sábado, 28 de marzo de 2009

Meaculpismo

Con frecuencia leo el semanario "Brecha" por propiedad transitiva, es decir, me lo presta el Fede, que a su vez, lo hereda de su padre, aunque no descarto que alguna vez contribuya con su óbolo para facilitar la adquisición de tan prestigioso medio de prensa. En cambio, yo lo leo de ojito, para qué les voy a mentir. En el último número -que por supuesto no es el último editado, sino que es el último que yo leí- me encontré con una columna titulada "Mea culpa", en la cual tres intelectuales de relevancia en nuestro medio, confiesan qué obras literarias de esas "imprescindibles" ellos no han leído.
Por aquello de "mal de muchos, consuelo de tontos", en parte me sentí aliviada, porque lo cierto es que cada dos por tres me angustio por no haber leído tal o cual obra o autor, cuando sí he leído montones de porquerías de lo más prescindibles.
Entre los imprescindibles que no he leído (aún), se encuentra James Joyce; en cambio, sí lo he dibujado: hace muy poquito comencé un taller de caricatura e historieta con el Maestro Fermín Hontou, y estos son mis primeros garabatos.
Así como espero algún día saldar mis deudas literarias con Joyce, también espero mejorar en mis dibujos.
Pero no prometo lograr ninguna de las dos cosas, claro.


James Joyce

sábado, 21 de marzo de 2009

Acerca de la limpieza de los comedores

Mi amigo e hijo de la vida el Fede hace mucho tiempo me sugirió como tema para abordar en el blog el asunto de los cepillos de dientes. En un principio no le di bola alguna; no sabía qué escribir, porque la verdad es que no me parecía que un cepillo de dientes tuviera mucho interés ni que diera demasiado jugo desde el punto de vista humorístico. Tiempo después –casi un año, para qué te voy a mentir- la idea de escribir un texto sobre el cepillo de dientes comenzó a renacer en mi corteza cerebral, tal vez estimulada por el ocio vacacional, o por la canícula, o andá a saber por qué, y a resultas de ello, surgió esta monografía que ahora estás leyendo.
La higiene bucal es antiquísima; desde tiempos inmemoriales, astillas o espinas de pescado fungían de escarbadientes; la crema dental –por llamarla de alguna manera- también era utilizada ya desde el antiguo Egipto, pero se pasaba con un trozo de tela, o con el dedo, y contenía ingredientes tales como piedra pómez, uñas de buey y cáscara de huevo, que tanto pulía los incisivos como las piedras para construir las pirámides. En Grecia preferían el enjuague bucal a base de orina, y por razones que no alcanzo a comprender, dicho hábito no llegó hasta nosotros, que seguimos leyendo a Platón como si tal cosa.

