necesitar una parrilla nueva para mi parrillero -el por qué de la necesidad ameritaría una crónica completa- decidí ir a la feria de los domingos en La Teja, en el entendido que allí podría hacerme del requerido bien. La feria "oficial" se instala en la avenida Manuel Herrera y Obes, desde Carlos María Ramírez hasta tal vez el infinito, porque nunca la recorrí toda hasta el final. La feria "no oficial" se instala en las calles perpendiculares y paralelas, llegando a cubrir una superficie igual o mayor a la de Manhattan, con Central Park y todo.


La calle principal de la feria consta -o constaba originalmente- de dos filas de puestos bien establecidos en los que se venden frutas, hortalizas, pescado, fiambres, huevos, productos lácteos, mermeladas, ropa exterior e interior, zapatos, productos de limpieza, plantas y algunos artículos más. La feria extraoficial, en cambio, está formada por puestitos de lo más variopinto, y es allí que se comercializa de todo, igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches*.


Los puestos informales en general consisten en un trozo de tela -que bien puede ser una frazada, una loneta, una alfombra vieja, da igual, extendido sobre la vereda o la calle- sobre la que se exhibe directamente la mercadería o los letreros que la anuncian: hay veces que por el tamaño del objeto a vender, o por la imposibilidad de su traslado, sólo se ofrece con un cartel: “Heladera como nueva, tantos pies cúbicos”. Hay otros puestos que arman mesas plegables, o colocan tablas sobre caballetes, o juntan un par de cajones de verduras que luego recubren con un mantel. ¿Qué venden? O más bien ¿qué ofrecen los vendedores informales? Bien... ropa y zapatos –nuevos o usados- discos piratas, videojuegos, devedés, videos en VHS (¡Sí!!! Desde los documentales de Didavisión a películas de Chuck Norris de la década del ’80), hornallas, anteojos de receta, ajos, discos de vinilo, juguetes, libros usadísimos, herramientas, dentaduras postizas, revistas de historietas descoloridas, lavarropas usados, frascos vacíos, vasos de licuadora, ristras de ajos, mochilas, arandelas, escobas, burletes, autopartes, espejos, televisores blanco y negro, productos de limpieza de fabricación casera, cotorritas, bicicletas... y parrillas! Un mismo “puesto” puede ofrecer ramitos de cedrón o de carqueja, un par de zapatos ligeramente chuecos, unas revistas Burda con la moda de 1971 y tres tarros de cocina descascarados marcados “Arroz”, “Yerba” y “Sal gruesa”. Otros, en cambio, se dedican a un rubro específico: ropa de niño o videojuegos para Play Station piratas. Por supuesto no soy quién para dudar de la procedencia de algunos de los tan variados bienes muebles que se ofrecen, faltaba más, en particular las autopartes y afines. Eso sí, cuando mi amiga Bea fue rapiñada hace un par de años, decidió que tenía que recuperar algunos de los objetos robados, como los anteojos o la radio del auto, y allá se fue a la feria de La Teja, y consiguió ambos: la radio se la re-compró a un precio irrisorio, y los anteojos se los trajo nomás, derecho viejo, luego de dejar de lado su afabilidad característica y amenazar al vendedor con quién sabe qué maldición legal.


Tanto los feriantes formales como los informales, suelen emplear diferentes estrategias de marketing: desde pizarrones escritos con los precios de los productos, frutas exhibidas de formas atractivas, o el antiquísimo pregón, por lo que a medida que una va pasando sus tímpanos vibran al estentóreo son de “estarrajalescuá”, que como todo el mundo sabe, quiere decir que están rebajadas las escobas.


Los compradores y los paseantes también tienen diferentes actitudes: está el ama de casa que hace sus compras en determinados puestos fijos y va con su carro con un derrotero prefijado: verdulería, frutería, pescadería, almacén, productos de granja, y aprovecha para ponerse al día con los feriantes y los vecinos; están los especialistas que buscan artículos específicos, que pueden ser herramientas o revistas de cómics, y van directamente a esos puestos sin mirar nada más; están aquellos que toman la feria como si fuera un paseo por un parque arbolado, van en familia, con termo y mate, y por supuesto, el infaltable cochecito de bebé, que se tranca en todos los puestos, se engancha con los carritos cargados de acelgas y rabanitos de las doñas, y en definitiva no compran nada pero joden a todos.


Cada tanto cae un inspector a ver si está todo en regla, y es allí que algún puesto informal de discos piratas se desvanece en el aire, o se produce alguna corrida propia de película policial de clase B, de esas que van tirando carros de naranjas y corriendo percheros cargados de ropa que invariablemente son empujados un chino u otro oriental similar.


Por supuesto que mi visita a la feria del domingo fue brevísima: detesto las aglomeraciones y eso de andar cuidando la billetera a dos manos, porque si hay algo en las ferias que abunda, además de duraznos a buen precio, son los pungas. Eso sí, al fin di con el señor que vendía parrillas.


