Este nuevo episodio de la Guía está basado en un texto que escribí hace unos años atrás para un sitio de viajes (Virtual Tourist) del que aún formo parte, si bien hace mucho que ni me aparezco por allí. Pero como dice la filósofa argentina Mirtha Legrand, “el público siempre se renueva”, así que lo publico de nuevo luego de haberle hecho algunos retoques (tantos como tiene ella, más o menos):
Diciembre no es sólo el último mes del año del calendario occidental y cristiano; para los uruguayos, es EL MES. Todo el mundo sabe que hay tres días marcados en el almanaque en el mes de diciembre: el 24, también conocido como Nochebuena, el 25 o Navidad y el 31, o Fin de año. Carece de importancia si se es cristiano o no; todo el mundo celebra, porque forma parte de los deberes cívicos de todo uruguayo festejar y despedir el año.
Durante diciembre, tenemos que asistir obligatoriamente –so pena de que nos quiten la ciudadanía-- a varias fiestas con amigos, compañeros de trabajo, ex-compañeros de trabajo porque hace 12 años que te jubilaste, familiares, vecinos, compañeros del gimnasio, del coro, de facultad, o lo que sea... sólo para decirle adiós al año que agoniza y desear un año nuevo mejor que el que se va. No tiene la más mínima importancia si a tus amigos los ves dos o tres veces por semana y te irás de vacaciones con ellos durante todo el mes de enero; menos importa aún que desprecies a tu jefe o te lleves horrible con dos o tres colegas, con los cuales competís ferozmente los otros once meses del año, ni que detestes a tu cuñadita que lo único que hace es vivirlo a tu pobre hermano, que dicho sea de paso tampoco querés mucho porque es un calzonudo, ni que estés en pie de guerra con el vecino de al lado por las ramas del paraíso que pasan para tu patio y te pasás barriendo hojas, ramitas, flores y las molestas pelotitas que larga el árbol. Lo que verdaderamente importa es que con todos ellos organizarás y compartirás despedidas de año, o sea que durante el mes asistirás a tres, cinco, diez, o todas las fiestas que sean necesarias, según lo nutrida o desnutrida que sea tu agenda social.
Las despedidas pueden tener lugar en el Mercado del Puerto –si vivís en Montevideo o zonas cercanas no te vas a salvar, seguramente-- o diversos restaurantes, bares, pubs o locales similares, siempre que se haya tenido la precaución de reservar mesa en agosto, porque después no encontrás sitio en ningún lado. Lo mismo ocurre en los clubes privados, que siempre hay alguien que es miembro de alguno y puede reservar el parrillero, el quincho o la barbacoa, según en qué zona se viva y cuánto estén dispuestos a pagar los festejantes, que es todo lo mismo pero te cobran según la palabra que designe al lugar. Y si no, queda ir a la casa de alguno que tenga fondo amplio, o incluso su propio quincho. En algunos casos lamentables, la despedida se organiza en el propio lugar al que pertenecen los asistentes, es decir, que no sólo tenés que ir todo el año al mismo lugar a trabajar o a estudiar y ver las mismas caras, sino que un día de fiesta lo pasás en la misma oficina, taller, fábrica, club o parroquia, viendo los mismísimos rostros antedichos. Como sea, la fiesta esencialmente consistirá en comer y tomar alcohol como si se tratara del fin del mundo, porque al cuarto whisky o a la sexta copa de medio y medio ya querés a todos, incluidos tu jefe, tu cuñada y el vecino insoportable.
Toda despedida de año que se precie de tal deberá incluir el juego del “amigo invisible”, que consiste en poner los nombres de todos los asistentes en sendos papelitos que irán a una bolsa de la cual posteriormente cada uno extraerá el nombre de quien va a agasajar en calidad de favorecedor desconocido. Es así que cada uno deberá comprar un regalo para obsequiar, anónimamente, al usuario del nombre que figuraba en el papelito que sacó de la bolsa. Evidentemente, este juego se debe organizar antes de la despedida, y es en ésta que los regalos serán distribuidos a sus correspondientes receptores. Es así que una sale de cada despedida no sólo con un nivel de colesterol más alto, una jaqueca importante y un ataque al hígado de proporciones, sino que se lleva, además, un nuevo imán de heladera, una nueva lapicera o un nuevo brazalete. Es muy saludable para evitar rencores y envidias el fijar un monto para el regalo, no sea cosa que a la inútil del escritorio de al lado le toque un perfume francés de 50 dólares y a vos una humildísima cajita de sujetapapeles de colores. 
En el correr de la despedida, a medida que el nivel de alcoholemia de los asistentes vaya subiendo, se irán haciendo proyectos para el año que se aproxima, se mentirá descaradamente el afecto que sienten los unos por los otros, y se desearán lo mejor para el resto de sus vidas, todo esto en medio de acaloradas discusiones acerca de política, economía, fútbol, reforma educativa, servicios de salud, teleteatros brasileros, programas de Tinelli y la vida y obra –con lujo de detalles-- de los que no fueron a la fiesta. Al final, y como es natural, se armará una disputa acerca de lo que hay que pagar y por qué yo que no tomo whisky tengo que pagar tu Johnny Walker, y aquella que vino con el hijo no quiere pagar su parte porque dice que es chiquito y casi no come y resulta que el borrego comió más que el resto de la concurrencia toda junta.
