sábado, 20 de marzo de 2010

¿Qué pretende usted de mí?

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Desde hace cuestión de unos pocos años a esta parte, tener al menos una dirección de correo electrónico se ha vuelto cada vez más habitual entre los pobladores del mundo occidentalizado que pertenecen a la clase media tirando a cuarta -dijera Galeano- y de ahí para arriba. Es decir, que mucha gente alrededor de todo el mundo es usuaria de este nuevo medio de comunicación. Ahora bien, el correo electrónico tiene muchas ventajas: es mucho más barato que el correo tradicional y muchísima más rápido, permite adjuntar archivos de todo tipo sin que eso encarezca el envío y no requiere simultaneidad entre remitente y destinatario, como sí lo hace el teléfono, por sólo citar algunas. Pero también, y como lo sospechamos desde un principio, tiene algunas pequeñas desventajas, como las cadenas de todo tipo que nos envían -con la mejor de las buenas voluntades, y eso es lo peor- familiares y amigos, y el spam.

¿Qué es el spam? Pues bien, es el "correo basura” o “correo no deseado", que en realidad no es una buena definición porque el concepto de spam no incluye los mensajes que te sigue enviando el pesado de tu ex-novio o las cadenas que dicen que si comés pastillas de menta y en seguida tomás Coca-Cola te explota el duodeno hasta transformar todo tu organismo en un despliegue pirotécnico propio de la Noche de las Luces. No. Spam es el correo que llega de remitentes desconocidos a quienes una no les dio su dirección, por lo que andá a saber cómo la consiguieron, y qué es lo que pretenden de una.

Bueno, en realidad lo que pretenden es bastante claro: vender. Vender lo que sea, desde Rolex falsificados a títulos de grado en Universidades truchas, pasando por medicamentos de toda índole -imagino que tan verídicos como los relojes y los doctorados-, y hasta novias.

Evidentemente, quienes envían estos mensajes por cientos o miles, ignotos remitentes sentados frente a su PC en algún recóndito lugar de Eslovenia o de Myanmar, desconocen el perfil de sus destinatarios, e incluso su sexo, porque honestamente no sé qué haría yo con tanto tratamiento para alargar el pene, tanto Viagra y tanta rusita ardiente que quiere conocerme, yo que carezco por completo de pene, razón por la cual tampoco padezco disfunción eréctil alguna aún en mis momentos de mayor estrés, y siempre voy a preferir un ruso a una rusa, en particular si se trata de un ruso blanco*, que ahora recuerdo que era la bebida predilecta del personaje que hacía Jeff Bridges en “El Gran Lebowski”**, un afectuoso recuerdo para él y aprovecho para felicitarlo por el Oscar.

Lo que me pregunto desde hace algún tiempo es si alguien compra los productos que se ofrecen por spam. Y a eso me respondo que sí, por rarísimo que pueda parecerme, porque de lo contrario no se ofrecerían. Y también me pregunto qué clase de persona abre un mensaje escrito en otro idioma, cuyo remitente no sólo es desconocido sino que responde a nombres imposibles tales como Henriette Gabriel, Hayley Laila , Rosenda Patrina o Freeda Tamera, o quién consume medicamentos -Viagra incluído- de procedencia más que dudosa. Y también me preocupa que haya tantísimos hombres en el mundo necesitados de medicación para lograr una erección, o cuyos penes no alcanzan, eh, cómo decirlo... la longitud estándar (parece que ahora los penes tienen que estar aprobados por las normas ISO 9000), pero eso escapa al objetivo que me plantée al comenzar esta columna.

¿Y cuál fue el objetivo que me plantée al comenzar esta columna? Ah, ya me acuerdo. No era hacer una columna medianamente interesante o divertida acerca del spam. No. El objetivo era dirigirme directamente a los remitentes de esos mensajes recontrapelotudos que no me interesan en lo más mínimo y que infestan mis casillas de correo, sugerirles que se metan la PC en el colon transverso, y mandarlos a que le ofrezcan alargadores de pene a la reputísima madre que los parió.
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*Cóctel que combina vodka, licor de café y crema de leche
**”The big Lebowski”, película de los hermanos Coen (1998) protagonizada por el recientemente galardonado Jeff Bridges
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miércoles, 17 de marzo de 2010

Las segundas partes nunca fueron buenas

Lo dicho en el título: las segundas partes nunca fueron buenas, y sin embargo, desde Cristóbal Colón y sus viajes a la fecha, muchos tenemos la costumbre de reincidir. En este caso particular, me estoy refiriendo a una nueva temporada de  mi incursión radial por Emisora del Sur.
Nuevamente Eduardo Nogareda y Marina Pose, conductor y productora de  "El truco de la serpiente", insisten en darme un espacio en su programa, tal vez con la ingenua esperanza de que sea mejor que el año pasado, cosa que, como es natural, no va a suceder, pero allá ellos.
Así que a partir de este viernes  19 de marzo, desde las 16 horas, los invito a prender la radio y abrir la oreja.
Lo que escucharán no será muy diferente de lo que leen acá habitualmente, así que quedan advertidos.