Pero esa es otra historia.
uuuu



*Verso de “Cambalache”, tango de Enrique Santos Discépolo de 1934.

sábado 19 de diciembre de 2009

No son ellos, soy yo

---
Vaya una a saber por qué, pero el mundo de la publicidad me fascina. Claro, yo no podría ser publicista porque la honestidad brutal que padezco impediría que alguien en su sano juicio me contratara. Una pauta publicitaria que dijera "el champú Sedosal es una cagada, si pensás que la modelo de la foto tiene ese pelo divino porque lo usa, estás peor del lado de adentro de la cabeza que del de afuera", sería un dechado de sinceridad, pero la publicidad se trata de vender, y no de ser honestos.
Ahora bien, me está pasando desde hace unos cuantos años que no entiendo algunas pautas publicitarias. Así nomás, no entiendo qué carajo me quieren vender, o no entiendo si los creativos se piensan de verdad que con ese mensaje pelotudo me van a tentar al consumo del producto. Una vez, hablando al respecto con mi amiga Bea que trabaja en una agencia de publicidad, me dijo algo así como que si el mensaje no me llega, es porque el producto -o la campaña- no está dirigido a mí. Ni que decir que ahí me quedé más tranquila: el problema no son ellos, soy yo.
Es decir, los publicistas son realmente creativos, brillantes y capaces de diseñar estrategias exitosas para convencer a un determinado público objetivo -o sea, el "target", que quiere decir objetivo pero suena mejor en inglés, obviously- el problema es que yo parezco no formar parte de casi ningún segmento de la población consumidora, lo que si bien se mira, hasta puede ser un halago. Por otra parte, yo consumo ropa, cosméticos, productos de limpieza, discos, libros, alimentos, bebidas, medicamentos, tecnología, servicios médicos, artículos de papelería, insumos informáticos y varios etcéteras más, pero según parece, me las tengo que arreglar solita porque los publicistas de los últimos años se han olvidado de mí.
Hacer un análisis de toda la publicidad que una recibe en la actualidad podría llevar varios tomos de la Encyclopaedia Britannica, y para eso hay un montón de gente capacitadísima en semiótica, marketing, psicología social y no sé en cuántas disciplinas más, así que ni pienso intentarlo, que escaparía a mis modestísimas capacidades y a los objetivos de este blog, si es que los tiene. Más bien me interesa analizar en un vuelo gallináceo algunas pautas de publicidad radial que se escuchan en estos días.
----
• Una publicidad de cerámicas Castro recurre a la voz de una conocidísima y mediática astróloga que nos informa que los astros indican que este es el mejor momento de renovar el baño o la cocina. Evidentemente, desde el momento en que sí uso el baño (no sólo soy limpita sino que además tengo la vejiga del tamaño de una pasa de uva) y también uso la cocina (me encanta cocinar y comer, y si no me gustara ninguna de las dos cosas, tendría que hacerlas igual), sí soy público objetivo. Ahora, desde la perspectiva de persona con formación científica y que vive en el siglo XXI, difícilmente me decida a cambiar el guáter según sea la posición de Ganímedes con respecto a Júpiter, pero lo de ser una descreída asquerosa es culpa mía, por lo que el aviso es de lo más simpático e ingenioso, y seguramente todo el mundo ya está haciendo cola para comprar bidés en esa empresa y en ninguna otra. No son malos los publicistas, la mala soy yo.
----
• Una voz de una mujer joven exclama horrorizada “¿¿¿Vas a comer en el gimnasio???” por lo que una se imagina (recordemos que son avisos radiales) que la persona a quien va dirigida la pregunta sacó una olla de buseca. Otra joven responde que sí, va a comer una barrita de cereales, y que qué tiene de malo eso (lo mismo pregunto yo). La primera mujer, con tono de quien ve venir a los cuatro jinetes del Apocalipsis a todo galope, exclama que la voraz comedora de barritas de cereales no tendrá cómo lavarse los dientes, a lo que la aludida dirá que no se aflija, que comerá un chicle Orbit. Me pregunto: ¿En los gimnasios prohíben ingresar con cepillo de dientes? ¿A alguien se le cayeron los 32 dientes de golpe por no haberse lavado los dientes inmediatamente después de haber comido UNA barrita de cereal? ¿De verdad alguien puede creerse que el chicle puede sustituir el cepillado, el dentífrico, el hilo dental y el colutorio? Ah... Ahora caigo... esa publicidad no está dirigida a mí. No son pelotudos los publicistas, soy yo la que no va a ningún gimnasio.
-----
• "¿Alguna vez te pusiste a pensar que si bien todos los neumáticos son negros, redondos y tienen un agujero en el medio, no son todos iguales?" comienza preguntándose la publicidad de neumáticos Yokohama. ¡Ah, si prácticamente no tengo nada mejor en qué pensar...! Es más, las corrientes filosóficas actuales están cada vez más enfocadas en pensar acerca de cosas redondas, negras y con un agujero en el medio. No estoy en condiciones de afirmar que es de los avisos más pelotudos que existen, porque como carezco de rodado y por ende, de neumáticos, no formo parte del target... no son ellos, soy yo.
-----
• Una voz masculina y joven dice "Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso." Otra voz masculina, mayor y "de locutor" dice: "Relax, pibito, relax... Verano by Uniform". Otra pauta, igual de creativa de la misma campaña, comienza con una voz femenina y joven que repite ad nauseam: " ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda?" ante lo cual el locutor responde más o menos lo mismo, sólo que le dice “bebota” en vez de “pibito”. ¿La gente que no sabe inglés, o sea la mayoría de los habitantes de este país hispanohablante, entiende el mensaje? ¿La gente que sabe inglés y por lo tanto capta que dice “relajate, verano por uniforme”, entiende el mensaje? ¿La gente que sabe inglés y que además, sabe que Uniform es una marca de ropa informal, entiende el mensaje? Siguiendo la premisa de que la publicidad va dirigida a un público específico, a mí me da que pensar que en este caso se trata de individuos que saben inglés, usan ropa informal, conocen la marca y son absolutamente insoportables o absolutamente neuróticos. Ahora bien, yo me manejo bastante bien en inglés, uso ropa informal, conozco la marca y soy absolutamente neurótica, pero sin embargo, no entiendo el mensaje. Ergo, no soy insoportable. Claro, por eso no lo entiendo, me falta ese detalle. No son ellos, soy yo que carezco del nivel mínimo de pelotudez requerido.
-----
• Por último, pero no por ello menos importante, me referiré a la campaña de Pilsen Sonic. Imposible reproducir alguna de sus pautas, pero básicamente se desarrollan en discotecas y tienen como protagonista a un tipo al cual un incidente mínimo casual (que una chica lo empuje sin querer y le pida disculpas, o le llegue un mensaje al celular de número desconocido que dice “¿Dónde estás?”, le dispara la testosterona hasta alcanzar niveles tóxicos, en donde se imagina una escena erótica -por decir lo menos- con una desconocida. El aviso termina con el slogan “Pilsen Sonic, lo mejor de la noche”. Chan- chán. Ahora, bien, yo me pregunto ¿A quién va dirigido el mensaje? ¿A los pobres tipos? ¿A los infelices que están tan desesperados en su soledad que sufren alucinaciones? ¿A los desgraciados que tienen una vida tan de mierda que lo mejor que les puede pasar en una noche es tomarse una cerveza? Imagino que hicieron el correspondiente estudio de mercado, que dio como resultado que el porcentaje de pelotudos infelices es altísimo, porque de otro modo, no lo entiendo. Ah, pero como yo no soy consumidora de cerveza, más bien prefiero los derivados de la uva, el aviso no está dirigido a mí, así que es más que obvio que no son ellos, soy yo.
----

