En la última crónica les había relatado el camino recorrido desde San Miguel de Tucumán, capital de la provincia, a Cafayate, en la provincia de Salta, y cómo en el trayecto de unas horas habíamos atravesado los más diversos paisajes, desde frondosas selvas a semidesérticas montañas.
Llegamos a Cafayate, "tierra del sol y del buen vino" a la caída de la tarde, por lo que del sol disfrutaríamos poco; nos quedaba la esperanza de que se cumpliera la segunda parte del eslogan. La ciudad se encuentra a más de 1.500 msnm, enclavada en los Valles Calchaquíes, rodeada de cordones montañosos, y es ideal para el cultivo de la vid; probablemente el mejor Torrontés del mundo sea nacido y criado en esta tierra.
Los últimos rayos del sol iluminan la viña
La visita guiada a una de las muchas bodegas de Cafayate se imponía; la elegida fue Vasija Secreta, y hacia allá fuimos. El guía de la bodega (me olivdé de su nombre, qué horror... ¿Juan Carlos? ¿José Luis?) nos hizo una excelente explicación -nos dio una clase, bah- no sólo de la producción de su bodega, sino acerca de la cultura del vino en general. Como tantas otras personas, llegué al universo del vino recién de adulta, y disfruto muchísimo de cada nueva cosita que voy aprendiendo.
Bodega Vasija Secreta
(¡Qué obviedad, no iba a colgar la foto de otra bodega!)
Muy interesante todo, pero el conocimiento del vino no sólo requiere teoría, sino que implica, necesariamente, práctica, así que se imponía la degustación.
A punto de degustar el torrontés
La degustación, como es natural, llevó a la adquisición de un par de botellas de Torrontés, que si bien me gustan más los tintos que los blancos, no es cuestión de ponerse con un quítame ahí esas cepas.
Tras la visita a la bodega, los guías nos dijeron que nos habían preparado una sorpresa. "¡Empanadas!", exclamé, porque si bien llevaba pocos días en el Norte, ya había comprendido la cultura local, al menos en lo que respecta a las sorpresas. Pues bien, la sorpresa fue la visita al taller de alfarería en donde se elaboran las tinajas de Cristófani.
Las tinajas de Cristófani (¡Y dale con los pies de foto obvios!)
La familia Cristófani lleva casi 50 años en la elaboración artesanal de tinajas, hechas con la arcilla del suelo de Cafayate. En la actualidad, son la señora Ana María (viuda de Víctor Cristófani) y sus hijas quienes siguen la tradición familiar. Las tinajas, contrariamente a lo que yo conocía, no se hacen en un torno que gira... el que gira es el alfarero! La confección de cada ejemplar lleva semanas... y todo puede terminar mal si ocurre un fallo en la cocción.
Basta de obviedades; deduzcan ustedes qué es esto
Cuando la vasija está confeccionada, va a ir a decorar jardines o espacios cerrados de diversos lugares del mundo... ya que han sido vendidas hasta en Indonesia!
Como se puede apreciar en la siguiente foto, la tinaja no sólo es decorativa: puede resultar útil para esconder una persona en su interior, como bien sabemos los que hemos leído Alí Babá y los 40 ladrones.
La más esbelta (y joven) de las doncellas
cual uno de los 40 ladrones
Concluida la visita al taller de alfarería, en el patio de la casa de Ana María, fuimos agasajados -y como no podía ser de otra manera- con empanadas y vino (tan errada no anduve...)
Gustavo, uno de los choferes,
nos tienta con un fuentón de empanadas
Recibimos la noche con la insuperable cordialidad de la gente del Norte; Ana María no sólo nos enseñó su taller y nos explicó cómo elabora sus tinajas, sino que nos abrió las puertas de su casa, y nos acompañó con su calidez.
Tras despedirnos de Ana y de una de sus hijas -también alfarera- nos dirigimos al hotel. El Hotel Asturias, muy bien ubicado a una cuadra escasa de la plaza principal de Cafayate, resultó otra encantadora sorpresa: es un hotel precioso, y con un personal más que amable (¿No hay gente antipática en el Norte, o la esconden de los turistas? Tal vez dentro de las tinajas...)
Detalle del vestíbulo
¿Cómo queda esta mesita en tu living?
