A pedido del público:
outlet (áulet): entre otras cosas, quiere decir tomacorriente, pero aquí utilizamos el término para referirnos a una tienda en donde se vende al por menor. O sea tienda. O comercio.
Lo que sí puedo hacer en mi blog -y ahí sí que no hay comisario ni periodista que me lo impidan- es tratar de aclarar algunos términos para que de ahora en más, estimado lector, entiendas de qué caracho habla la crónica roja.
Para empezar, se le llama crónica roja a la que refiere a los delitos cometidos y denunciados, tal vez en alusión al color de la sangre de los vertebrados, que es roja debido a la presencia de hemoglobina. Ahora bien, en la enorme mayoría de los delitos que se cometen no hay presencia alguna de sangre, así que no se entiende el por qué de ese remoquete. Podría referirse, se me dirá, al rojo como el color simbólico de la pasión; me pregunto qué pasión puede haber en un delito de fraude, pero capaz que es mi absoluta carencia de tendencias delictivas la que me hace ver la cosa en blanco y negro.
En el relato de cualquier delito que se cometa, el dato que realmente importa es la edad de la víctima; jamás es una persona: es un sexagenario el que fue embestido, o una septuagenaria la que fue rapiñada. Honestamente, creo que cualquier individuo que a sus 60 años esté en plena actividad, lo que más teme en la vida no es ser víctima de un crimen, sino ser recordado como el sexagenario.
Quien comete un crimen violento, por otra parte, especialmente si se trata de un asesinato o de una violación, no es un hijo de puta, sino un incalificable sujeto. Si yo no le entendí mal a mi profesora de Español, el sujeto puede contener uno o varios adjetivos, por lo que es de lo más calificable que hay, amén de que a una se le ocurren un montón de calificativos para aplicarles a esos tipos.
En cambio, quien comete un delito de robo, jamás es un ladrón, sino un malviviente, en una idea preconcebida que necesariamente los chorros viven mal, en tanto que los robados vivimos espléndidamente.
Quien encuentre la muerte como consecuencia de un accidente o de un asesinato, no será "el muerto" sino la víctima fatal -lo que da un tufo de tragedia griega que reíte de Sófocles- o, lo que es peor, el occiso, que habrá tenido la precaución de yacer en posición de decúbito dorsal, que no me dirán que es lo mismo que estar echado panza arriba, que parece que estuviera durmiendo la siesta, lo que es una falta de respeto para el finado.
El delito no puede cometerse en una casa o en un apartamento; el lugar apropiado para delinquir es un inmueble sito en la calle Tal número Cual.
Las causas de la muerte del occiso pueden ser varias, entre ellas, la causada por herida de arma blanca, que una jamás imaginaría que se trata de un cuchillo o de una navaja, porque estos utensilios suelen ser más bien plateaditos, o podría tratarse, en otro caso, de una herida de arma de fuego, por lo que yo me imagino un soplete o una antorcha, pero parece que se trata de un revólver o de una pistola, cuando no de una escopeta, pero en este caso el incalificable sujeto en un rato de ocio previo al homicidio habrá tenido la prolijidad de modificar, porque se sabe que siempre se usa una escopeta de caño recortado, y nunca de una escopeta de caño entero. Como sea, habrá ultimado a balazos a su víctima, porque ya se sabe que con matarla, no era suficiente. El delincuente siempre extraerá de entre sus ropas el arma; nunca podrá ir por la vida con el arma en la mano o en un bolso, lo que además implica que nunca un homicida va desnudo.