Heme aquí con Eduardo Nogareda, muertos de risa
(foto de Marina Pose)
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sábado, 6 de marzo de 2010

La inicialmente inexplicable desaparición de las letras chicas y otros males mucho peores

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Un buen día, no hace mucho tiempo atrás, comencé a darme cuenta que los prospectos de los medicamentos venían en blanco, que los envases de yogur ya no traían la información nutricional y que algunos novelistas tenían un estilo tan críptico que no entendía nada. Había llegado la hora de ir al oftalmólogo y de comenzar a utilizar anteojos, y lo que es peor, había llegado la hora de asumir el viejazo. Eso de seguir presumiendo de adolescente pasados hace rato los 40 no daba para más, particularmente a nivel ocular. Hasta hace muy poco tiempo, podía leer hasta con los ojos cerrados las letritas más chiquititas sin problema, pero ya no. Las letritas más chiquititas se habían esfumado.
Saqué hora para oftalmóloga, y allá fui. Mientras estaba en la sala de espera, se acercaron dos promotoras de sendas ópticas que me vieron cara de andar necesitando anteojos -sospecho que estar en la sala de espera de un oftalmólogo leyendo un libro que me lo ponía a la altura de los tobillos para poder descifrar lo que decía ayudó bastante- y me dieron unos folletos con tentadores descuentos, no por ser yo, como pensé en primera instancia, sino porque era socia de esa mutualista, como decía en letra grandota.
Tras la consulta y la revisación, salí del consultorio con la indicación para hacer los primeros anteojos "para ver" de mi vida. Fuera de la mutualista, estve tentada de dirigirme a una de las ópticas de los folletos y encargar allí los anteojos, pero me contuve: siendo trabajadora, se supone que tengo derecho a subvención; mejor, averiguaría primero.
Cuando llegué a casa, llamé al teléfono de consultas del BPS. Tras varios intentos fallidos, finalmente me atendió una contestadora automática muy amable que me dio una serie de opciones, que fui digitando en mi teléfono, además de haberme solicitado que también ingresara mi número de cédula de identidad, no fuera cosa que un individuo no identificado se le ocurra gastar los recursos del Estado escuchando una grabación telefónica. Finalmente, la contestadora me informó que tenía 13 minutos de espera.... Estaba tentadísima de cortar e ir a una óptica cualquiera y pagar de mi bolsillo, pero andá a saber si no me cubrían parte del costo y me salvaba de un gasto grande. Así que esperé estoicamente durante 13 minutos, o tal vez 15, no podría precisar si no me regalaron un par de minutos con la misma grabación que repetía ad nauseam a cuántas cosas tenemos derechos los trabajadores. Finalmente, me atendió muy correctamente Analía, a quien le expliqué la situación, le dije que era docente de Educación Secundaria, y me dijo que fuera con la indicación médica, un timbre profesional de 14$ y la cédula de identidad vigente y en buen estado. Por las dudas le pregunté hasta qué hora atendían, y me dijo que hasta las 16. ¡Oh cielos, qué horror, eran las 15! Si los astros se alineaban -y si el 409 o el 468 se dignaban a pasar- llegaría justo a tiempo. Largué el teléfono, agarré la cartera y salí como bólido; no sé cómo, pero a las 15:50 yo estaba en el BPS con el timbre profesional en la mano, a punto de dirigirme al Sector A, Escritorio 1.
Llegué a una sala de espera muy vasta, llena de gente -no había un solo asiento libre, pese a que había numerosas filas de butacas-; observé el panorama y descubrí dos dispensadores de números; calculé -acertadamente- que el más próximo al del Escritorio 1 era el que daba los números que necesitaba, y corté el mío: el 22. Dado que no podía sentarme a leer (con cierta dificultad) el libro que había llevado, me puse a observar el entorno.
El Sector A, allí donde había un cartel con un ostentoso 1, tenía dos escritorios, de los cuales sólo uno estaba ocupado; pese a ser mediados de enero, aún permanecía un árbol de Navidad con chirimbolos y un cartel hecho a mano que deseaba a quien lo leyera un Feliz 2010, y otro que indicaba que allí se atendían casos de lentes y de prótesis. La única funcionaria que atendía al público de ese sector era una señora muy entrada en años... muy. No deja de ser curioso que en el organismo que entre otras cosas se encarga de jubilar a los trabajadores siga en funciones una persona que hace rato que superó la edad jubilatoria (supongo que su historia laboral se traspapeló, y nadie se dio cuenta, y ella menos). La cuestión es que iba por el número noventa y pico de la serie anterior, así que tenía para un buen rato de espera.
En un momento determinado, se acercó una auxiliar de servicio y se puso a hablar con la funcionaria, mien tras vaciaba las papeleras; por las expresiones de sus rostros, los pacientes esperadores dedujimos -por qué hablo en plural, yo deduje- que algo le había pasado a la funcionaria tiempo antes, y esta otra empleada se interesaba e incluso se preocupaba por ello. Un memoento después, llegó un guardia de seguridad, y la funcionaria, como es natural, se dispuso a hablar con él, en tanto los pacientes esperadores se habían reproducido sin pausa -ya se superaba largamente el número 30, recuérdese que yo tenía el 22-. Dado que ni la funcionaria, ni la auxiliar ni el guardia pudieron resolver el intríngulis ¿un robo, quizás? las cosas siguieron su ¿curso? a puertas cerradas, claro está, porque a las 16 habían cerrado para evitar que siguiera entrando más gente. Para alegría de los pacientes esperantes, que a estas alturas habían establecido relaciones de amistad, cuando no de pareja, o habían terminado de leer -o de sospechar el contenido de lo que estaban leyendo, recuérdese que estábamos allí para solicitar anteojos- llegó una segunda funcionaria, lo cual, evidentemen te, aceleraría el trámite. Bueno, tan evidentemente no, porque la primera funcionaria dejó su puesto y salió -según dijo a viva voz una señora rubia, y entre risas, porque ya se le había terminado la indignación hacía media hora- ¡a fumar!
La nueva funcionaria, igual de vieja que la otra, muy parecida a Droopy pero más desgarbada, siguió atendiendo con ritmo cansino, hasta que volvió su compañera tras haber recibido su necesaria dosis de nicotina.
Como seguía nerviosa y alterada por el incidente que había ocurrido antes, la nueva le dio una pastilla para que tomara, cosa que hizo a la vista de todos nosotros, que teníamos ganas de manotearle el blister y tomar una nosotros también.
En un momento, cuando iban por el número 20, el muchacho del número 21 y yo, la número 22, nos acercamos a la barra, porque según entendíamos, estos números naturales seguían al 20. Bueno... aún mirando el pincho en donde iban colocando los papelitos con los números... ¡Llamaron al 98!!! En ese momento, desde el 21 al treintaipico nos levantamos en armas como un solo individuo y nos lanzamos al ataque, ante las miradas incrédulas de las dos Parcas que tenían nuestro destino en sus manos. Inmediatamente -téngase en cuenta que para estas señoras el término "inmediato" tenía un sig nificado distinto que para mí- enmendaron su error, y nos llamaron al 21 y a mí. Me senté frente al escritorio de la primera vieja, quien me solicitó mis documentos, en tanto conversaba con su colega, diciéndole que ella no estaba acostumbrada a tomar nada, mientras la otra le aseguraba que era algo suave y que la iba a ayudar a tranquilizarse, pero estaba tan preocupada por los efectos del ¿ansiolítico?
¿relajante muscular? ¿analgésico? que había tomado que casi me anota dos veces en su planilla. Cuando al final logró focalizar su atención, entendió que yo tenía una indicación de anteojos y tal número de cédula, me dijo sin darme pastilla alguna, que no me correspondía el beneficio. "¿Cóooomo? Si yo llamé y me dijeron...." "Usted es docente de Secundaria” -gracias por recordármelo, a veces se me olvida y creo que soy acróbata de un circo-, “y los funcionarios públicos NO TENEMOS derechos." "Ya lo sé, por eso llamé antes de venir y me dijeron que..." "Ah, se habrán equivocado."
Pues sí, con mi indignación a cuestas -a mí no se me había terminado como a la señora rubia- me fui con la cola entre las patas... rumbo a una de las ópticas cuyo folleto tenía en mi cartera, en donde me atendió un señor de lo más encantador y solícito.
Ahora soy la flamante propietaria de unos preciosos anteojos que pagué de mi bolsillo, dado que podré deslomarme laburando, pero no tengo derecho a descuentos por el mero hecho de ser trabajadora del estado. Eso sí, volvieron a a parecer las letras chicas que se habían esfumado del universo.

