viernes, 13 de agosto de 2010

¿Hubo alguna vez una vaca en la Quebrada de Humahuaca?

Segunda parte

Antes de seguir describiendo la recorrida por la Quebrada de Humahuaca, quiero contar algo que me pasó cuando me disponía a escribir esta crónica de hoy. Como habrán notado los lectores asiduos, cada capítulo de este viaje está acompañado por una canción, que refiere al lugar que se describe. Con la excepción del capítulo referido a San Salvador de Jujuy, en la que debido a lo que me impactó la historia de la muerte de Juan Lavalle opté por la "Elegía a la muerte de un guerrero", por Ernesto Sábato y Eduardo Falú, traté de elegir en cada caso algo del folclore local. Para ilustrar entonces los capítulos referidos a la Quebrada de Humahuaca, la música la elegí de un disco que compré en la ciudad de Humahuaca, pero al tratar de subirla a Go Ear, me topé con el problema del formato... así que me puse a buscar música de los mismos artistas en formato mp3. De ese modo fue que encontré esta canción de Inti Huayra, llamada "La maimareña"... y ya verán al leer lo que sigue cuánto más significativa resultó la solución que el problema.   



La ciudad de Humahuaca está situada a casi 3.000 msnm, a unos 170 km de la frontera con Bolivia. Como pasa con los poblados españoles y de sus colonias, la plaza principal está rodeada por los edificios más importantes del lugar, como la iglesia y el cabildo. Llegamos a la ciudad cerca del mediodía; la idea era estar a las 12 en punto, para asisitir a la bendición de San Francisco Solano. Este santo es de una enorme trascendencia en el Norte de Argentina, y sus iglesias se destacan en todas las ciudades que visité. Ahora bien, Francisco murió en 1610... hace exactamente 400 años, si no saqué mal la cuenta, por lo que cómo iba a bendecir a los concurrentes era un misterio.
A esa hora, la plaza estaba llena de gente; esperando que el santo apareciera... ¡en el cabildo!

La multitud se agolpa frente al cabildo, 
en espera de las 12 campanadas

Resulta que el cabildo actual de Humahuaca fue construido a mediados del siglo XX, tras haber sido demolido el original, y cuenta con una torre en la cual se destaca un campanario y un reloj; bajo éstos y tras unas puertas, se oculta una talla en madera de san Francisco Solano, que por un artilugio mecánico cada mediodía asoma y "bendice" a la concurrencia levantando su mano derecha y bajando la izquierda, en la que porta una cruz.  

Comienza a asomar... observen la posición de sus manos...


...y aquí el santo de madera bendice a la concurrencia!


No sólo fieles y curiosos están en la plaza a las 12; las vendedoras locales aprovechan para vender sus mercaderías, aunque tengan que cargar su guagua en la espalda



Hay premio para el que adivine qué productos vende esta señora  

Tras haber presenciado la curiosa bendición, nos dirigimos a almorzar a "La Cacharpaya", que como todo el mundo sabe, quiere decir "despedida", y hace referencia a la fiesta con la que se despide el carnaval en la Quebrada de Humahuaca. Como estábamos a 3.000 metros de altura, el guía, un humahuaqueño, nos dio sabios consejos para no apunarse. Yo había visitado Bolivia y Perú en el año 2000, y conocía los efectos del soroche o mal de altura, tanto es así que terminé con una preciosa experiencia de vómitos públicos y notorios en el espectacular Valle de la Luna en la ciudad de La Paz (no me dirán que no tengo glamour para vomitar!) Recuerdo que en aquella ocasión una simpática boliviana nos había dicho que La Paz era la ciudad en donde "se camina despacito, se come poquito y se duerme solito". Teniendo presente lo antedicho, me moderé en lo que a la ingesta y a los movimientos se refiere: comí sólo las dos empanadas de rigor, un plato de cabrito y una porción de ensalada de frutas, todo acompañado por un muy buen vino tinto local, para proceder luego a bailar el carnavalito, dado que el almuerzo incluía música local en vivo, y por aquello de "donde fueres, haz lo que vieres", estando en Humahuaca no iba a dejar pasar uno de los celebérrimos carnavalitos quebradeños.

Músicos en "La cacharpaya"; la foto está desenfocada por los efectos del soroche



Tras el almuerzo, salí a recorrer la ciudad.