La cuestión es que el cepillo de dientes es un invento relativamente reciente (si lo comparamos con la rueda, es novísimo; si lo hacemos con el mp5 que todavía no sé bien qué es, es antediluviano). Como siempre, fueron los chinos los que dieron el puntapié inicial (aunque hablar de puntapié en relación con la dentadura puede resultar un tanto doloroso) pero en occidente se le atribuye al británico William Addis que allá a fines del siglo XVIII reinventó lo que ya estaba inventado desde hacía 200 años.
Como fuere, el cepillo de dientes –es decir, un mango de hueso con cerdas de pelo de cerdo o de caballo- se fue popularizando en el siglo XIX, y ya entradito el siglo XX, pasó a ser de plástico, mucho más higiénico y que no requiere que un suino o un equino pasen por la peluquería para que nos podamos cepillar los comedores.
Cuando yo era chica, había que cepillarse los dientes después de cada comida; los cepillos eran todos más o menos iguales, con la única diferencia del tipo de cerdas que poseyeran: cerdas blandas para los más mimosos, duras para los de espíritu espartano, y al igual que ocurre en política para los que no quieren votar ni a Danilo ni al Pepe, estaba la tercera opción de las cerdas ni tan blandas ni tan duras. Pero en algún momento de la posmodernidad, o de la evolución darwiniana, no fue suficiente tener tres variedades de cepillos dentales. Por eso ahora cuando vas a la farmacia o al supermercado te encontrás con un universo de cepillos de mango curvo, de mango flexible, de mango en ángulo de 62,5º, con cerdas cortas y largas entremezcladas o en mechones, con masajeador de encías, con raspador de lengua, con cerdas blanqueadoras, con mango anatómico, con mango recubierto de goma para que sea antideslizante, cepillos para adultos, cepillos para niños y hasta cepillos para bebés que son como un dedil con cerdas para cepillar los inexistentes dientes del lactante. Y además, están los cepillos eléctricos, para los amantes del sedentarismo extremo. Y enfrentada a esa parafernalia una no sabe qué elegir, porque con suerte una tiene a lo más 32 dientes, en tanto que el número de especies de cepillos tiende al infinito.
Como no alcanza con el cepillo –si bien lo que limpia es el cepillado- aparecen los dentífricos, pastas o cremas dentales o como se le quiera llamar a ese producto blanduzco, dulzón y refrescante, que se coloca sobre las cerdas del cepillo para que haga espuma y vuelva más sabroso el acto del cepillado. Y allí otra vez aparece una amplísima gama de posibilidades, entre las que duran 12 horas (no entiendo qué estás haciendo que no podés parar para lavarte los dientes en tanto tiempo, cuando un cepillo cabe en cualquier bolsillo), blanqueadora, para dientes sensibles, para encías inflamadas, anticaries (¿las otras son procaries?), para limpieza de sarro, máxima frescura, múltiple acción, reforzada con flúor y a estas alturas no me extrañaría de que hubiera pasta dental reforzada con titanio, eso sí, con sabor a menta. Afortunadamente, en los últimos años, los fabricantes de dentífricos cambiaron sus envases, porque aquellos tubos metálicos que los inadaptados de siempre apretaban por el medio, y que fueron causantes de más de un divorcio, fueron sustituidos por unos de material plástico indeformable, que no sé si serán mejores pero sí son más estéticos, porque siempre están infladitos.
Por supuesto que cepillarse correctamente los dientes –y ahora la lengua, y la cara interna de las mejillas; dentro de poco habrá que cepillarse las amígdalas- con un buen cepillo y una buena crema dental no es más que el comienzo; luego viene el uso del hilo dental, y en este caso no me estoy refiriendo a modelos de tangas para lucir la celulitis en verano, sino ese piolín mentolado que se utiliza para limpiar los intersticios dentales. La psicosis por el hilo dental ha llegado a tal punto que si no lo tengo a mano soy capaz de descoserme el dobladillo del pantalón para usar el hilo de la costura. Para el caso sirven también las hierbas, pero debe tenerse en cuenta que el uso prolongado de material vegetal fresco produce el desgaste de los dientes, y una puede terminar con una sonrisa de vampiresa, literalmente hablando.
Al correcto cepillado con la pasta adecuada y al pasaje del hilo dental se le agrega el enjuague bucal -que desde que me enteré que también se llama “colutorio” me da un asco bárbaro- que viene siendo una poción con propiedades mágicas para provocar un genocidio bacteriano. Nada nuevo, por cierto, porque ya mi admirado Anton Van Leeuwenhoek se había dado cuenta en el siglo XVII que el brandy mataba a los “animáculos”, y se mandaba unos buches cada dos por tres, por si acaso.



