Tras nuestra frustrada visita a la Gruta del Palacio en Flores, seguimos viaje rumbo al Lejano Oeste. Nuestro destino final era la ciudad de Carmelo, en el departamento de Colonia. Como no hay ruta que una las ciudades de Trinidad y Carmelo, decidimos tomar por la 57 hasta Cardona, luego la 21 rumbo a Nueva Palmira hasta el encuentro con un camino de segundo orden que sale de ruta 21 directo a Carmelo.
El viaje bajo un sol abrasador transcurrió sin contratiempos hasta que pasamos el empalme con la 55; se suponía que poco después aparecería el camino a mano izquierda. Y todavía lo estaríamos buscando si no fuera que tras recorrer unos kilómetros sin novedad, en una especie de inspiración repentina, se me ocurrió mirar hacia atrás para leer un cartel que se encontraba de espaldas, es decir, puesto para ser leído por quienes circulaban en sentido contrario… nos habíamos pasado, claro. Probablemente el cartel indicador de la derecha se había ido de vacaciones, o no trabajaba los miércoles, vaya una a saber. Vuelta atrás, tomamos el camino, y lo seguimos hasta encontrar una bifurcación que no figuraba en el mapa rutero… ¿Izquierda o derecha? Bueno, Carmelo queda bien al oeste, así que a la derecha. El problema fue al llegar a una trifurcación… y ahí recurrimos al viejo y querido método de parar a preguntar. Afortunadamente había una casa en las inmediaciones, y una señora muy amable nos dio el hilo de Ariadna que nos permitió llegar a destino sanas y salvas: “Sigan el bitumen”. A poco de recorrer el camino bituminizado, aparecieron los viñedos de Cerro Carmelo, que confirmaron lo acertado de la indicación.
La ciudad de Carmelo –única población fundada por Artigas, en la esquina del arroyo Las Vacas con el río de la Plata- es realmente preciosa, con una justa mezcla de encanto y tranquilidad, con la única excepción de los cientos de motitos que circulan a toda hora por doquier y por donoquier. El alojamiento que habíamos reservado se encontraba al otro lado del arroyo, así que guiándonos por un planito que había bajado de internet, nos dirigimos derechito al puente que cruza el arroyo. Bueno, muy derechito no pudo ser, porque nos encontramos en un entramado de calles flechadas que nos entretuvieron un buen rato dando vueltas a la manzana. No era fácil orientarse, porque en algunas calles las flechas eran muy evidentes, pero en otras no, hasta que descubrimos que las flechas están pintadas en el cordón de la vereda… así que había que manejar mirando para abajo. Por fin llegamos al famoso puente giratorio sin que nos multaran por recorrer medio Carmelo a contramano, y nos dirigimos a la posada.
Arroyo Las Vacas (desde el Puente Giratorio)
Fuente de Baco, que, curiosamente, no tiene vino (una decepción...)
Playa Seré (una delicia de aguas cálidas)
Pero no todo son rosas… O sí, pero las rosas tienen espinas. No curadas de espanto con la no-visita a la Gruta del Palacio, y como íbamos a estar varios días, habíamos hecho una selección de sitios que nos interesaba visitar en las inmediaciones, además de disfrutar de la propia ciudad y su playa espectacular. Fue allí que caímos en la cuenta que estábamos de vacaciones en Uruguay, es decir, que nada iba a salir como lo habíamos planeado.
La isla Martín García
Nuestra primera parada fue el puerto. De allí parte el catamarán conocido popularmente como “la cachola”[1], que hace el recorrido Carmelo - Tigre (en la república Argentina, a un tiro de piedra de distancia) y el viaje a la isla Martín García, que nos interesaba conocer. Entramos a preguntar, y un empleado amabilísimo nos contó que se trataba de una excursión de día completo, que insumía tantas horas, que el almuerzo y no sé qué más estaban incluidos, que el costo era tanto para los adultos y cuanto para los niños, y la mar en coche. Cuando le dijimos que queríamos hacer la visita, nos dijo “Ah, no, no se están haciendo los viajes porque la embarcación que los hace se averió. Seguramente se retomen en marzo”. Seguramente estábamos en febrero así que chau Martín, será para otra vez.