Detalle del cabildo

                                    

La iglesia y el mercado

                                   

Un mural que refleja el sentir de los lugareños

                                   


Mi recorrida no sólo incluyó la caminata por las callecitas y la observación del lugar, sino que también aproveché para comprar artesanías y música local, así como para conversar con los lugareños... y con los humahuaqueños por adopción. Resulta que me detuve a ver unos collares de cerámica dispuestos en una mesita en la calle; la chica que los vendía se acercó y me invitó a visitar el interior del local (sí, dejó sin vigilar la mesita de la calle, porque ¿a quién se le ocurriría robar algo que no es suyo? Me explicó la técnica utilizada para hacer las cuentas -el proceso es de lo más interesante y lo pueden ver aquí, ya que tienen un blog- y tanto su aspecto como su acento evidenciaban que no era humahuaqueña. "Vos no sos de acá" afirmé/pregunté. "No, soy de Córdoba, pero me vine hace 8 años y no me voy más". Y allí se puso a contarme la vida en ese lugar, en donde cerrar la puerta de la casa o el auto con llave es una rareza o una costumbre que llevan los que se van a vivir allí, entre otras bondades del local. Tras haberle comprado un collar -no me iba a venir sólo con una charla interesante, claro- seguí recorriendo la ciudad. A pocos metros de allí, en la esquina de la plaza, había otra mesita con accesorios hechos en alpaca y piedras, sin nadie que los atendiera. Otra señora estaba mirando y se puso a pescuecear como buscando quién la atendiera. Al rato apareció un muchacho, tranquilo él, y se dispuso a atenderla. "¿Vos dejás esto solo?", le preguntó la mujer. "¡Y claro!" respondió el chico; "Acá no pasa nada". Es decir que el tipo dejaba el fruto de su trabajo -que tenía además de un gran valor, un cierto precio- así nomás, y se iba a la plaza a conversar con sus amigos. También hablé con él, que se había venido hacía 10 años de Buenos Aires, y tampoco se volvía más. Tras haberme despedido de él siendo la flamante propietaria de un precioso anillo, me dirigí al Monumento de los Héroes de la Independencia.
Sobre uno de los lados de la plaza, y junto a la iglesia, parte una escalinata que culmina con ese monumento, en el que destaca la figura del Cacique Viltipoco, de la tribu de los Omahuacas, y a los nativos y gauchos que combatieron en las batallas libradas en el Norte. El ascenso supone un cierto esfuerzo, dada la altura, pero esta cronista no se amedrentó por el riesgo al mal de altura y allá fue.

Vayan contando los escalones...

                         

El monumento de cerca
                                

Humahuaca vista desde la cima 




Otra vista desde el monumento

Subí, vi, vencí. La vista desde el pie del monumento valía haber dejado fragmentos de los pulmones en cada escalón.
A fines de la tarde, había que partir, recorriendo otra vez el imponente paisaje de la Quebrada.

Vista de la Quebrada en los alrededores de Maimara

¿Logran ver al Gral. San Martín sobre su caballo? 


"La paleta del pintor": se dice que cuando dios terminó de pintar el mundo, volcó aquí la pintura sobrante, de ahí los colores de las montañas (qué me vienen a mí con acumulación de hierro, azufre, cobre y quién sabe cuánto invento más)

 Nos dirigimos a la localidad de Maimara, un pueblito chiquito de la Quebrada, en el que la vida es muy dura, en particular durante los meses de invierno. La gente sobrevive de la cría de animales, y de la venta de artesanías y productos locales a los turistas. Al llegar, Claudio, el guía humahuaqueño, nos contó que la empresa en la que viajábamos tenía desde hace años una tradición. Resulta que el señor Elpidio Campos fue un uruguayo pionero en realizar viajes al Norte, y se ganó el aprecio de los humahuaqueños. Fue él que inició la costumbre de hacer un intercambio con los habitantes de Maimara, en cada uno de los viajes: los niños locales reciben a los viajeros con un collar artesanal hecho con semillas y lanas de colores, y le entregan a cada uno un papelito con su nombre y dirección; el viajero entonces, en el próximo viaje de la empresa, hará llegar a ese niño algún presente: ropa de abrigo, juguetes, útiles escolares. En la actualidad, es Magela, la hija de Elpidio, quien continúa con la tradición. Es así que en cada viaje, al parar en Maimara, los niños locales y sus mamás se acercan a recibir a los viajeros y a buscar su cajita. No les puedo decir la cantidad de cajas y cajas con donaciones que bajaron los choferes de la bodega del ómnibus, y ni qué decir que no les puedo describir las caritas de esos nenes que viven en ese lugar tan árido, tan frío, tan alejado de ese dios que pintó las montañas con todos los colores y que no parece ir muy seguido, al recibir su caja.   