Porque la cuestión de la higiene bucal se reduce al combate sin cuartel contra la placa. ¡Tiembla occidente!!! La placa dental es esa materia pegajosa e incolora que se adhiere a los dientes y en donde miles de millones de bacterias de nombres preciosos como Streptococcus salivalis y Lactobacillus casei –sí, los mismos del yogur- conviven en armonía en un ambiente cálido y húmedo, con grandes porciones de los más ricos alimentos, algo así como unas perpetuas vacaciones en Playa del Carmen. Estas bacterias causan las caries, el mal aliento, la gingivitis y no sé cuántas otras pestes apocalípticas, que atentan no sólo contra la estética de los dientes y la vida social del propietario de los mismos, sino contra la existencia misma de incisivos, caninos, premolares y molares.
Así que, estimado lector, si tenés algún interés en mantener tus comedores en buen estado, tendrás que superar el pánico que te sobreviene al enfrentarte a la cuasi infinita parafernalia que habita la góndola de los productos para higiene bucal en el supermercado, elegir qué cepillo, dentífrico, hilo y colutorio se adaptan mejor a tus necesidades o combinan mejor con los azulejos de tu baño, y dedicar parte del tiempo que generalmente volcabas a tareas improductivas como dormir, trabajar o tener una vida, a la limpieza de tu cavidad bucal.
Y no olvides que los odontólogos también tienen que vivir, así que visitá al tuyo un par de veces al año, para que pueda hacerse unos pesos con los que comprar, por su lado, su propio cepillo de dientes.


sábado, 14 de marzo de 2009

¡Digan “whisky”!

Cámara en mano soy peor que mono con metralleta, y eso que no he llegado a la era digital. Lo mío sigue siendo la Nikon reflex, con rollo de 400 ASA (una tiene sus manías…), revelado y esas cosas. Así que en las fotos que verán a continuación, no esperen calidad digital. Bah, no esperen calidad de ninguna clase, sólo son algunas fotos que saqué en mi periplo al Lejano Oeste de este país imaginario que es Uruguay.
Lencería salvaje: el conjuntito de la derecha dice “Sin triqui triqui no hay bam bam” (¡Y por sólo 120 $!) ¿Lo usarán las señoritas que trabajan en el Queco “Las Gatas” o será la indumentaria habitual entre las damas porongueras?
(Vidriera de una tienda en la calle Fondar, Trinidad, Flores)


En Trinidad no hay como perderse, las calles están bien identificadas. Tan bien identificadas que hasta tienen dos nombres. Perdón… ¿Cómo dijo que se llama la calle?

Sabía de la existencia de un monumento al mate, pero es la primera vez que me entero de la existencia de un monumento a los huevos rotos.
(Plaza Independencia, Carmelo)


En Carmelo se desató la Guerra de las Colas.
Como sea, tanto la Coca como la Pepsi indican que hay que ir para allá.



Ni emo ni flogger: punk.
(Zoológico de Carmelo)



Lo importante es poner el cartel indicador con el nombre de la calle. Ya habrá tiempo para trazarla y construirla (eso sí, en la medida de lo posible, que pase junto al cartel).
(Carmelo)


Parece que mi lugar en el mundo es una tapera. Y bueno, será que cada cual tiene el lugar que puede… o el que se merece. Eso sí, me mandé flor de cartel.
(Punta Gorda)

Cuando reservé alojamiento por correo electrónico, pedí una habitación con vistas. Por un error de tipeo o de interpretación, me dieron una habitación con vacas.
(Carmelo)

El sueño de todo uruguayo con pretensiones de pequeño burgués: la casita en la playa y el autito en la puerta
(Carmelo)

En el viaje al Lejano Oeste no pude conocer la Gruta del Palacio, ni la Estancia Anchorena ni la Isla Martín García, pero al menos cumplí otro de mis objetivos: ver el sol ponerse en el río, y no tras la casa de mi vecino...
(Playa Seré, Carmelo)


Y ahora un videíto con otras fotitos.


video


sábado, 7 de marzo de 2009

Cómo hacer turismo en Uruguay y no morir en el intento Segunda Parte: ¡Ay, Carmelo!