Wine tour
Me dirigí a la oficina de información turística, y le dije a la chica que me atendió que queríamos visitar la bodega -en las cercanías de la ciudad, en Cerro Carmelo, está la Bodega Irurtia-. “Ah, pero me parece que hay que agendar la visita. Fulana, ¿vos sabés a dónde hay que llamar?” Fulana le dijo que mirara en la carpeta roja, y al final salí de allí con un papelito en el que figuraba un teléfono de Montevideo. Llamé a ese número, y lo raro fue que me atendieron en la bodega Los Cerros de San Juan, que para mí era otra y quedaba en otra parte, pero bueno… Una joven muy amable me informó que lamentablemente, debido a la vendimia, las visitas estaban temporalmente suspendidas. Otro paseo más que no sería.
De vuelta en la oficina de desinformación turística, para averiguar por otra de las opciones, comentamos que no habíamos teniendo suerte, ni con Martín García ni con la bodega. Ante este último comentario, la chica –que era otra- nos preguntó a qué número habíamos llamado. “A este que me dieron aquí”. “Ah, pero ustedes llamaron a los Cerros de San Juan, la Bodega Irurtia está abierta todos los días, a partir de las 14 horas”. ¡Bueno, parecía que la suerte empezaba a cambiar!
A las 14 estábamos en la bodega, como es natural. Era un poco raro que no hubiera nadie a quién preguntarle, pero tal vez el calor agobiante había llevado a la gente a buscar refugio en lugares más frescos. Al rato apareció una muchacha, y le dijimos que queríamos visitar la bodega. “¿Ahora?” “Sí, en la oficina… bla bla bla…” “Uy, se ve que se les terminaron los folletos que les dimos, porque la bodega abre a esta hora, pero las visitas guiadas son a las 16”. ¡Sí, claro, no podía ser de otra manera, con la suerte que estábamos teniendo! Y bueno, volveríamos más tarde… “Esperen un poquito”, nos dijo. Se fue por una puerta y volvió al ratito. “Yo les hago la visita”. Y así fue que la propia Ma. Noel Irurtia, nos guió por sus viñedos y bodega, con un derroche de simpatía y un montón de información de pequeños detalles que fue un verdadero disfrute. Y con degustación, claro, porque ya que estábamos en esa cava espectacular, aprovechamos para catar unos blancos. Ni que decir que nos volvimos con algunas botellas que compramos, como ustedes habrán sospechado desde un principio.
Estancia Anchorena
Es la residencia de descanso de la Presidencia de la República. Sabíamos que las visitas guiadas eran determinados días y horas, y para no hacer un montón de kilómetros al santo cuete, quisimos confirmar. “Ah, pero las visitas están suspendidas por el riesgo de incendio”. Y bueno, no importa, cuando sea Presidenta de la República o Primera Dama, ya tendré ocasión de recorrer la estancia hasta cansarme.
Nueva Palmira
Es una ciudad cercana, con un importante puerto (que no pudimos visitar porque está prohibida la entrada a toda persona no autorizada, y nadie me creyó que yo era capitana de barco); en las inmediaciones hay numerosos sitio de interés: la Estancia y Capilla de Narbona, Punta Gorda y el Balneario Zagarzazú. Ahí si no hubo problemas. Salvo que cuando llegamos a Nueva Palmira se descolgó una lluvia de ésas que no te permiten ver a pocos metros de distancia... Nos volvimos a Carmelo con la cola mojada entre las patas igualmente mojadas…
Por suerte, al día siguiente, la lluvia había cesado y pudimos hacer todas las visitas con un éxito rotundo, más un agregado a la Playa de la Agraciada (aunque no había ni uno solito de los 33 Orientales para recibirnos!)
Ya volvería a llover con tal intensidad que cesaron las restricciones al uso del agua impuestas por la sequía, y la lluvia nos acompañaría durante todo el viaje de regreso, amén de aguarnos la visita a Conchillas y a Colonia del Sacramento, que quedarán para próxima ocasión, cuando volvamos al Lejano Oeste para saldar las cuentas pendientes.
Más allá de las vicisitudes, si una se toma las cosas con muchísimo humor, calma y paciencia, se termina disfrutando esto de hacer turismo en Uruguay. Que es verdadero turismo aventura… pero se sobrevive.
[1] Por Cacciola, nombre de la empresa propietaria de las embarcaciones