Tras dejar el equipaje, salí a dar una vuelta. De cenar, ni hablemos, que tras la copiosa ingesta de empanadas, no podía ni pensar en comer, y de conocer la noche cafayateña, menos, con el cansancio que tenía, y las pocas horas de sueño que se avecinaban, porque temprano por la mañana partiríamos rumbo a San Salvador de Jujuy. Aproveché para visitar la plaza y sus alrededores, y a ver si conseguía algo de fruta, que no me vendría mal.
La plaza principal de Cafayate resultó muy linda, sumamente cuidada, y muy concurrida, como conucurrida estaba la iglesia, hecho que se repetiría en todas las iglesias, catedrales, capillitas que visitamos en el Norte.
Hasta en los más mínimos detalles se percibe buen gusto y cuidado
La plaza y la iglesia, algo borrosas
(¡Sólo a mí se me ocurre viajar sin trípode!)
Preguntando se llega a la frutería, y allí compré unas riquísimas mandarinas y manzanas, tras ser atendida por el amabilísimo frutero, disculpen el exceso de superlativos, pero no puedo andar con diminutivos. Allí estaba, o estábamos, porque Esther, una señora que iba en el mismo viaje también había hecho la opción frutal, cuando nos sorprendieron unos niños que gritaban desde la vereda "¡Tiren caramelos, tiren caramelos!" Sin dudarlo un instante, y ante nuestras miradas de asombro, el frutero tomó un puñado de caramelos y se los lanzó a los niños. Evidentemente, le preguntamos qué era eso... "Es que hoy es San Pedro", con lo cual en lo que me es personal, no me aclaró ni un caramelo, por lo que pasó a explicar que esa noche (29 de junio) los niños arman un Judas y salen a pedir caramelos con él; más tarde, el pobre Judas arderá en la hoguera. Por supuesto que salí a la calle a fotografiar al Judas y a los "changuitos", que al ver a una señora con una cámara de fotos salieron de todas partes para ser inmortalizados.
¡Digan: "caramelos"!
Yendo de vuelta hacia el hotel, Esther quería conseguir un determinado tipo de té, y fue con ella que viajamos hacia el siglo XIX... encontramos en las proximidades de la plaza una pulpería detenida en el tiempo, con pilas de zapallos, granos en bolsas de arpillera, salames y ristras de ajos colgando, parroquianos vestidos con sombrero de ala ancha, botas y poncho acodados en el mostrador, un viejito viejísimo sentado junto a la puerta desde hacía siglos, y, como no podía ser de otra manera, un pulpero encantador, que si bien no tenía el té que esta señora buscaba, le terminó vendiendo un té de poleo o no sé de qué otro yuyo, porque no había cómo negarse...
De vuelta al hotel, ducha reparadora, y a la cama a ver las últimas novedades del Mundial hasta que me venció el sueño.
Me desperté tempranísimo, y tras desayunar (sí, más medialunas!) salí a dar una vuelta en el frío de la madrugada; la lunita cafayateña iluminaba la ciudad y las montañas casi dormidas...
Con las primeras luces, partimos rumbo a Jujuy, atravesando la Quebrada de Cafayate, o del Río de las Conchas. Hacía muchísimo frío al amanecer, pero nadie protestó por tener que bajarse del ómnibus a ver de cerca las increíbles formaciones que el agua, el viento y el tiempo han ido tallando en las rocas.
La luna nos sigue por la quebrada
La bruma matinal aún envuelve los castillos
El sol comienza a iluminar la Quebrada
El sol da de lleno en el clavo
En un determinado momento de la ruta, paramos para ir al Anfiteatro: se trata de una formación natural que debido a sus altas paredes rocosas y vaya una a saber qué explicaciones mágicas de la Física, da una acústica impresionante, tanto es así que allí se celebran conciertos y se graban discos.
En el anfiteatro encontramos a un músico solitario,
sacándose el frío abrazado a su guitarra
El río de las Conchas... ¡con agua!
Dejamos atrás la Quebrada de Cafayate y atravesamos el Valle de Lerma; abandonamos la provincia de Salta, a la cual volveríamos días después, y pusimos rumbo a Jujuy.
Pero ésa será otra historia.
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