Tras nuestra frustrada visita a la Gruta del Palacio en Flores, seguimos viaje rumbo al Lejano Oeste. Nuestro destino final era la ciudad de Carmelo, en el departamento de Colonia. Como no hay ruta que una las ciudades de Trinidad y Carmelo, decidimos tomar por la 57 hasta Cardona, luego la 21 rumbo a Nueva Palmira hasta el encuentro con un camino de segundo orden que sale de ruta 21 directo a Carmelo.
El viaje bajo un sol abrasador transcurrió sin contratiempos hasta que pasamos el empalme con la 55; se suponía que poco después aparecería el camino a mano izquierda. Y todavía lo estaríamos buscando si no fuera que tras recorrer unos kilómetros sin novedad, en una especie de inspiración repentina, se me ocurrió mirar hacia atrás para leer un cartel que se encontraba de espaldas, es decir, puesto para ser leído por quienes circulaban en sentido contrario… nos habíamos pasado, claro. Probablemente el cartel indicador de la derecha se había ido de vacaciones, o no trabajaba los miércoles, vaya una a saber. Vuelta atrás, tomamos el camino, y lo seguimos hasta encontrar una bifurcación que no figuraba en el mapa rutero… ¿Izquierda o derecha? Bueno, Carmelo queda bien al oeste, así que a la derecha. El problema fue al llegar a una trifurcación… y ahí recurrimos al viejo y querido método de parar a preguntar. Afortunadamente había una casa en las inmediaciones, y una señora muy amable nos dio el hilo de Ariadna que nos permitió llegar a destino sanas y salvas: “Sigan el bitumen”. A poco de recorrer el camino bituminizado, aparecieron los viñedos de Cerro Carmelo, que confirmaron lo acertado de la indicación.
La ciudad de Carmelo –única población fundada por Artigas, en la esquina del arroyo Las Vacas con el río de la Plata- es realmente preciosa, con una justa mezcla de encanto y tranquilidad, con la única excepción de los cientos de motitos que circulan a toda hora por doquier y por donoquier. El alojamiento que habíamos reservado se encontraba al otro lado del arroyo, así que guiándonos por un planito que había bajado de internet, nos dirigimos derechito al puente que cruza el arroyo. Bueno, muy derechito no pudo ser, porque nos encontramos en un entramado de calles flechadas que nos entretuvieron un buen rato dando vueltas a la manzana. No era fácil orientarse, porque en algunas calles las flechas eran muy evidentes, pero en otras no, hasta que descubrimos que las flechas están pintadas en el cordón de la vereda… así que había que manejar mirando para abajo. Por fin llegamos al famoso puente giratorio sin que nos multaran por recorrer medio Carmelo a contramano, y nos dirigimos a la posada.


Arroyo Las Vacas (desde el Puente Giratorio)


Fuente de Baco, que, curiosamente, no tiene vino (una decepción...)

Playa Seré (una delicia de aguas cálidas)

Pero no todo son rosas… O sí, pero las rosas tienen espinas. No curadas de espanto con la no-visita a la Gruta del Palacio, y como íbamos a estar varios días, habíamos hecho una selección de sitios que nos interesaba visitar en las inmediaciones, además de disfrutar de la propia ciudad y su playa espectacular. Fue allí que caímos en la cuenta que estábamos de vacaciones en Uruguay, es decir, que nada iba a salir como lo habíamos planeado.

La isla Martín García
Nuestra primera parada fue el puerto. De allí parte el catamarán conocido popularmente como “la cachola”
[1], que hace el recorrido Carmelo - Tigre (en la república Argentina, a un tiro de piedra de distancia) y el viaje a la isla Martín García, que nos interesaba conocer. Entramos a preguntar, y un empleado amabilísimo nos contó que se trataba de una excursión de día completo, que insumía tantas horas, que el almuerzo y no sé qué más estaban incluidos, que el costo era tanto para los adultos y cuanto para los niños, y la mar en coche. Cuando le dijimos que queríamos hacer la visita, nos dijo “Ah, no, no se están haciendo los viajes porque la embarcación que los hace se averió. Seguramente se retomen en marzo”. Seguramente estábamos en febrero así que chau Martín, será para otra vez.