El viaje de regreso a San Salvador de Jujuy lo hice llorando, con tres collares colgando de mi cuello y tres papelitos con los nombres de tres niños.
¿Por qué me conmovió tanto, por qué me conmueve tanto, si acá nomás a la vuelta de mi casa hay montones de niños que necesitan ayuda? Creo que se debe a que esta gente vive en un lugar que, más allá de la belleza impactante, es sumamente hostil; un suelo árido, un clima extremo, enormes distancias a recorrer para acceder a la escuela, a un servicio médico... pensar en una placita con hamacas o toboganes es realmente un delirio. Y sin embargo, esta gente ama su tierra, se apega a sus tradiciones, y se queda. Y la pelea como puede, porque esas mamás no mandan a sus niños a mendigar: ellas hacen artesanías, tejen, hacen dulces caseros y los salen a vender, y esos papás tiran de un arado con sus brazos para poder sacar de la tierra lo poco que les da.  

Sé que esta no es la tónica habitual de este blog, si es que tiene alguna, pero ya que decidí compartir este viaje con ustedes, y ustedes se bancan semana a semana las crónicas, me pareció que podía no sólo compartir fotos de paisajes impactantes y comentarios acerca de empanadas y vino, sino también una partecita del viaje para adentro.  





Ah... no, no vi ni una sola vaca en la Quebrada de Humahuaca. 
Ni falta que hacía.

20 comentarios:

ro dijo...

Primi jiji, qué hermosa entrada, Andrea. Si bien no es tu tónica habitual, siempre poniéndote en irónica irreverente y sacrílega, uno sabe que está ahí lo de conmoverse, que está a punto de salir la lágrima, que te sentís todo, todo de cada cosa que ves. Pero no siempre lo dejás salir, y es lindo también cuando lo dejás que salga así. Si los viajes a las alturas proporcionan además de esos vómitos físicos, estas otras explosiones del viaje interior, tendrás que ir próximamente a la Luna, mi querida, para seguirnos regocijando. Preciosas historias nos contás, cronista emotiva, como esta de los niños que esperan su regalo, como ese Santo que en lugar de bendecir parece que acusara!
Bueno, la seguimos. Besos

SUSANA dijo...

Ahhh, sos una Cronista que mira y escribe con el corazón, precisamente la que hace honor a esa tierra.. Muchas Gracias Andre!

Y no sólo por el relato impecable, noooo, sobre todo porque retrataste maravillosamente la gente de la Quebrada de Humahuaca, su tesoro.

Besazo Amiga!

andal13 dijo...

Ro:
¡Cantaste PRI! Detaquito se durmió en los laureles, parece.
Me hace bien que me digas que te gustó la entrada. Soy de lágrima fácil, y lloré aún al escribirla, pese a que dejé que pasara casi un mes desde aquella tarde.
Qué sé yo, cuanto más vieja me pongo, más emotiva ... Bah, soy como una papa, que cuanto más y más tiempo pasa en la cocción, más se ablanda!
Besos para vos también.

Susana:
Gracias por tus palabras, Susana. Concuerdo contigo en que el verdadero tesoro de la Quebrada es su gente, que paradójicamente, es inquebrantable.
Va volando en el ventarrón un beso para vos!
(Se me fue la mano en la aliteración... casi escribo "veso"!)

Marple dijo...

Andrea:
hermoso viaje, espectacular crónica,
Sólo tengo una pregunta:
¿las indicaciones del guía para no apunarse dan resultado?
En concreto: ¿hubo alguna turista de avanzada edad que se apunó?

besos

andal13 dijo...

Marple:
¡Gracias!
Mirá, acá entre nos te cuento que una compañera de viaje tenía (y tiene) 82 añitos, y no hubo altura ni empanada que la achicaran! La pasó fenomenal todo el viaje. La única que se sintió mal (en otra localidad), fue una chica de unos 30 y pico, así que andá tranquila!

Alvaro Fagalde dijo...

La vida en las montañas es durísima, demasiado. En Perú es desoladora la cantidad de gente que muere cada invierno, en asentamientos sin ningún servicio ni nada que se parezca.

Es conmovedora la historia de las cajas para los niños, yo que estoy demasiado curtido para emocionarme fácil (remember mi work).

Alvaro Fagalde dijo...

Esta fue la mejor crónica de la serie, dicho sea de paso.

Anónimo dijo...

Todos mis respetos por ese impresionante ascenso al monumento para disfrutar de la vista... Estás en plena forma, andal13, eso es indudable! Imagino que las empanadas de los días previos también aportaron su granito de energía! ;-))

Qué bonitas las fotos, los colores, las vistas... pero lo que más me ha impresionado es la historia de las cajitas para los niños... Gracias por recogerla y transmitirla, hay historias que pasan desapercibidas y que merecen ser contadas y repetidas hasta la saciedad. Esta es una de ellas.

María

Fernando Terreno dijo...