 
No lo tengo del todo decidido, pero creo que cuando termine de pagar los anteojos, empezaré a ahorrar para comprarme un arma de fuego. Por si vuelve a ponerse de moda la política del "rifle sanitario", quiero estar prevenida.

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martes, 23 de febrero de 2010

¡Feliz cumpleaños!

El 23 de febrero de 2008, Ajo y agua “nacía” al mundo virtual, por lo que cualquiera con un mínimo conocimiento de aritmética digital* se dará cuenta que este blog en el día de hoy está cumpliendo su segundo año de existencia.

Es cierto que ya no tiene el empuje del primer añito, y eso es responsabilidad enteramente mía; el pasado año me centré en otros proyectos -las caricaturas que se pueden ver en mi otro blog**, y los espacios radiales de los viernes, que seguramente vuelvan este año- y por lo tanto, abandoné un poco a Ajito, que como ya tenía un año, podría decirse que caminaba solo. Bueno, solo no, porque Ajo tiene un montón de seguidores consecuentes que siempre están ahí, al firme, con su apoyo, su ingenio, su afecto. Y creo que a estas alturas quiero más a esa “Comunidad del Ajo” que al blog en sí mismo como vehículo expresivo.

Es cierto, por otra parte -y ahí va el palo, y al que le caiga, que se autoflagele- que muchos amigos bloggers han estado bastante omisos con sus propios blogs, y algunos se han borrado por completo, y se extrañan que es una barbaridad.

Bien, en definitiva no prometo nada para este nuevo año del blog; sólo cambié, como lo hice el año anterior, el acápite y la imagen de mi perfil.La plantilla la dejo como está, porque sigue siendo la que más me gusta... y si a alguien no le gusta... ¡ajo y agua!



