Tercera parte
Arrancamos temprano y salimos de la ciudad por la ruta 17, que atraviesa un precioso paisaje de pradera y monte, que me dieron ganas de comprarme un terrenito ni bien consiga unos millones de dólares. El destino elegido era “La Charqueada”, localidad situada a orillas del río Cebollatí, y que como suele pasar en nuestro país, no se llama “La Charqueada”, sino “Gral. Enrique Martínez”. El tema es que allá por 1870 se instaló en la zona un saladero en el que se preparaba carne seca, conocida como “charque” o “charqui”, de ahí el nombre por el que se conocía el lugar. Posteriormente el pueblo fue bautizado formalmente con el nombre de un General que luchó contra los ingleses y posteriormente por la independencia, pero ya sabemos que en este país nos gusta decirles a las cosas como se nos canta, y no como dicen los mapas, y qué.
La visita a La Charqueada era a petición mía, ya que la idea original de Laura era conocer la Quebrada de los Cuervos, como les conté en el primer episodio de esta saga. Hacía tiempo que quería conocer ese pueblo, y hacer la travesía del río Cebollatí hasta su desembocadura en la Laguna Merín, que más que laguna es un lago que compartimos con Brasil, y que no conocíamos. Llegamos al pueblo en una preciosa mañana de sol, ideal para la actividad que teníamos pensada; recorrimos sus calles amplias y arboladas, y estacionamos junto al muelle.
La primera vista de la embarcación no nos alentó demasiado, pero… igual nos animamos a ir a la Oficina de Información Turística (quienes hayan leído las crónicas del viaje a Carmelo no entenderán cómo seguimos creyendo en las citadas oficinas, pero la fe no tiene explicación racional). Nos atendió una señora muy amable que nos dio unos folletos lindísimos y nos contó de la balsa que cruza el río y va al Departamento de Rocha, y que de ahí hay que tomar no sé qué ruta y llegar a la laguna. Es decir, la información que nos daba no coincidía con lo que yo había averiguado en
esta página web, que es de lo más completa. Cuando se lo comenté, la señora nos dijo que sí, que eso era posible pero no ahí, sino en la Prefectura, y que habláramos con Daniel o con Santiago.
Hacia allá fuimos, y nos atendió una chica de lo más amable, que nos dijo que Daniel ya venía. Cuando llegó Daniel, nos explicó en qué consistía el paseo: recorrer el río en una lancha a motor, con diferentes etapas. Cuando nos dijo el costo de la primera, nos quisimos morir: ¡Era carísimo! Ante nuestras caras de decepción, nos dijo “la lancha lleva 10 pasajeros, ese es el precio total”, a lo que suspiramos aliviadas. Evidentemente, llegar hasta la laguna era lo más caro, pero dividido 10 era pagable, y valía la pena. “Bueno, ¿y a qué hora sale?”
“Ah, no hay hora. Cuando junten gente, me dicen y arrancamos.”
“¡Pero somos tres!”
“Ah, pero recién vino una gente que estaba interesada. Una muchacha bien alta.”
Y allí salimos a buscar a una muchacha bien alta entre la gente que visitaba el pueblo.
Cabe aclarar que siendo Semana de Turismo, y con cabañas y camping que estaban atestados, había miles de personas… Por suerte, la muchacha era altísima en serio, y la ubicamos en seguida. La cuestión es que a ella y a sus acompañantes no les interesaba el viaje largo, así que no arreglamos. Por suerte, al rato apareció una pareja que quería ir solo hasta “Las Limeras”, pero igual aceptamos. No me llevarían hasta la laguna Merín, pero al menos recorreríamos parte del río.
Bajamos al muelle, nos pusimos los chalecos salvavidas, nos embarcamos y comenzamos a recorrer el río. Daniel demostró ser gran conocedor del río y un guía muy ameno.
A lo largo del paseo, nos encontramos con pescadores; se pesca tararira, bagre, pejerrey, mojarra.
Llegamos a “Las limeras”, pero lo que allí aconteció será tema para una próxima crónica.
La costa de Rocha muestra la bajante del río, consecuencia de la sequía del pasado verano.
De vuelta en el puerto, tras un paseo de unas dos horas, averiguamos con Daniel cómo era lo de cruzar el río en balsa y llegar a la laguna en auto por el lado de Rocha. Resulta que la balsa es gratuita y que sólo hay que recorrer 20 km, así que nos daba el tiempo para ir después de almorzar. ¡Iba a conocer la laguna Merín de todos modos!
Después de tanto río y tanto pescador, se imponía comer pescado, así que fuimos a “Lo de Mabel” (no vimos otro lugar, tampoco, solo los puestitos de tortas fritas y pasteles que pululaban por la rambla). El tema es que para que nos dieran bola en lo de Mabel, tuvimos que esperar una hora… más lo que demoraron en traernos el pedido, tras reclamarlo a una señora –no sé si era la propia Mabel– que nos destrató porque pretendíamos comer en su restaurante, y no veíamos que estaba lleno y no daban abasto. Por supuesto que hubo mucha gente que llegó después que nosotras y que comió antes, pero eso era lo de menos; al menos a nosotras nos trajeron lo que pedimos. Tras comer el pescado frito (estaba muy rico, pero no valía perder dos horas), y sin que mis amigas me dejaran pedir postre, porque si no íbamos a pernoctar allí, nos fuimos al puerto a tomar la balsa que nos cruzaría hasta Rocha.
En la balsa pueden ir vehículos y peatones; el cruce es gratuito, y se hace en un momentito.
Bajamos la rampa, y nos dispusimos a esperar nuestro turno.
Y esperamos. Y esperamos. Y esperamos.
La balsa estaba llena, pero no arrancaba.
Muy al rato, un señor que estaba en la balsa se acercó a nuestro lado y nos dijo que se había roto un cañito, pero que estaban viendo cómo arreglarlo.
La cola de vehículos que se había formado era tremenda; el tiempo pasaba, y al final vimos que era imposible cruzar, considerando que ya quedaban pocas horas de luz, y además del cruce había que recorrer 20 km para llegar a la laguna. ¿A qué hora íbamos a volver? Nos volvíamos esa misma tarde a Montevideo, no era cuestión de hacer ruta muy tarde, y dado que solo Laura maneja, no era justo que terminara agotada.
Entonces, recorrimos el pueblo, comimos unos ricos pasteles hojaldrados y nos dispusimos a volver a casa.
Plaza Presbítero Monterroso
A orillas del Cebollatí
Gurisitos pescadores
Cuando ya arrancábamos, nos cruzamos nuevamente con Daniel en la entrada del edificio de Prefectura; nos preguntó amablemente qué tal la laguna; le dijimos que no habíamos podido cruzar porque se había roto la balsa, y para la hora que la arreglaron ya teníamos que volvernos a Montevideo. Con asombro, nos preguntó: "¿Y por qué no fueron con la otra balsa? Hay otra 2 km más arriba". ¡¡¡Había otra balsa y nadie nos dijo nada!!!
Así que nos quedamos sin conocer la laguna Merín. Laura, Mónica y el rojito me prometieron que me van a llevar en otra ocasión.
Y ahí veremos.
O no.