Las riñas que terminan en homicidio invariablemente se producen por cuestiones del momento; nadie en su sano juicio mata a otra persona por cuestiones pasadas, por más que Jaime Roos insista que Emilio Gauna murió “acuchillado en un mano a mano / que se arrastraba de años atrás”. [1]
Un homicidio puede ser intencional (como es obvio, es aquel en que el homicida le tenía unas ganas bárbaras al ahora occiso), ultraintencional (que suena como que el tipo le tenía muchas más ganas, pero en realidad quiere decir que lo quería surtir pero no ultimarlo) o culposo (que no es que le lo embargue el sentimiento de culpa, sino que fue accidental). El homicidio intencional se debe, en la inmensa mayoría de los casos, a un ajuste de cuentas, lo que me hace pensar que el incalificable sujeto necesariamente es un funcionario de la Dirección General Impositiva.
En los accidentes de tránsito jamás se involucran bicicletas, motocicletas, automóviles, camionetas, ómnibus o camiones; sólo se accidentan los rodados. Los heridos serán trasladados, como es de rigor, a un nosocomio, y nunca a un hospital o a un sanatorio.
Para finalizar, aclararé que un incendio que merezca ocupar un lugar en la crónica roja deberá ser un incendio de proporciones, lo que no deja de ser tranquilizador, porque garantiza que jamás será desproporcionado, como ha pasado en ciudades como Roma, Londres o Chicago[2] , que no supieron manejar el lenguaje adecuado.
Y como no sé cómo cerrar este informe, lo doy así por ultimado y chau.
[1] Fragmento de la “Milonga de Gauna”, de Jaime Roos
[2] Ciudades célebres por sus incendios en los años 64, 1666 y 1871, respectivamente.
perfumol. m. (Marca registrada) Producto líquido coloreado y perfumado para desodorizar el ambiente; por ejemplo, suele agregarse un chorrito al agua del guáter (yo lo prefiero azul, así combina con las cerámicas) . Como ocurre con tantas cosas en Uruguay, se le dice perfumol a cualquier producto similar, aunque la marca puede ser otra muy distinta.
plancha. m. y f. Integrante de una tribu urbana emparentada con los villeros argentinos. Se caracterizan por su indumentaria y particular lenguaje, y por algunas prácticas sociales de dudosa afinidad con la licitud. Plancha se nace, no se hace, sabelo, amistá. ¿Sale una chapa pa’l vino? ¡Má firme!
porlan. m. (De Portland). Cemento utilizado en construcción que guarda un remoto parecido con las rocas calizas de una isla británica del condado de Dorset. Sin ir más lejos, yo vivo frente a la fábrica de porlan, que hasta hace pocos años exhalaba cemento por cuatro imponentes chimeneas, por los que mis bornquios y bronquiolos -como los de mis vecinos- están completamente cementados.
caruso. (por Enrico Caruso). f. Salsa hecha en base a crema doble, champiñones y jamón; ideal para acompañar pastas, en especial, cappellettis. Se puede comer sola por cucharadas también, cosa que jamás hice ni volveré a hacer.
chivito1. m. Plato típico de la gastronomía uruguaya, que consiste en un refuerzo (ver) de carne, panceta, queso, huevo, lechuga, tomate, mayonesa y todo lo que ande a mano en la cocina del restaurante, bar o loquesea donde se lo prepare.
hijo de puta. loc. Frase habitual que designa tanto a una persona execrable como a alguien que despierta admiración. Una misma persona puede reunir en sí misma ambas condiciones.
pandorga. f. Vaya uno a saber por qué, así se le dice a la cometa en el litoral.
sánguche. (del inglés sandwich) m. Refuerzo hecho con pan de molde, al que habitualmente se le retira la corteza; puede contener variados rellenos (fiambre, queso, pescado, pollo, hortalizas, hongos) y diversos aderezos. Suele cortarse en triángulos o cuadrados pequeños. Al igual que las masitas, los sánguches constituyen alimentos indispensables en fiestas de cumpleaños, casamientos y velorios.
tortuga. f. Pan blandito y levemente dulzón, con una forma que muy vagamente recuerda a la de un reptil quelonio en posición defensiva. Ideal para refuerzos (a menos que prefieras el pan flauta).