sábado 12 de diciembre de 2009

La más friki (o al menos, eso me creía yo)

,,,,,
Los días 14 y 15 de noviembre, en una casona de Bulevar España, tuvo lugar Continuará... ¿Qué cómo qué es eso de continuará? Bien... este... bueno... Continuará es un evento de esos que se usan en los últimos años, en que los eventos dejaron de ser eventuales para ser organizados con antelación. Este evento en particular, reúne actividades diversas vinculadas directa o indirectamente con el cómic, los videojuegos, las series temáticas y probablemente muchas cosas más que seguramente existen y una ni se entera.
Nuestro amigable vecino Peter Parker, que desde su blog MVD 1138 nos mantiene informados acerca de las novedades del frikiverso
[i] tenía allí un stand, así que pensé que bien podría darme una vuelta. Ya en la parada del ómnibus -esta vez era el 128, informo a los seguidores de mis andanzas en el 409- me encontré con un alumno del Nocturno, ávido consumidor de manga[ii], animé[iii] , novelas y películas de ciencia ficción y aventuras, que lucía orgullosamente su remera de Watchmen (sospecho que no se la saca desde el pre-estreno de la película)[iv]. Evidentemente también se dirigía a Continuará, así que fuimos juntos.
Al llegar, la casona parecía un colegio surrealista a la hora de salida: docenas de adolescentes vestidos y maquillados de las formas más extravagantes poblaban la vereda y los jardines. Armándome de coraje, respiré hondo, saqué mi entrada y me abrí camino entre caballeros de Age of Empires
[v], pitufos, hadas, ninjas y decenas de personajes que no logré -ni lograré- identificar. Ah, también había algunos seres extrañísimos con remera, pantalón vaquero, championes y nada de maquillaje... al menos yo tuve la precaución de ir maquillada.
El patio posterior de la casona estaba atestado de personas que seguían con atención a los intérpretes del karaoke, admiraban disfraces ajenos, lucían los propios, explicaban de qué estaban disfrazados, intercambiaban datos y piques, y hacían cuanta actividad pueda hacer una muchedumbre integrada fundamentalmente por adolescente en un espacio abierto y a la luz del día.
Finalmente, logré hacerme paso hasta la entrada, también atestada de gente que revolvía bateas con revistas de historietas, miraba muñecos de acción, jugaba videojuegos o a las cartas (no, m'hijo, no jugaban al truco sino al magic, que en vez de sota de bastos tiene dragones y criaturas de los pantanos). Lo que más me impactó fue el intenso aroma a espíritu adolescente que impregnaba el aire, por lo que ni bien gané la escalera subí por ella en procura de alturas más aireadas y menos olorosas. Afortunadamente, el stand que compartían Peter y Nicolás Peruzzo
[vi] se encontraba en el piso superior, estratégicamente ubicado junto a un balcón que permitía respirar sin agobios.
Una vez realizados los saludos, comencé a recorrer las instalaciones de la planta alta, entre vampiros, Narutos, pitufos, catgirls (sí, sí, chicas gato, en el sentido literal y/o metafórico, depende) Frutillitas y decenas de personajes del manga japonés que jamás reconoceré (los narutos son fáciles de identificar por los pelopinchos y la vincha con la chapa en la frente, en donde lucen el espiral del aspirante a ninja).
¿Qué había en los diferentes stands? Revistas de historietas, novelas gráficas, novelas tradicionales, tatuadores, ropa, maquetas, posters, muñecos de acción, muñecos de tela, videojuegos, acesorios, talleres de dibujo... Algunos de los puestos eran temáticos (como el estupendo “Cartón Milenario”, atendido por la Princesa Leia, o el de Star Trek, atendido por el Capitán Kirk en persona), y otros eran más generales.