*O sea, contar con los dedos

**Véanlas, no sean vagos, es sólo hacer clic sobre el Dr. House
gggg

domingo, 14 de febrero de 2010

El robo de ideas -bien entendido- empieza por casa

Sabido es que no hay nada nuevo bajo el sol*, y la industria cinematográfica no es la excepción; basta con ver "Avatar" para darse cuenta que aparecen ideas de "Pocahontas", "Harry Potter y el prisionero de Azkaban", "Apocalypse now", "Alien", "La Era del Hielo 3", "Apocalypto" y quién sabe cuántas películas más que seguramente yo no vi pero James Cameron sí, y no por eso pierde mérito porque inventar algo nuevo a estas alturas de la vida es bastante difícil. Ni qué decir que en especial los yanquis han sido unos grandes ladrones de ideas -cinematográficas y de las otras- y bastaba para que los italianos o los franceses hicieran cualquier película más o menos buena para que la refritaran y la transformaran en una película decididamente mala (no más pensar en “La jaula de las locas”, y una se da cuenta que entre las duplas Ugo Tognazzi/Michel Serrault y Robin Williams/Nathan Lane hay bastante más de los 5 ó 6000 Km que separan Europa de EEUU). Bien, pero esta columna no tiene intención alguna de convertirse en una de crítica cinematográfica, que ya las hay y muy buenas.

La cuestión es que, en realidad, con la falta de ideas que me caracteriza agravada por la canícula, decidí salir a robar ideas, que yo no soy menos que nadie, qué también. Y resulta que el amigo Corto Maltés hace un par de semanas publicó una columna con su opinión acerca de la película "Sherlock Holmes", dirigida por Guy Ritchie e interpretada por Robert Downey Jr. en el papel del propio Holmes y Jude Law como el Dr. Watson. La película lo había dejado en una disyuntiva: por un lado, el disfrute de una película entretenida, ágil, ingeniosa, y por el otro, la indignación que le causaba que hubieran "usado" un personaje clásico como Holmes para hacer cualquier otra cosa. Entonces, él planteaba que, en aras de la necesidad de aggiornar personajes para hacerlos más atractivos, y por ende, más vendibles, el cine comercial estaba haciendo cualquier cosa, y proponía varias ideas, a cual más absurda y divertida (me encantó lo de proponer a Angelina Jolie como una Miss Marple que desactivara bombas en Nueva York usando las cosas que llevara en su cartera).

Bien, robándole a cara de perro la idea al Corto Maltés, aquí propongo algunas ideas para que los productores cinematográficos sepan qué hacer con personajes otrora célebres que han caído en el olvido:

-Se comenzaría a filmar la saga del Inspector Maigret, interpretado por el recio pero sexy Jean Reno, que le sacaría al personaje los antiestéticos kilos de más; Maigret se habría divoricado de la retacona Madame Maigret, pero viviría un tórrido romance con una estafadora interpretada por Marion Cotillard. Maigret manejaría un Peugeot último modelo -dónde se vio que un comisario de la Police Judiciaire de París vaya a laburar en ómnibus, mon dieu!-, no fumaría su característica pipa para predicar con el ejemplo lo nocivo que puede llegar a ser el consumo de tabaco, ni se tomaría su tradicional calvados en los bolichunes de la Rue de Caulaincourt, que hay que mantener una conducta saludable.

-Por fin llegaría al cine la película basada en el "Comisario Rex": el intrépido can resolvería crímenes en el Barrio Chino de Los Ángeles, porque ya se sabe que Viena** tiene menos onda que un renglón. Rex sería interpretado por un simpático Golden Retriever, dado que un ovejero alemán es demasiado rígido y marcial para nuestros gustos. El inspector a cargo de Rex estaría interpretado por Gerard Butler (¡Guau!)

-La novela de Julio Verne “Los hijos del Capitán Grant” se desarrollaría en la época actual; en lugar de encontrar un mensaje en una botella ingerida por un tiburón, Lord Glenarvan -interpretado por Brad Pitt- recibe un críptico mensaje de un desconocido en su i-pad, con un pedido de auxilio. El mensaje habría sido enviado por un tal Capitán Grant, desaparecido en Irak. Lord Glenarvan se pone en contacto con los hijos de dicho Capitán (Lindsay Lohan y Logan Lerman) y los ayuda a encontrar al padre, dando la vuelta al mundo siguiendo el paralelo 37, pero de latitud norte, que pasa por lugares muchísimo más divertidos que su mellizo austral, que recorren en camionetas todoterreno.

-Habría una nueva versión de “La máscara de la muerte roja” de Edgar Allan Poe; el príncipe Próspero estaría interpretado por Orlando Bloom; cuando llegara el momento en que la muerte roja desatara su furia y atacara al príncipe y su corte, Harrison Ford -que interpretaría a un médico presente en la fiesta- los salvaría a todos y el enmascarado sería entregado a las autoridades. El desconocido de la máscara estaría interpretada por Alan Rickman, que como es mucho mejor actor que los otros, y sus villanos son insuperables, se robaría la película y una se quedaría con las ganas de que hubiera vencido él.

-El entrañable Cacique Patoruzú llegaría a Hollywood: cambiaría la Patagonia por el desierto de Mojave, sería cahuilla en lugar de tehuelche y estaría interpretado por Johnny Depp; Patora sería interpretada por Salma Hayek y la Chacha por Anjelica Houston.

-Los uruguayos también aportaríamos personajes para nuevas películas: se haría una superproducción de Los Cuentos de Don Verídico, de Juceca; el boliche El Resorte pasaría a ser un saloon de Wyoming llamado The spring; la Duvija estaría interpretada por Kathy Bates, el Tape Olmedo por el inexplicablemente taquillero Keanu Reeves y Rosadito Verdoso -Rosy Greenish- por Joaquin Phoenix; no se sabe aún si el personaje de Don Verídico lo interpretaría Michael Gambon o Ian McKellen.

