Primera parte
Sí, queridos lectores, llegó el momento que todos ustedes esperaban*: un nuevo episodio de esta apasionante saga acerca de mis aventuras por los caminos de la patria, luchando contra todas las adversidades que de antemano sé que se presentarán, pero no por ello cejo en mi esfuerzo.
Tengo claro –y creo que en este espacio lo dije muchísimas veces- que hacer turismo en Uruguay es casi imposible a menos que se cuente con un vehículo equipado con motor, porque lo que las autoridades y los operadores turísticos entienden por turismo casi se limita a tomar sol y pegarse un chapuzón en las playas del este y en verano, como es natural. Si te interesa conocer el resto del país, arreglate como puedas, y ni que decir que los rincones más bellos del país son inaccesibles para los mortales de a pie como una.
La cuestión es que mi amiga Laura, quien desde hace un par de años es la propietaria de un vehículo motorizado conocido como “el rojito”(“Rogelio” en la intimidad), con quien hemos compartido las vicisitudes de recorrer Uruguay, me comentó que quería conocer la Quebrada de los Cuervos, y me preguntó si quería acompañarla. Yo había visitado la Quebrada de los Cuervos hacía varios años, en un viaje organizado por la Asociación de Profesores de Biología. El lugar es francamente espectacular, pero su recorrida resulta muuuuy ardua, y requiere un cierto estado físico y muchísimo entusiasmo. En un acto de amistad del cual no me creía capaz, acepté el desafío, al que se sumó nuestra amiga Mónica, y el propio Rogelio, que a qué negarlo, le encanta hacer ruta y volver todo tierrudo.
Ahora, ya que me iba a ver obligada a arriesgar mi anatomía bajando y subiendo escarpada paredes rocosas, puse una condición: ya que íbamos al Departamento de Treinta y Tres**, quería aprovechar para conocer la localidad de La Charqueada, que según comentarios de varias personas, es un lugar lindísimo.
Fue entonces que acordamos este viaje al “pago más oriental”, que es el lema por el que se conoce del Departamento de Treinta y Tres. Tras haber reservado alojamiento, arrancamos tempranito rumbo a la salida del sol.
Dejamos Montevideo con las primeras luces del alba
Para escuchar: "Isla Patrulla", por Los Olimareños; como GoEar anda mal, les dejo el enlace.
Como no podía ser de otra manera, se impone la música del dúo Los Olimareños (gentilicio del departamento, tomado del río Olimar), en el que describe un lugar que no visitamos, pero que le anda cerca.
No serán los de la quinta sección que menciona la canción, pero mirá qué lindos pagos
En la ruta nos encontramos con esta avanzada
de jinetes y de postes de luz
Un grupo de ciclistas totalmente perdidos, dado que la jornada
de la Vuelta Ciclista del Uruguay de ese día se corría entre Melo y Tacuarembó
Ya en la ruta de acceso a la Quebrada de los Cuervos,
nos enfrentamos a un camino culebrero
Llegamos a la entrada de la Quebrada, nos registramos y pagamos la entrada, y nos dispusimos a iniciar la aventura.
Datos a tener en cuenta: no cualquier ser humano, por entusiasta que sea, puede hacer el camino de la Quebrada; lleva más de dos horas de caminata, el grado de dificultad es bastante alto; hay que llevar un buen calzado antideslizante –olvidate de las ojotas o los tacos aguja- , poca ropa -el estilo cebolla es el mejor, porque a medida que avanza el camino cada vez hace más calor- y en la mochila, agua y algún alimento chico –una barra de cereal o una manzana- ya que hay que reponer energías en algún punto del tramo.
No te olvides que esto es Uruguay, y lo único que hay en la entrada de la Quebrada es un puestito que vende alfajores y empanadas, y gaseosas de la marca local Lyda; así como a nadie se le ocurre poner medios de transporte desde la ciudad de Treinta y Tres para llegar a la Quebrada (son unos 23 km) tampoco a nadie se le ocurre poner un puesto de venta de botellas de agua y barras de cereales.
Dejamos al rojito en el estacionamiento, para que descansara unas horas.
Un estacionamiento para gramíneas
Emprendimos el camino hacia la Quebrada; conviene aclarar que una quebrada es un accidente geográfico*** que consiste en una profunda grieta recorrida por una corriente de agua, en este caso, por el arroyo Yerbal Chico, y se la llama “de los cuervos” por la abundancia de Cathartes aura ruficollis, que como todo el mundo sabe son buitres y no cuervos, pero desde cuándo en Uruguay las cosas llevan un nombre derivado de la lógica.
¡Te dije que no eran cuervos!
Al principio, todo resulta fácil;
una pasarela de madera engaña a los ingenuos caminantes
Ver tal conjunto de altas palmeras desde arriba da
una cierta sospecha de la profundidad de la quebrada
Una primera vista del Arroyo Yerbal Chico, allá en el fondo
Cuando se empiezan a ver manchitas de colores que se mueven y una no ha consumido ningún psicotrópico, entiende que la profundidad es tal que esos puntitos coloridos son personas que ya han comenzado el descenso.
Ahora viene lo bueno: hay que bajar por una empinada pared rocosa, agarrándose de una cuerda; es ahí en que una lamenta la evolución y se acuerda de la madre de Darwin, porque tener una cola larga y prensil resultaría de lo más práctico.
Para los que no llegamos al metro sesenta, algunos "escalones" nos resultan demasiado altos, de ahí que convenga descender recurriendo a la técnica de apoyar el culo en la roca e ir deslizándose; reconozco la total ausencia de elegancia, pero es la forma más segura si una quiere volver con las tibias enteras.
¡Un buitre! En realidad, se ven continuamente, pero son muy esquivos a la hora de dejarse fotografiar
El camino de bajada es realmente jodido, y pese a la frescura de la mañana, el calor del sol y del esfuerzo hacen que una tenga que hacer un paulatino strip-tease, por lo que la mochila cada vez se va haciendo más pesada.
Algunos caminantes llegan tan acalorados que deciden refrescarse en el arroyo… ¡Pobres ingenuos! De ahí a llegar al fondo de la quebrada falta bastante... ¡Y después, hay que subir!
Ahora, una caminata por un terreno más llano, en medio de una vegetación con pretensiones de selva.
Y llegamos a la playa de la “Piedra sola”
Y… empezamos… ah… el… ah… camino… ah… de… regreso… ahhhh!
¿Ves aquel zigzag allá a lo lejos? Es la pasarela de madera con la que se inicia el descenso.
En el camino de regreso cruzamos un montón de riachuelos cantarines…
… y montones de helechos de diferentes especies.
La foto quedó como el culo, pero quería mostrar que cada tanto aparecen en la espesura las “tablas de rescate”, por si a alguno se le ocurre fracturarse.
Ya de vuelta en el ¿llano?, nos volvimos a poner toda la ropa que nos habíamos ido sacando, y nos sentamos a almorzar para reponer fuerzas.
Ya un poco repuestas desde el punto de vista calórico, rumbeamos hacia la ciudad de Treinta y Tres, pero esa es otra historia. Va con nosotros el recuerdo de un paisaje bellísimo, y unos dolores musculares que harán difícil de olvidar esta aventura.
¡No te pierdas el próximo episodio!
* Obviamente es mentira, pero es de estilo decirlo
** Es el nombre del departamento, por absurdo que parezca; aquí los departamentos en los que se divide el país no se numeran; este curioso nombre/número hace referencia a los “33 orientales”, protagonistas de la Cruzada Libertadora de 1825
*** No, no es un choque entre montañas (¡Cuac!)








































