En el patio posterior se organizaron varias actividades, de las cuales presencié sólo el karaoke: chicas y chicos vestidos como personajes de animé que cantaban en perfecto japonés -o disimulaban muy bien-, pero también hubo twister en masa (el twister es ese juego que se practica sobre una alfombra que tiene circunferencias de colores, y donde los participantes por turnos deben poner la mano derecha sobre la circunferencia amarilla, luego el pie izquierdo sobre la circunferencia azul, y así hasta que quede hecho un nudo... imagino que al jugarlo entre un montón de personas daría como resultado final algo similar al monumento "El Entrevero" de la Plaza Fabini). También había un torneo de Soft Combat, combate en el que los "guerreros" se enfrentan armados con unos cotonetes gigantes; juegos de preguntas y respuestas, toques de bandas, sorteos de todo tipo, y concursos de cosplays, que en mi opinión es lo más atractivo. ¿Y qué es un cosplay? El término es un neologismo en inglés que mezcla "costume" (disfraz, vestimenta) y "play" (actuación y también juego, en el sentido lúdico, y no en el timbero). Entre los cosplayers –o sea, tipos y tipas disfrazados- había de todo: vampiros, personajes de Super Mario Bros., el propio Terminator, la princesa Leia, ninjas... y cuanto etcétera pueda imaginarse. Cabe señalar que el cosplay tiene más gracia si es casero, es decir, el propio participante confeccionó el traje con sus manitas laboriosas. No sé quién se llevó el premio al mejor cosplay; seguramente Peter nos ilumine al respecto (destaco que él estaba disfrazado de sí mismo, en un cosplay de lo más convincente).
Ahora bien, honestamente, creí que el premio a “lo más friki” del Continuará me lo iba a llevar yo: una señora que mínimamente duplicaba -cuando no triplicaba- la edad de la mayoría de los asistentes, vestida con un estilo que podría calificarse de boho-chic (pantalón vaquero, zapatos de taco, remera con detalle de puntillas y collar artesanal) realmente llamaba la atención, lo digo con toda inmodestia... pero el punto me lo mató un individuo que no sólo osó ir vestido de “hombre común”, sino que se presentó... ¡con termo y mate! Claro, ante semejante despliegue de rareza, el premio se lo llevó él.
Creo que el año que viene me animaré a ir otra vez. Eso sí, estamos gestionando con Peter, Nicolás, Arlequín y Hiedra Venenosa (todos ellos adultos) la distribución gratuita de desodorantes, o en su defecto, iremos con máscara antigás, a ver si el espíritu adolescente nos impacta un poco menos en las fosas nasales.

Y aquí les dejo algunas fotos:


Nos invaden los japoneses... hoy los dibujos, mañana el mundo.
...
Más japoneses... en este caso, origamis
...
Los amigus... ¡Una ternurita! (Ya me puse boba...)
...
El asombroso stand de "El Cartón Milenario" , réplicas de las naves
de Star Wars hechas en cartón por las manitas laboriosas de Marcel
...
Personajes célebres: el propio Peter Parker y Nicolás Peruzzo,
con la mano cansada de tanto dibujar
...
¿Alicia en la vereda de las maravillas? (Agujeros no faltan)
...
La sanidad estaba a cargo de la Cruz Roja
...Ni idea a quién representa, pero cantaba muy bien
...
Los Pitufos momentos antes de practicar el baile del caño
....
Hubo que lamentar un ataque a la integridad física y moral de uno de los
concurrentes. Se ha protegido la identidad de la víctima por razones obvias,
y la del victimario por ser inimputable
....
[i] Frikiverso, o universo friki, en el entendido que un friki o friqui es individuo de apariencia o comportamiento inusual, que se muestra interesado u obsesionado en un tema muy específico del que se considera fanático. La Real Academia ignora el término, por lo que tuve que echar mano a la salvadora Wikipedia.
[ii] Manga, historieta japonesa. No confundir con la parte de la vestimenta que cubre los miembros superiores, que casualmente, se llama igual.
[iii] Más o menos lo mismo, pero animado.
[iv] Por más datos, buscar en este mismísimo blog el artículo “El día que perdí mi frikinidad”
[v] La Era de los Imperios, serie de videojuegos de corte histórico
[vi] Excelente creador de historietas; no dejen de visitar http://ninfacomics.blogspot.com/
....