-Tras el éxito de "Invictus", convencerían a Clint Eastwood para hacer “Invictus 2: El maracanazo”: el enorme Obdulio Varela estaría interpretado por el versátil Jamie Foxx.

Hasta aquí, mis ideas para nuevas películas con viejos personajes. ¿Qué ideas -propias o robadas- aportan ustedes?

* Hasta esta frase es viejísima; aparece en el Eclesiastés 1:9
** La última temporada de la serie transcurre en Roma

lunes, 1 de febrero de 2010

Nobody told me nada


Me gusta muchísimo vivir en donde vivo. Es un barrio sin nombre, de esos que quedan en una difusa terra franca entre dos barrios, Sayago y Belvedere, que tiene algunos inconvenientes notables como el estar alejado de Centro y contar con un servicio de transporte público que oscila entre bastante malo y pésimo, según el día y la hora, pero que tiene enormes ventajas, como el estar alejado del Centro y contar con un servicio de transporte público que oscila entre bastante malo y pésimo. Debido a esto, la zona es enormemente tranquila, bastante segura, y prácticamente el único ruido molesto que puede llegar a escucharse es la cortadora de césped de algún vecino; me despierto con el canto de los pájaros, y ahora en el verano, escucho a las chicharras que ensayan su concierto todo el día. En definitiva, vivo en un lugar en el que nunca pasa nada. O nunca pasaba nada... hasta ayer.

Muy cerca de mi casa pasan las vía del tren; los extranjeros que lean esto estarán pensando que cómo no puse este detallecito en las desventajas, porque ya sabemos que los trenes traen estrépito, humo, temblequeos. Lo que no saben es que en Uruguay los trenes están casi extintos, como los gorilas de montaña (ni que decir en Uruguay, que nunca hubo), por lo que lejos de molestar, cuando pasa uno, causa cierta emcoción nostálgica. Además, el tren más ruidoso, que es el que maniobra para ingresar con su carga de rocas a la fábrica de cemento Portland, opera en horarios decentes, así que no molesta a nadie. O no molestaba a nadie... hasta ayer.

En la tarde de ayer, en mi barrio descarriló el tren. Ese tren que pasa tan poquito, por razones que aún se desconocen, se salió de la vía y algunos vagones cayeron sobre unas casas. Afortunadamente, no hubo víctimas más allá de unos pocos heridos y mucho susto; evidentemente, para los residentes de junto a las vías, igual representa una tragedia, ya que sus viviendas quedaron destruídas, y quién sabe quién se hará cargo de resarcirlas, y cuándo. Pero para todos los demás vecinos del barrio, en el que nunca pasa nada, el descarrilamiento de un tren es todo un acontecimiento.

Ayer por la tarde yo me encontraba en mi búnker jugando en la PC y disfrutando del ruido de la lluvia que por fin se había dignado a caer y a refrescar un poco a los agobiados mortales que veníamos padeciendo un par de semanas de un calor insoportable, y por supuesto que ni me enteré; escuché unas sirenas de bomberos, pero como le pasa a Jaime Roos, nadie me dijo nada. Claro, llegó el momento en el que me enteré, y así fue que esta mañana me dirigí con mi cámara a registrar gráficamente “el día en que mi barrio pasó algo”.

Aquí están las fotos:
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Nunca faltan los que le dan la espalda a la realidad
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No sé si reconocer que la foto me quedó torcida, o que es una composición original
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Los supervisores, siempre atentos al trabajo de sus subordinados
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¡Muchachos, si vamo'  a vaciar los vagones a mano, no nos vamos más!
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¡Ah...! No hay como quedarse a la sombrita y mirar cómo laburan otros al rayo del sol
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AFE va en franco declive, a qué negarlo
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Bueno, más que declive
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Demoraron tanto en remover el tren, que crecieron plantas sobre los vagones
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sábado, 16 de enero de 2010