Si una sobrevive con cierta dignidad a cinco o seis de estos acontecimientos, ya puede dedicarse a las Fiestas propiamente dichas: Nochebuena, Navidad y Fin de Año (y ya que estamos, el día de Año Nuevo, que es el año que viene paro lo incluimos en el paquete). Las Fiestas se pasan en familia, como corresponde, en el entendido que la familia no son solamente son los padres, los abuelos, los hermanos, los sobrinos, los tíos y los primos, sino también los suegros, los cuñados, los tíos políticos, los sobrinos políticos y los primos políticos, sin dejar de considerar que, a su vez, cada uno de ellos tiene su propia familia. Ahí es cuando empieza la eterna discusión de todos y cada uno de los diciembres de la vida de un uruguayo: que si vamos a la casa de tu familia el 24, y ellos vienen el 25, y el 31 vamos a lo de la abuela Cota, y el 1º a lo del tío Enrique, pero que mi hermana, o mi primo, o los nenes, o... Que si hacemos lechón, o cordero, o los dos, no, que Fabio no puede comer, que tiene colesterol, mejor compramos pollo, y antes hacemos una picada, y después helado, o mejor ensalada de frutas, o las dos cosas. ¿Y el pan dulce? Y el budín, que a Magdalena el pan dulce no le gusta, y compramos unas nueces, ¡no! que el abuelo tiene ácido úrico... Que si uno paga todo y después arreglamos, no que tu hermano siempre se hace el vivo, mejor cada uno lleva algo. No, que Alberto compra cualquier porquería, y viste como es tu madre, que cocina divino pero después nos echa en cara todo lo que trabajó... ¡¡¡Ufa!!!!
De los regalos y de Papá Noel mejor ni hablo, porque eso es igual en todas partes del mundo, desde que el verdadero objetivo de la Navidad no es celebrar el nacimiento del salvador sino comprarle la Playstation 4 al hijo más chico y el celular con cámara de video y mp5 al más grande.
Y así llega la Noche ¿buena?, y una está muerta de cansada porque hace once meses que no tiene vacaciones, porque hace dos semanas que vive en una especie de sambódromo permanente entre tanta partusa de despedida, porque hay 32ºC –sí, estimado extranjero que lees estas líneas: ¡diciembre es en verano!!!-- y tiene que bancarse a la familia y sentarse de pésimo humor –estrenando la clásica bombacha rosada -- a comer aceitunas, maní salado, salamín, quesos, papas chips, longaniza, sandwiches de pavita y de choclo, empanaditas de pollo, chorizos, chinchulines, lechón, cordero, asado, ensalada rusa y ensalada mixta, porque como al final nadie se puso de acuerdo, hay de todo, amén de vermú, whisky, vino, cerveza y coca-cola, de la común, eso sí, porque tomar refrescos de bajas calorías a estas alturas carece de sentido. Y después vienen los postres, la ensalada de frutas que sólo la tía Elisa puede hacer porque hay que pelar y cortar frutas para 20 personas, el helado de un sabor que a nadie le gusta –¿quién fue el iluminado que compró helado de menta?-- y la famosa torta de duraznos de tu prima Sonia, que la verdad es que le queda riquísima y tiene calorías suficientes como para emprender el cruce de la Antártida caminando descalzo. Y a medida que se acercan las doce de la noche, aparecen las frutas secas –nueces, avellanas, almendras, pistachos, castañas--, las frutas glaseadas –que parece increíble pero hay quienes les gusta-- los turrones, el budín inglés y el pan dulce, todo convenientemente regado con sidra, champaña o algún otro vino espumante, si es medio y medio mejor, para mí rosado pero no le hago ascos al blanco.
Y al dar las doce, en medio de un bombardeo de cohetes y fuegos artificiales –que comenzaron a sonar el 1º de diciembre, no te vayas a creer que nos arriesgamos a hacer algo así sin ensayar durante 23 días-- todos nos saludaremos y nos desearemos “feliz Navidad”, sin que a nadie se le pase por la cabeza que es el nacimiento de Jesús, el mismo que echó a los mercaderes del templo y predicó y practicó la pobreza, porque si hay una fiesta poco cristiana por estos lares –y lo dice una agnóstica-- es la Navidad.
Después viene lo peor –siempre se puede empeorar--: hacer las cuentas y lavar los platos, que los que no hacen ni harán ni lo uno ni lo otro se sientan a decirte que por qué no te sentás un rato así charlamos tranquilos, vení a tomarte otro heladito.Cuando esto ¿termina? son las 4 de la mañana, detestás no ya a tu familia sino a todo el género humano y al canino porque las pastillas para sedar que le dio el veterinario al perro no le hicieron efecto y se ha pasado aullando y meando en la alfombra por culpa de los cohetes que le tiraron tus encantadores sobrinos que son unos verdaderos inadaptados sociales.
Ahora, a tomar cuanto analgésico y antiácido encuentres en el botiquín y a dormir un rato... no demasiado, que mañana –hoy-- es Navidad y eso sí que hay que festejarlo!!!
No te agobies... ya tendrás tiempo para descansar y para organizar la cena de Fin de Año y el almuerzo de Año Nuevo, pero para eso, faltan 7 días...
Y así culmina el sexto capítulo de esta novela por entregas titulada “Nunca quise conocer Uruguay pero después de leer esto, se me fueron las ganas”.