sábado 5 de diciembre de 2009

Desesperada

...
No sé si será por mi personalidad ligeramente neurótica, o por la conciencia acerca de la finitud de la vida, pero desperdiciar el tiempo por razones ajenas a mi voluntad me desespera. Es decir, podré pasarme horas sacándome la pelusa del ombligo para después volverlo a llenar con la misma pelusa que me acabo de quitar, pero sólo si he decidido hacerlo, y se me canta a mí. Eso de obligarme a pasar un largo rato de nada, me resulta exasperante.
Por eso, hacer una larga cola para un trámite o viajar 50 minutos en un ómnibus para ir de A hasta B, son instancias en las que podría llegar al borde del ataque de nervios, cual chica Almodóvar, si no fuera porque cargo con una mochila llena de actividades que pueden ser realizadas en espacios públicos: corregir tareas, leer, o escribir esto mismísimo que estás leyendo, por citar algunas.
...
Ahora bien, la espera impuesta en la sala de espera de un médico, tiene el agregado de que una va allí a esperar que la atiendan, en circunstancias que habitualmente no son particularmente gratas. Sin embargo, algunas personas parecen encontrar allí un ámbito de socialización sanitaria que estoy muy lejos de comprender.
Ni que hablar de la sala de espera del ginecólogo, que suele conjuntar una fauna de lo más particular, y evidentemente femenina, salvo por uno o dos maridos que en cumplimiento del débito conyugal, se encuentran allí con signos de una incomodidad tal que parece que están sufriendo cólicos menstruales o las primeras contracciones del trabajo de parto.
Cuando me llega el momento de la visita anual a mi ginecóloga, allá voy bien provista de deberes para corregir, o del libro más gordo que encontré en mi biblioteca, o del ogo (esta última vez, llevé un fajo de deberes Y el ogo, y cuando terminé de corregir me puse a escribir algo acerca de lo que es esperar en las salas de espera del ginecólogo) pero ni aún así puedo abstraerme de la charla que se genera, de la cual suelen ser partícipes dos o tres señoras mayores, y la o las embarazadas de turno. Es así que una se entera de cuántas semanas está esa perfecta desconocida, de si es el primero, de si es nena o varón, y de cómo fueron todos y cada uno de los embarazos, partos o cesáreas de las demás pacientes. Por otra parte, se enumerarán las virtudes y defectos -si los tuviere- del médico que estamos esperando, se defenestrará a tal otro ginecólogo, se hará un análisis crítico acerca de los mejores lugares para hacerse la mamografía o el Papanicolau, alguna señora contará con el más morboso lujo de detalles la histerectomía a la que fue sometida hace ocho años, con la idea de deslumbrar al auditorio, hasta que otra que se la hizo el mes pasado le mate el punto porque no va a comparar las técnicas de antes con las de ahora.
,,,,
Por supuesto no todas las (im)pacientes participan del simposio de ginecología y obstetricia; están las que como yo llevan su novela, la revista de palabras cruzadas o el reproductor de mp3 y se ponen a escuchar música ajenas (o no tanto) a la charla, pero siempre hay al menos una o dos mujeres que cometieron la imprudencia de no llevar nada para hacer, y que no sólo no tienen interés en conocer cuántos puntos le dieron en la episiotomía a la señora de musculosa violeta, sino que les espanta saber tanto detalle.
Particularmente me preocupan aquellas mujeres que son hipocondríacas, o ni tanto, pero que no toleran mención alguna a cirugías o a procedimientos invasivos, y se tienen que bancar la charla como quien soporta una autopsia en vivo y sin anestesia, y las jovencitas que van por primera vez a un ginecólogo, con un poco de vergüenza o hasta temor, y se encuentran con esa especie de antesala de un infierno lleno de DIUs, colposcopías, espéculos y menopausias. Más de una de ellas seguramente saldrá de allí con la firme decisión de realizarse un cambio de sexo, sólo para no tener que volver a la sala de espera de un ginecólogo nunca más en la vida.
No se me ocurre cómo hacer para evitar estas jam sessions ginecológicas... ¿Poner una mampara y dividir la sala de espera en dos para “entusiastas del ateneo médico” por un lado y “ni loca que estuviera escucharía el relato de tu salpingoclasia” por otro?
Se reciben ideas.



Epílogo

Como ni Hipócrates ni Galeno quieren cosas chanchas, después de escribir lo anterior fui castigada: el domingo, cuando volvía en el 147 luego de ejercer mi derecho al voto, escuchando en mi aparatito de mp3 las peripecias de la jornada electoral, se sentó a mi lado una señora con bastón y así de gorda que me dejó como estampada contra la pared del ómnibus, y sin importarle en lo más mínimo mi pretendido aislamiento sonoro y electoral, pasó a relatarme con el más innecesario lujo de detalles los problemas que le acarrea la úlcera varicosa, con la correspondiente y más innecesaria aún exhibición del vendaje...
...

domingo 29 de noviembre de 2009

A Don José

...y a todos los que de alguna manera, lo hicimos posible
...
Ya todo el mundo lo sabe: el Presidente electo de nuestro país es José Mujica. La mayoría de los uruguayos decidimos que el Frente Amplio tenía que seguir en el Gobierno, para continuar la senda iniciada por Tabaré Vázquez, primer Presidente de izquierda del Uruguay.
Aquí les dejo una pequeña muestra fotográfica de los primeros festejos que hubo en mi barrio, ni bien los encuestadores confirmaron los resultados de la elección.
...