Wine tour
Me dirigí a la oficina de información turística, y le dije a la chica que me atendió que queríamos visitar la bodega -en las cercanías de la ciudad, en Cerro Carmelo, está la Bodega Irurtia-. “Ah, pero me parece que hay que agendar la visita. Fulana, ¿vos sabés a dónde hay que llamar?” Fulana le dijo que mirara en la carpeta roja, y al final salí de allí con un papelito en el que figuraba un teléfono de Montevideo. Llamé a ese número, y lo raro fue que me atendieron en la bodega Los Cerros de San Juan, que para mí era otra y quedaba en otra parte, pero bueno… Una joven muy amable me informó que lamentablemente, debido a la vendimia, las visitas estaban temporalmente suspendidas. Otro paseo más que no sería.
De vuelta en la oficina de desinformación turística, para averiguar por otra de las opciones, comentamos que no habíamos teniendo suerte, ni con Martín García ni con la bodega. Ante este último comentario, la chica –que era otra- nos preguntó a qué número habíamos llamado. “A este que me dieron aquí”. “Ah, pero ustedes llamaron a los Cerros de San Juan, la Bodega Irurtia está abierta todos los días, a partir de las 14 horas”. ¡Bueno, parecía que la suerte empezaba a cambiar!
A las 14 estábamos en la bodega, como es natural. Era un poco raro que no hubiera nadie a quién preguntarle, pero tal vez el calor agobiante había llevado a la gente a buscar refugio en lugares más frescos. Al rato apareció una muchacha, y le dijimos que queríamos visitar la bodega. “¿Ahora?” “Sí, en la oficina… bla bla bla…” “Uy, se ve que se les terminaron los folletos que les dimos, porque la bodega abre a esta hora, pero las visitas guiadas son a las 16”. ¡Sí, claro, no podía ser de otra manera, con la suerte que estábamos teniendo! Y bueno, volveríamos más tarde… “Esperen un poquito”, nos dijo. Se fue por una puerta y volvió al ratito. “Yo les hago la visita”. Y así fue que la propia Ma. Noel Irurtia, nos guió por sus viñedos y bodega, con un derroche de simpatía y un montón de información de pequeños detalles que fue un verdadero disfrute. Y con degustación, claro, porque ya que estábamos en esa cava espectacular, aprovechamos para catar unos blancos. Ni que decir que nos volvimos con algunas botellas que compramos, como ustedes habrán sospechado desde un principio.

Estancia Anchorena
Es la residencia de descanso de la Presidencia de la República. Sabíamos que las visitas guiadas eran determinados días y horas, y para no hacer un montón de kilómetros al santo cuete, quisimos confirmar. “Ah, pero las visitas están suspendidas por el riesgo de incendio”. Y bueno, no importa, cuando sea Presidenta de la República o Primera Dama, ya tendré ocasión de recorrer la estancia hasta cansarme.

Nueva Palmira
Es una ciudad cercana, con un importante puerto (que no pudimos visitar porque está prohibida la entrada a toda persona no autorizada, y nadie me creyó que yo era capitana de barco); en las inmediaciones hay numerosos sitio de interés: la Estancia y Capilla de Narbona, Punta Gorda y el Balneario Zagarzazú. Ahí si no hubo problemas. Salvo que cuando llegamos a Nueva Palmira se descolgó una lluvia de ésas que no te permiten ver a pocos metros de distancia... Nos volvimos a Carmelo con la cola mojada entre las patas igualmente mojadas…
Por suerte, al día siguiente, la lluvia había cesado y pudimos hacer todas las visitas con un éxito rotundo, más un agregado a la Playa de la Agraciada (aunque no había ni uno solito de los 33 Orientales para recibirnos!)
Ya volvería a llover con tal intensidad que cesaron las restricciones al uso del agua impuestas por la sequía, y la lluvia nos acompañaría durante todo el viaje de regreso, amén de aguarnos la visita a Conchillas y a Colonia del Sacramento, que quedarán para próxima ocasión, cuando volvamos al Lejano Oeste para saldar las cuentas pendientes.

Más allá de las vicisitudes, si una se toma las cosas con muchísimo humor, calma y paciencia, se termina disfrutando esto de hacer turismo en Uruguay. Que es verdadero turismo aventura… pero se sobrevive.



[1] Por Cacciola, nombre de la empresa propietaria de las embarcaciones