Acerca de la necesidad de convertirme en propietaria de una parrilla

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La serie de acontecimientos que leerán a continuación probablemente haya tenido su origen hace más de 30 años, cuando yo era una niña y nos mudamos a lo que en ese entonces era la "casa nueva".
Como es obligatorio para todo ciudadano oriental que constituya domicilio en el territorio de la República y el inmueble posea al menos dos metros cuadrados de terreno, hay que dotar al mismo de un parrillero, so pena de expatriación sin derecho a pataleo. Es más, la mayoría de las personas que compran un terreno en cualquier lugar del país, primero construyen el parrillero, y recién después, si les quedan plata y ganas, pensarán en construir la casa.
La cuestión fue que a poco de mudarnos, se le encargó a Sosa que construyera el parrillero, y así lo hizo, con leñera, mesada y todo. El parrillero tuvo su uso, tal vez dos o tres veces, porque mi viejo, hay que decirlo, así como se las arregla estupendamente bien en cuestiones de olla y de horno, no es muy aficionado a andar entre brasas y humos.
Así fue que el parrillero cayó en desuso, al menos como tal, porque resultó practiquísimo como alacena para guardar de todo, función que continúa cumpliendo hasta el día de hoy, amén de servir de apoyo a una enredadera que envuelve toda su pared posterior y rodea su chimenea. Esto implicó que me crié sin tener más experiencias en parrillas que aquellas emanadas de esporádicos almuerzos en el Mercado del Puerto.
Ahora bien, hace poco más de un año, nos  encontrábamos con mi madre en la reunión de las primas (así se le denomina a la ocasión anual en la que toda la parentela de mi madre se reúne, y como a estas alturas sobreviven prácticamente sólo las mujeres, que siempre fueron más, justo es decirlo, resulta una reunión de mujeres que son todas primas entre sí, y a ella se invita a la generación siguiente, que oh caramba, es mayoritariamente femenina, o sea mis primas y yo. No me queda claro si mis primos no son invitados o no se animan a ir, pero me estoy yendo del tema). Bueno, en esa ocasión las primas habían decidido que se hicieran chorizos y hamburguesas a la parrilla... muy rico todo, pero ¿quién le ponía el cascabel al gato?
En un arrebato, probablemente provocado por el derretimiento cerebral que en esos momentos sufría por causa del calor imperante, me ofrecí, y bajo el lema "tan difícil no debe ser", arranqué para el parrillero de Lucy.
Fue así que aquel mediodía, con una temperatura de 30º C -antes de encender el fuego- y acompañada por una botella del vermú casero que hace mi tía Coca, me dispuse a inciarme en el mundo de la cocción a las brasas. Tan mal no me fue, según parece, porque nadie se quejó, o al menos yo no me enteré.
Poco después,  durante la cena de Nochebuena, expuse ante mi familia la idea de hacer algo a la parrilla para la cena de Fin de Año, cosa que fue aceptada de inmediato. Claro que yo por "hacer algo a la parrilla" entendía unos choricitos y unas morcillitas, a lo sumo unas tiritas de asado, pero mi viejo entendió otra cosa, y compró algunas cositas más, como chinchulines, pulpón, pollo -viste que a tu madre la carne no le gusta mucho- un trozo de cordero y uno de cerdo -porque tu tía siempre dice que tiene ganas de comer cerdo- todo ello para cuatro (sí, cuatro, no cuatrocientas) personas. Por mi parte, yo me había agenciado algunas hortalizas para hacer a la parrilla, así que me enfrentaba al reto de cocinar una enorme variedad de alimentos -todos ellos con distintos puntos de cocción- sin tener ni la más mínima cultura parrilleril.
Debo señalar que no me temblaron las piernas ante el desafío, ni aún cuando vi el estado de las parrillas chuecas y oxidades que habían permanecido en el olvido durante 30 años: estaba dispuesta a defender mi honroso antedente, o a perecer en la hoguera.
Comencé temprano con los preparativos, que incluyeron preparar el aderezo, agenciarme una nueva botella de vermú casero -esta vez hecho por mi tía Mima-, ponerme la ropa más zarrapastrosa que encontré, a sabiendas que en breve el humo y las cenizas me envolverían, sujetarme el cabello con una bandana cual groupie de los Guns'n'Roses, y embadurnar mi rostro con abundante crema humectante.
El resultado final superó las expectativas aún de los más entusiastas: todo estaba en su punto, jugoso para el que prefiere que la vaca muja, cocido para quienes prefieren la ingesta de suela, los chinchulines crocantes, los zucchini sabrosos... Claro, comimos parrillada como hasta el 29 de feberro, que hubo que agregárselo al almanaque porque febrero se terminaba y las morcillas dulces no.
Tras el éxito obtenido, decidí repetir el domingo de Semana de Turismo, con menos cantidad de productos, pero con resultados igualmente positivos.
Evaluando posteriormente las antedichas experiencias, llegué a varias conclusiones: 1) hacer una buena parrillada no es tan difícil, que me disculpen los teóricos de la tripa gorda, y yo soy la prueba viviente de que cualquier imbécil puede hacerla con resultados aceptables; 2) nunca es tarde para descubrir talentos que una creía que no poseía, ni para descubrir vocaciones, porque me doy cuenta que podría ser completamente feliz con un mediotanque y vendiendo chorizos y pulpón en la vereda en ugar de seguir intentando educar a las generaciones futuras; 3) necesitaba una parrilla nueva, porque aquellos pedazos de hierro oxidados y retorcidos no daban para más.
Tras haber elaborado la tercera de las conclusiones, comencé a indagar a efectos de conseguir una nueva parrilla; así fue que en la feria de los domingos de La Teja (ver crónica de dos semanas atrás) di con un señor que hace y vende unas parrrillas estupendas, y que me hizo una preciosa, con su correspondiente quemador, a la medida de mi parrillero, y a un precio razonable. Ambos artilugios fueron convenientemente estrenados el 25 de diciembre, con una nueva parrillada de carnes y hortalizas, y vueltos a utilizar el 1º de enero con unas corvinas y unas papas a las brasas.
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Y por aquí voy dejando esta crónica, porque va siendo hora de ir arrimando unos tronquitos para empezar el fuego...

