Estoy de vuelta, tras haber recorrido una parte del Norte Argentino. Como lo he comentado en otras oportunidades, viajar me encanta, y si no lo hago con mayor frecuencia es debido a limitaciones económicas; eso sí, cuando tengo un peso partido por la mitad, me voy a donde puedo.
A lo largo de los años, he conocido lugares y gentes que me han gustado más o menos, sitios que me han maravillado, y algunos hasta me han decepcionado; a muchos de esos lugares volvería encantada. Sin embargo, pocos viajes me han impactado tan hondamente como esta breve recorrida por las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy.
Tal vez sea yo, que me encuentro en un período de balance, de reflexión, de repensar el rumbo, pero me ando sospechando que no. La imponente magnificencia de sus paisajes, la riqueza de su historia y de sus tradiciones, la humildad y la calidez de su gente, seguramente le hagan mella aún al más curtido de los marcopolos.
Por un tiempito, Ajo y agua cambiará su tónica habitual; tal vez este blog en el que pretendo escribir humor, no sea el sitio adecuado para una crónica de viaje, pero no quería dejar pasar la oportunidad de compartir con ustedes mis impresiones, y por supuesto, mis fotos.
La observadora crítica y un poquito mordaz dará paso a la cronista conmovida, que después de todo, son la misma.
Sepan disculpar los habituales seguidores.
Lunita tucumana
Iniciamos el viaje por Tucumán, la más pequeña de las provincias argentinas, lo que no es un dato menor para una que viene de un país más bien chico, más aún cuando varias de las provincias del país vecino son bastante más grandes que el Uruguay. Tras horas y horas de viajar bajo la lluvia, el cielo de Tucumán nos recibió con la lunita en todo su esplendor. En el Norte Argentino la estación lluviosa es el verano, así que durante todos los días disfrutamos de un cielo de un azul profundo.
Tras instalarme en un hotel de la capital, San Miguel de Tucumán (el Tucumán Center, un hotel espectacular en el que pude despatarrarme en una cama en donde cuatro personas cabían cómodamente, con televisor LCD igual de amplio, lo que constituyó un detallecito importante, ya que estábamos en pleno Mundial), salí a dar una vuelta. Domingo por la mañana, era un placer recorrer las callecitas cuidadosamente limpias, y ver cómo los bares del Centro se iban llenando de gente que iba a tomarse su cafecito y a leer el diario. Por aquello de "donde fueres, haz lo que vieres", me metí en un coqueto barcito en donde me incorporé un café con leche con esas medialunas de manteca tan típicas de la Argentina y que son una delicia... Estoy por proponerle a Kristina que la medialuna pase a ser uno de los símbolos patrios. El mozo muy amable me alcanzó uno de los diarios locales, y con placer me sumergí en la lectura de los comentarios del partido que Uruguay le había ganado a Corea del Sur el día anterior.
Así reconfortada, di una vuelta por la Plaza Independencia, que como suele ocurrir en casi todas las ciudades, pueblos y villas del mundo occidental y cristiano, se encuentra rodeada por los principales edificios de la localidad. La particularidad de esta plaza es que entre los muchos árboles que la habitan, se destacan los naranjos, todos ellos cargados de frutos.
Vista parcial de la Plaza con sus naranjos; al fondo, la Catedral
Detalle del frutado friso de la Catedral
Entre los naranjos, una coqueta luminaria
Cerca del mediodía estábamos convocados en el hotel; a la hora indicada, nos invitaron a pasar a uno de los salones, en donde nos recibió la gerente del hotel y disfrutamos de un espectáculo de folclore, en donde no faltaron la "Lunita tucumana" y las danzas típicas.
Tras el espectáculo, nos invitaron, como no podía ser de otra manera, con empanadas y vino. Se iniciaba allí el "empanada tour" que nos acompañaría el resto del viaje.
Tras ese recibimiento, imposible salir a almorzar... Vi lo que quedaba del partido Alemania 4 - Inglaterra 1, y me fui a dar una vuelta rumbo al Parque Centenario 9 de Julio. Claro, un domingo a esa temprana hora de la tarde en una ciudad del interior, y en espera del partido que poco rato después jugaría la selección argentina con la mexicana, semejó un paseo por un pueblo fantasma... sólo el humo de los asados daba idea de la presencia de pobladores. Tras mi caminata en solitario, volví al hotel para mirar el partido, hasta que la victoria argentina me invitó a salir a la calle y a formar parte de los festejos.
Al caer la tarde, teníamos programado un city-tour, lo cual se llevó a cabo con ciertas dificultades, más que nada auditivas, dado que los tucumanos seguían dándoles duro y parejo a las vuvuzelas.
A lo largo del viaje, el guía -Claudio, un humahuaqueño- propuso las visitas guiadas por la noche y a pie, lo que permitió ver los edificios históricos bellamente iluminados. Recorrimos la iglesia de San Francisco Solano, la Casa de Gobierno, la Plaza Independencia, la Iglesia de la Merced, la Catedral y la Casa Histórica, en donde se juró la Independencia el 9 de Julio de 1816 (¡Qué casualidad... un día como hoy!) En esta casa presenciamos el espectáculo de luz y sonido en el que se recrea la gesta independentista, que resultó interesante aunque un poco largo, o tal vez era que una había pasado las 24 horas anteriores en un ómnibus y que el fresquete de la noche tucumana ya se hacía sentir.
Iglesia de San Francisco Solano,
con devotos de la iglesia maradoniana
La Casa de Gobierno, vestida de gala
Iglesia de la Merced. Manuel Belgrano, que era devoto, le entregó el bastón de mando tras la victoria del 24 de septiembre de 1812. La iglesia, empero, es del siglo XX
Uno de los altorrelieves realizados por Lola Mora, en el que se representa la Declaración de la Independencia - Casa Histórica
La Catedral bajo la lunita tucumana
Terminamos la noche en un restaurante, en donde nos sirvieron... empanadas, más una serie de carnes con ensaladas, y un muy buen vino local. Lo más curioso fue que los mozos eran además cantantes, y tras servir la cena se pusieron a interpretar canciones del folclore local, entre las cuales no faltó la "Lunita tucumana" de don Atahualpa Yupanqui.
Como varios amigos argentinos me invitaron a conocer otros músicos norteños, me puse a seguir sus sugerencias; aparecía por allí la mención a la zamba "Si llega a ser tucumana", de Miguel Ángel Pérez y Cuchi Leguizamón. Resulta que encontré muchas versiones, pero me decidí por ésta, cuya intérprete no conocía:
Próximo capítulo: Por las sendas del Tafí




























