"A Don José" - Los Olimareños (en vivo)

...

Comienza el festejo: un vecino, cañita voladora en mano, emula a la estatua de la libertad

.... Las columnas del alumbrado público no quisieron estar ausentes

....
La nueva generación, esperando su turno para votar
(no desesperen, chicas, faltan dos o tres elecciones)
....

De a poco se va arrimando la gente... Hasta Pepe y Danilo se hacen presentes
(aunque los noté un poco acartonados)
....

Un velocípedo solo no hace caravana
....

¡Por fin un taxi con lindos colores!
(¿A quién se le ocurrió pintarlos de amarillo y negro?)
---

A defender la alegría... no permitamos que el humo la empañe!
...
¡Foto foto foto foto foto...!
....

El mejor amigo del frenteamplista
....
El buey solo bien agita la bandera
....
¡Ahora sí se armó la caravana!
....
Vestidos para la ocasión
....


sábado 14 de noviembre de 2009

Tarde y mal

lllll

Estimados lectores: habitualmente actualizo los sábados a las 8:00 de la mañana, pero últimamente estoy faltando a la cita sabatina. El trabajo y otras actividades que realizo, me impiden cumplir en tiempo y forma con ustedes (y conmigo, porque me gusta muchísimo escribir para el blog).
Ahora bien, como les digo una cosa, les digo la otra: se me ocurrió una idea (bah, se le ocurrió a Goliardo) y empecé a desarrollarla, pero no tuve tiempo de hacer la debida investigación (sí, parecerá mentira, pero para cada entrada leo mucho material y me informo bastante), y en un determinado momento, la idea original derivó para un lado completamente distinto, y se desvirtuó, y terminó siendo cualquier otra cosa, que es lo que leerán a continuación (si quieren... están advertidos!).
Ah... La entrada de hoy tiene un color absolutamente local y actual.


El sábado pasado, en la entrada correspondiente a ese día me referí a los orígenes de Halloween, esta celebración entre importada e impuesta que en nuestro país soportamos unos cuantos y disfrutan algunos niños y no tan niños, porque también se celebra en discotecas y fiestas privadas, porque hay adultos que se prenden de cualquier excusa para ponerse un disfraz o para sacarse la ropa. Resulta que en realidad es una festividad antiquísima de los celtas con hondo sentido religioso, que ni siquiera se llama así y que no tiene nada que ver con calabazas desdentadas ni con pedir caramelos que te pueden dejar tan desdentado como las calabazas. ¿A qué iba? Ah, sí, decía que en esa entrada, Goliardo dejó un comentario interesantísimo en el que planteaba que ya que los brothers de los Estados Unidos nos imponen sus festividades (amén de imponernos sus hamburguesas, sus marines y sus teorías y prácticas económicas), lo que deberíamos hacer nosotros es adaptarlas a nuestras costumbres y tradiciones, que también las tenemos, no vayan a creer.
Ahora bien, Goliardo planteaba algunas ideas de lo más creativas, pero dándoles un toque argentino, como es natural; ahora bien, los uruguayos y los argentinos compartimos gran parte de la historia y de la cultura, pero no somos países idénticos, así que pensé en "orientalizar" su propuesta para celebrar el "Jalogüín".
Para empezar, los elementos autóctonos de nuestra cultura son escasísimos, en parte porque Rivera allá por 1831 se tomó la molestia de exterminar prácticamente a los nativos de estas tierras, cosa de marcar el inicio de la vida democrática del país con un genocidio, vayan aprendiendo otros presidentes que lo único que hacen es preocuparse por la salud, la educación o la economía de sus presididos. Además, nuestros indígenas dejaron pocos testimonios de sus festividades, aunque sí varios de sus rituales fúnebres, pero no es cuestión de celebrar el Jalogüín con un entierro en un cerrito.
[1]
Ahora bien, los colonizadores españoles, los nativos africanos traídos al país como esclavos, los nativos que sobrevivieron a la matanza y los inmigrantes que fueron llegando de todas partes del mundo, fueron creando esta mezcolanza étnica y cultural que somos nosotros, así que elementos para darle color al guiso del Jalogüín no nos van a faltar. Elementos identitarios como el candombe, la murga, las tortas fritas grandes, redondas y chatas con agujero, el mal fútbol, el deporte mayoritario de la queja y la política, bien podrán darle el toque vernáculo a la festividad foránea.
Se me ocurre que entre todos podemos ir tirando algunas ideas, cosa de ir organizando con tiempo el próximo Jaolgüín, que como es propio en Uruguay, “con tiempo” se entiende el día antes.

Por mi parte, propongo algunas sugerencias para los disfraces infantiles, diseñados para que los niños asusten a los vecinos cuyas casas visiten con el objetivo de aprovisionarse de golosinas, y lo hago siguiendo la más arraigada tradición política, que viene desde lo más profundo de nuestra historia, es decir, la era transcurrida desde la campaña electoral de las Elecciones Internas de junio de 2009 a la fecha:

* En los barrios de Carrasco y Punta Gorda, indudablemente se impone el disfraz del Pepe, con los accesorios imprescindibles de la banda presidencial y la perra de tres patas; las niñas, claro está, podrán disfrazarse de Lucía Topolanski con su doble corona de Senadora y Primera Dama.