(Por pedidos, comunicarse al 0800-molleja; descuentos especiales para usuarios de Blogger.)
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sábado, 9 de enero de 2010

Acuérdate de no olvidarte



En la columna del sábado pasado abordé –o sobrevolé, más bien- el tema de las ferias en Montevideo, en el entendido que “feria” es un mercado de frutas, hortalizas, productos de granja y cuanta cosa se le ocurra a una, o no se le ocurra, porque personalmente jamás pensaría en vender mi dentadura postiza, o será que carezco de ella. ....


Ahora, en Montevideo -y en otras partes, claro- hay otro tipo de ferias: una de las buenas tradiciones de esta ciudad, desde hace casi medio siglo, es la feria de libros y grabados del Parque Rodó. Por supuesto que, como nos suele pasar en Uruguay con los nombres, en la feria de libros y grabados se exponen y venden montones de otras cosas, y entre ellas, si tenemos suerte, algunos libros y grabados.

Esta feria comenzó en el año 1961, a instancias de la poetisa Nancy Bacelo, una especie de hada madrina combativa, que peleó toda su vida por abrirle un espacio a diferentes creadores, poetas, escritores, dibujantes. Durante 47 años, Nancy siguió promoviendo esta feria, que fue resistida por “los de arriba” vaya a saber por qué razones -a mí se me ocurren dos o tres de esas razones, pero no sé si serán- pero que se ganó un lugar en la agenda de los montevideanos al llegar diciembre. La Feria fue mudándose, del Palacio Municipal a un predio de Bulevar Artigas y Rivera, de la Plaza Gomensoro al Parque Rodó, donde parece que llegó para quedarse. Con el lema de “acuérdate de no olvidarte” y la entrega de jazmines, Nancy abrió tesoneramente SU Feria, hasta el día de su muerte.

La muerte de Nancy, sin embargo, dejó viva la idea, y es así que desde hace dos años la feria sigue viva en el Parque, con otro nombre, pero con el mismo espíritu.

Aquí comparto con ustedes algunas fotos de mi recorrida por Ideas +:




El lema de Nancy dice presente
jjj


Los puestos de artesanías comienzan a armarse...
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En la feria también hay recitales: aquí vemos al músico
Alejandro Ferradás haciendo la prueba de sonido
(no pude quedarme al toque porque una contractura muscular
de €#$&#% me hizo huir despavorida)
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Bueno, en la antigua feria del libro también se venden libros, cómo no
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Los paseantes comienzan a ver qué hay...
La feria siempre fue un buen lugar para dejar
 la carta para Papá Noel o los Reyes Magos
 (¡Pucha! Me olvidé de dejar la mía!)
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El dibujante e historietista Nicolás Peruzzo intenta convencer al guionista
Rodolfo Santullo de que compre su ejemplar de "Super Navidad Oriental";
Santullo no está nada convencido
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Ignoro qué efecto causa bañarse con uno de estos jabones locos;
como tengo bastante con mis neurosis, no me animé a probar
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Un puesto de remeras vintage, para los nostálgicos de revoluciones varias
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sábado, 2 de enero de 2010

La Biblia y el Calefón



Según la primera acepción del Diccionario de la Real Academia, una feria es un “mercado de mayor importancia que el común, en paraje público y días señalados”. Ah, bueno, debe ser la primera vez que respetamos el significado de algo, porque por estos lares somos muy dados a decirles de una determinada manera a cosas que en realidad se llaman de un modo totalmente diferente.



En Montevideo hay ferias en distintas partes de la ciudad, que se desarrollan semanalmente, según cronograma preestablecido. Las ferias están reguladas por la intendencia Municipal, con la misma eficiencia con la que se regula casi todo en este país: un montón de feriantes tienen un sitio asignado, están registrados, pagan impuestos, y otro montón no hacen nada de eso, pero allí están.


Las ferias más célebres -por muy distintas razones- son la de Tristán Narvaja, la de Villa Biarritz y la de Piedras Blancas, y en los últimos años, ha ganado fama la del Parque Rodó, y en muchos barrios también se organizan ferias que no serán tan renombradas, pero gozan de cierto prestigio zonal.


Ahora bien, yo no soy asidua de ninguna feria, ni tengo desarrollada una cultura de feria; décadas atrás abastecía mi biblioteca en Tristán Narvaja y me vestía en Villa Biarritz, pero reconozco que hace mucho que no voy a ninguna de las dos.


La cuestión es que, a raíz de necesitar una parrilla nueva para mi parrillero -el por qué de la necesidad ameritaría una crónica completa- decidí ir a la feria de los domingos en La Teja, en el entendido que allí podría hacerme del requerido bien. La feria "oficial" se instala en la avenida Manuel Herrera y Obes, desde Carlos María Ramírez hasta tal vez el infinito, porque nunca la recorrí toda hasta el final. La feria "no oficial" se instala en las calles perpendiculares y paralelas, llegando a cubrir una superficie igual o mayor a la de Manhattan, con Central Park y todo.


La calle principal de la feria consta -o constaba originalmente- de dos filas de puestos bien establecidos en los que se venden frutas, hortalizas, pescado, fiambres, huevos, productos lácteos, mermeladas, ropa exterior e interior, zapatos, productos de limpieza, plantas y algunos artículos más. La feria extraoficial, en cambio, está formada por puestitos de lo más variopinto, y es allí que se comercializa de todo, igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches*.