¡Debo decirte que conocí más de Humahuaca por tu crónica que cuando fui en persona mesmito!
No habla muy bien de mi, o era el soroche quizá.
En cuanto a música de Jujuy, me voy permitir decirte un nombre: Melania Pérez. Si tenés tiempo buscala y después me decís.
Un abrazo

andal13 dijo...

Alvaro:
Sí, sí, es muy duro... a nosotros nos parece posible, porque vivimos en un país en donde todo queda a distancias prácticamente "caminables", y donde el escollo más arduo puede ser un repechito de unos pocos metros.
Esta zonoa de Argentina es muy parecida a regiones de Perú y Bolivia, como es natural (todo formó parte del Tawantinsuyo, por otra parte).
Gracias por el elogio.

María:
Gracias a vos por estar ahí presente, siguiendo los pasos de esta cronista; me alegra que te haya impresionado, y no sólo por la belleza del lugar.

Fernando:
¡Es que yo tendría que ser agente de viajes, mijo! Jajaja, ya me imagino diciéndole a un cliente: "¿Y para qué quiere ir al Caribe? ¡Si arena, agua y palmeras tiene hasta en Pocitos! Tómese el 128 y déjese de joder."
A Melania Pérez la conocí gracias a vos o a Cr, que me la presentaron en la primera entrada sobre Tucumán. Una belleza, realmente.

cr dijo...

Gracias, espero los sábados por la mañana despertar (hoy un poco más tarde) y seguir este viaje.

Es posible que lo hayan mencionado, y hasta tengas ahora su música, pero Ricardo Vilca era un excelente compositor humahuaqueño, el documental "Rio Arriba" lleva su música.

El mercado de frutas y verduras de Humahuaca, como los de todos esos lugares, es muy lindo, lleno de colores, aromas y unas señoras tan queribles con sus polleras de colores, arrugas y mejores consejos para cocinar esos productos.

Mi mejor recuerdo de ese lugar es una noche mezcla de estrellas y nubes, tirada panza arriba en el monumento al indio, con amigos y cerveza Norte... y mi cámara de fotos.

También lloré con esa historia de Maimará, que buen arreglo. Son las pequeñas resistencias que tan bien nos hacen a todos... nosotros tan egoístas.

Otra cosa que me parece aún no mencionaste, ¿viste lo coloridos que son los cementerios?

¡Gracias por compartir!

andal13 dijo...

Cr:
Gracias a vos por aguantarme los trapos, y por enriquecer las entradas con tus aportes. Ya mismo me largo a buscar música de Ricardo Vilca.
Uy, ahora que decís, los cementerios son bastante atípicos... mismo en Tucumán, pasé frente a uno que si no me decían que era un cementerio, no sé si me daba cuenta!

ro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Martín dijo...

El otro día vi que habías posteado, pero decidí esperar a leerlo, hasta que tuviera tiempo de sentarme y prestarle la debida atención (hoy en día, muchas veces uno como que le pega una ojeada medio superficial a las cosas... ¡hay tanto para leer!).

Me alegro de haber esperado, porque hoy pude leer tu post detenidamente y, la verdad, fue una experiencia fenomenal y emocionante.

Podría hacer alguna referencia a lo de dejar las cosas en la calle con tranquilidad, o a lo de los niños y sus regalos, pero no vale la pena. Creo que está todo dicho.

Te sigo leyendo. Besos.

andal13 dijo...

Martín:
Gracias por la dedicación y el tiempo.
A mí me pasa, que si veo que el post es muy largo, lo dejo para otro día, y a veces me tomo un rato para comentar (me pasó con tu última entrada, sin ir más lejos).
Y me da gusto que te haya emocionado.

juan pascualero dijo...

Me conmovió tu relato. Te cuento que sentí algo parecido en Perú y que me inspiró un ballet que muchos años después pude realizar con la invalorable colaboración de Victoria Braselli y su cuerpo de danza, del actor Guatavo Suarez, increíbles arreglos de Alberto Andrade y la ayuda de varios geniales colegas.

andal13 dijo...

Juan:
Gracias.
Ah, qué maravilla poder devolver con tu arte parte de la emoción que sentiste.

Detaquito dijo...

La pucha Adrea, se me nublaron los ojos con la ultima parte...

Peter Parker dijo...

Conmovedor relato Andrea y más que significativo el número tres (por los tres niños), ya que este número simbolizaba entre los druidas, el aprendizaje. Un aprendizaje muy personal que te animaste a compartir con todos nostros, tus incansables lectores (a pesar del soroche).
Muchas gracias.

andal13 dijo...

Deta:
Gracias por tus ojos nublados... me hace sentir mejor el compartir la emoción.

Peter:
Ah, mirá, no sabía lo del número 3... Este viaje ha estado muy cargado de emociones, pero también de símbolos (hasta para una escéptica como yo), y sin duda, de aprendizaje.