*En los mismos barrios, si se trata de dos hermanitos, una nena y un varón, podrán utilizar el disfraz de Marina Arismendi, en versión “caperucita roja acompañada por el lobo atorrante”.

*En una versión personalizada, ir a la casa del Cuqui disfrazado de Ley Seca.

*O golpear la puerta del Guapo, disfrazado del Cuqui ganador de las Internas.

*Por el contrario, en los barrios de hondo arraigo obrero como el Cerro, La Teja, o la Curva de Maroñas, los niños se disfrazarán de “Bruce Willis” Cuqui, y aterrorizarán a los vecinos con unas simpáticas motosierras.

*Golpear la puerta de la casa del diputado Borsari disfrazado de mujer rubia; otra posibilidad es el disfraz de coronel cubano.

*Visitar estudios de radio o redacciones de semanarios con disfraz de Jorge Batlle acusando de complot del tupamaraje a cuanta cosa se mueva o esté quieta. Cabe señalar que este disfraz que ya no asusta a nadie, por lo que se recomienda a los padres que no lo confeccionen para sus hijos.

Dejen sus sugerencias (que sin dudas serán muchísimo mejores que las mías) en los comentarios.



[1] Nombre que reciben los túmulos erigidos por algunos de los grupos nativos del país.

sábado 7 de noviembre de 2009

De sábados, ritos, espíritus errantes y caramelos

...
El sábado pasado no actualicé, como pudo ver y apreciar cualquiera que haya asomado sus ojos por este blog. Exceso de trabajo y de cansancio me impidieron cumplir con el ritual de actualización sabatina. Para peor, tenía toneladas de escritos para corregir, así que ni siquiera podía aspirar a una actualización tardía: di prioridad al trabajo y a la siesta, que con las dificultades que tengo para dormir, es casi un trabajo más.
Y hablando de rituales sabatinos, el sábado pasado fue 31 de octubre (vaya novedad, seguramente si no lo leés acá ni te enterabas) fecha en la que se celebra Halloween, una tradición con hondas raíces folclóricas... en las Islas Británicas.
No debe de haber tradición más alejada de la cultura uruguaya, rioplatense y sudamericana que la festividad de Halloween, si exceptuamos alguna festividad de Burkina Faso, tal vez. Sin embargo, desde hace algunos años, escapar a los gurises disfrazados pidiendo golosinas, a la decoración en naranja y negro del Universo conocido y zonas aledañas y a las calabazas de plástico con problemas dentales es absolutamente imposible.
Cuando comenzó a celebrarse el Halloween en Montevideo, yo había pensado pegar en la puerta de mi casa algún cartel alusivo a la horda imperialista que nos invade, y mándense mudar tuitos a la puta, pero en seguida comprendí que para un individuo de 5 años al que disfrazarse y comer caramelos le resulta la máxima felicidad, y para quien los conceptos de invasión cultural, capitalismo salvaje y maldición de Malinche le son levemente desconocidos, el cartel carecería por completo de significado, así que pasé de oponerme tenazmente al festejo a comprar caramelos y repartirlos a cuanto chiquilín tocara el timbre ese día
[1].
Ahora bien, mi idea de esta entrada va para un lado bien distinto, y es tratar de entender qué corno se está festejando cada 31 de octubre, y que me perdone Juan Pascualero por usarle el instrumento sin su permiso
[2].
mmmm

mmm
La cuestión se origina –según parece- en las Islas Británicas hace unos dos mil quinientos o tres mil años, siglo más, siglo menos, cuando esas tierras, al igual que otras regiones europeas, estaban habitadas por pueblos celtas. Para esta gente, el día comenzaba al caer la noche, y el año, al llegar las noches largas del invierno. Se me dirá que el invierno comienza en el solsticio que anda allá por el 21 de diciembre, y sí, cómo no, pero las horas de luz en latitudes altas comienzan a ir escaseando bastante antes, y en noviembre, a las 4 de la tarde ya es noche cerrada en Escocia, sin ir más lejos (si vamos más lejos, estaríamos hablando de tradiciones islandesas, y no es el caso). Es así que el año comenzaba el 1º de noviembre, pero como el día comenzaba al atardecer, en realidad empezaba en lo que para nosotros sería la noche del 31 de octubre. Allí tenía lugar la festividad más importante del año: el Samhain, que se pronuncia algo así como “sagüin”, pero téngase en cuenta que yo hablo gaélico del interior. Samhain aparentemente significa “el fin del verano”, y esa fecha también marcaba el fin de la cosecha y el fin del año. La gente se despedía de la mitad cálida y luminosa del año, y se preparaba para la mitad fría y oscura.
El fin de un año y el comienzo de uno nuevo sigue siendo en la actualidad motivo de fiestonga y comilona corrida, aún cuando para nosotros es simplemente pasar de un día de calor a otro día igual de caluroso y con suerte, lleno de mosquitos ávidos de picar a cuanto humano adormecido por los vapores alcohólicos encuentre a su paso, que también el mosquito tiene derecho a alcanzar un estado artificial de alegría, como cualquiera de nosotros. Ahora bien, si a eso le sumamos que durante unos meses la gente no iba a poder asomar la nariz por cuestiones climáticas y oscurantistas, imagínense lo que sería la partuza por aquellos lares.
Días previos, se guardaban las cosechas y la gente se aprovisionaba convenientemente para pasar el invierno; se recogía el ganado, y se sacrificaban los animales que presentaban signos de debilidad, para evitarles la muerte segura –pero lenta- que les ocasionaría el frío. Llegado el día de la fiesta, se apagaban todos los fuegos, y los druidas –sacerdotes y hombres sabios- encendían un nuevo fuego purificador. Al fuego se arrojaban huesos de los animales sacrificados –y quién te dice que en épocas pretéritas no cayera sacrificado también algún enemigo- y dicen las malas lenguas (o los malos lingüistas) que la palabra “bonfire” (fogata, en inglés) se originaría de esa costumbre (de “bone”, hueso, y “fire”, fuego), pero seguramente sea más un deseo que una verdad documentada.
Luego, las personas se llevarían parte de ese fuego sagrado a sus hogares, transportándolos en unos faroles improvisados con cráneos de animales... que derivarían luego en raíces de Brassica napobrassica (que como todo el mundo sabe, son nabos) tallados como si fueran cráneos. ¿Calabazas talladas? Difícil que el chancho chifle; habría que esperar a que los británicos desembarcaran en América muchísimos siglos después y descubrieran el fruto de la Cucurbita maxima, que como todo el mundo sabe, es la calabaza, y más tiempo pasaría para que aquellos farolitos craneanos terminaran siendo una calabaza de plástico que se puede encontrar en las góndolas de cualquier supermercado de Belvedere o de la Curva de Maroñas.
Ahora bien, los celtas creían que en ese día que marcaba el límite entre un año y el siguiente, entre la luz y la oscuridad, el límite que separaba este mundo y el del más allá, se volvía difuso. Es así que entre la gente que andaba vivita y coleando, se paseaban los espíritus de los muertos... y de los que aún no habían nacido. Entonces, para no confundirse, la gente viva –en todos los sentidos del término- se disfrazaba... con pieles y cabezas de animales, así como preparaba comidas especiales para congraciarse con la muchachada incorpórea, que habría perdido el cuerpo pero no las ganas de comer. De ahí a ponerse un disfraz comprado o confeccionado por una mamá laboriosa y salir a manguear caramelos, hay tres mil años de pasos.
Terminada la fiesta, todo el mundo se iba para su casa con el fuego nuevo, y según se dice, con un fuego renovado también en el sentido metafórico, porque parece que la fiesta seguía de puertas adentro, ya que se consideraba de buen augurio concebir en esa fecha, y habría que revisar la tasa de natalidad de los meses de julio y agosto de la época, pero no sé que queden documentos del Registro Civil de allá.

Posteriormente, la llegada de los romanos a las Islas Británicas, hizo que los rituales celtas se mezclaran con los rituales romanos, pero que también se mantuvieran, aunque modificados; la llegada del Cristianismo puso fin a esas celebraciones paganas, con tanto éxito que 1.500 años después, se sigue festejando el Samhain en todo el mundo occidental y cristiano, como si tal cosa.
Lo que sí logró hacer la Iglesia de Roma fue cambiarle el nombre a la fiesta: se marcó el 1º de noviembre como el Día de Todos los Santos, o sea All Hallows, y aparentemente de la expresión All Hallows Eve (víspera de todos los santos) derivaría el término “Halloween”.

La mixtura de tradiciones, los siglos, las migraciones, terminaron con/fundiendo la religión con la hechicería, la práctica de ritos ancestrales con la brujería, la invocación de los espíritus con el culto a la muerte, y probablemente la religión del amor y el perdón terminó confundiendo los sagrados fuegos celtas con los fuegos inquisitoriales, y más de uno habrá ardido en la hoguera sólo por festejar el comienzo del año en otra fecha.
En los siglos XVI y XVII, con la llegada de los británicos a América del Norte, vino también la antigua tradición celta a este continente; la posterior conquista y colonización que hiciera el país de la Coca-Cola, los vaqueros Levi’s y los misiles Patriot del resto de la Tierra -y de la Luna-, hizo que el Samhain, tres mil años después y modificadísimo al punto de ser casi irreconocible, llegara a la puerta de mi casa.

Y por aquí voy dejando esta crónica, así puedo terminar de comerme los caramelos que me sobraron del sábado pasado, y darles motivo de queja a mi nutricionista y mi odontóloga, que bien que tienen también su cuota de brujas.
kkkk
[1] No puedo dejar de citar la entrada que hizo la Flaca en su blog el año pasado, en el que ella plantea –con su particular estilo- algo similar: http://lodelaflaca.blogspot.com/2008/11/truco-o-trato.html

[2] Juan Pascualero, asiduo de este blog y propietario del blog “El cuchillo del herrero”, es cornista de profesión, o sea que a él, el corno le importa muchísimo.

jjjj