Los puestos informales en general consisten en un trozo de tela -que bien puede ser una frazada, una loneta, una alfombra vieja, da igual, extendido sobre la vereda o la calle- sobre la que se exhibe directamente la mercadería o los letreros que la anuncian: hay veces que por el tamaño del objeto a vender, o por la imposibilidad de su traslado, sólo se ofrece con un cartel: “Heladera como nueva, tantos pies cúbicos”. Hay otros puestos que arman mesas plegables, o colocan tablas sobre caballetes, o juntan un par de cajones de verduras que luego recubren con un mantel. ¿Qué venden? O más bien ¿qué ofrecen los vendedores informales? Bien... ropa y zapatos –nuevos o usados- discos piratas, videojuegos, devedés, videos en VHS (¡Sí!!! Desde los documentales de Didavisión a películas de Chuck Norris de la década del ’80), hornallas, anteojos de receta, ajos, discos de vinilo, juguetes, libros usadísimos, herramientas, dentaduras postizas, revistas de historietas descoloridas, lavarropas usados, frascos vacíos, vasos de licuadora, ristras de ajos, mochilas, arandelas, escobas, burletes, autopartes, espejos, televisores blanco y negro, productos de limpieza de fabricación casera, cotorritas, bicicletas... y parrillas! Un mismo “puesto” puede ofrecer ramitos de cedrón o de carqueja, un par de zapatos ligeramente chuecos, unas revistas Burda con la moda de 1971 y tres tarros de cocina descascarados marcados “Arroz”, “Yerba” y “Sal gruesa”. Otros, en cambio, se dedican a un rubro específico: ropa de niño o videojuegos para Play Station piratas. Por supuesto no soy quién para dudar de la procedencia de algunos de los tan variados bienes muebles que se ofrecen, faltaba más, en particular las autopartes y afines. Eso sí, cuando mi amiga Bea fue rapiñada hace un par de años, decidió que tenía que recuperar algunos de los objetos robados, como los anteojos o la radio del auto, y allá se fue a la feria de La Teja, y consiguió ambos: la radio se la re-compró a un precio irrisorio, y los anteojos se los trajo nomás, derecho viejo, luego de dejar de lado su afabilidad característica y amenazar al vendedor con quién sabe qué maldición legal.


Tanto los feriantes formales como los informales, suelen emplear diferentes estrategias de marketing: desde pizarrones escritos con los precios de los productos, frutas exhibidas de formas atractivas, o el antiquísimo pregón, por lo que a medida que una va pasando sus tímpanos vibran al estentóreo son de “estarrajalescuá”, que como todo el mundo sabe, quiere decir que están rebajadas las escobas.


Los compradores y los paseantes también tienen diferentes actitudes: está el ama de casa que hace sus compras en determinados puestos fijos y va con su carro con un derrotero prefijado: verdulería, frutería, pescadería, almacén, productos de granja, y aprovecha para ponerse al día con los feriantes y los vecinos; están los especialistas que buscan artículos específicos, que pueden ser herramientas o revistas de cómics, y van directamente a esos puestos sin mirar nada más; están aquellos que toman la feria como si fuera un paseo por un parque arbolado, van en familia, con termo y mate, y por supuesto, el infaltable cochecito de bebé, que se tranca en todos los puestos, se engancha con los carritos cargados de acelgas y rabanitos de las doñas, y en definitiva no compran nada pero joden a todos.


Cada tanto cae un inspector a ver si está todo en regla, y es allí que algún puesto informal de discos piratas se desvanece en el aire, o se produce alguna corrida propia de película policial de clase B, de esas que van tirando carros de naranjas y corriendo percheros cargados de ropa que invariablemente son empujados un chino u otro oriental similar.


Por supuesto que mi visita a la feria del domingo fue brevísima: detesto las aglomeraciones y eso de andar cuidando la billetera a dos manos, porque si hay algo en las ferias que abunda, además de duraznos a buen precio, son los pungas. Eso sí, al fin di con el señor que vendía parrillas.


Pero esa es otra historia.
uuuu



*Verso de “Cambalache”, tango de Enrique Santos Discépolo de 1934.

sábado, 19 de diciembre de 2009

No son ellos, soy yo

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Vaya una a saber por qué, pero el mundo de la publicidad me fascina. Claro, yo no podría ser publicista porque la honestidad brutal que padezco impediría que alguien en su sano juicio me contratara. Una pauta publicitaria que dijera "el champú Sedosal es una cagada, si pensás que la modelo de la foto tiene ese pelo divino porque lo usa, estás peor del lado de adentro de la cabeza que del de afuera", sería un dechado de sinceridad, pero la publicidad se trata de vender, y no de ser honestos.
Ahora bien, me está pasando desde hace unos cuantos años que no entiendo algunas pautas publicitarias. Así nomás, no entiendo qué carajo me quieren vender, o no entiendo si los creativos se piensan de verdad que con ese mensaje pelotudo me van a tentar al consumo del producto. Una vez, hablando al respecto con mi amiga Bea que trabaja en una agencia de publicidad, me dijo algo así como que si el mensaje no me llega, es porque el producto -o la campaña- no está dirigido a mí. Ni que decir que ahí me quedé más tranquila: el problema no son ellos, soy yo.
Es decir, los publicistas son realmente creativos, brillantes y capaces de diseñar estrategias exitosas para convencer a un determinado público objetivo -o sea, el "target", que quiere decir objetivo pero suena mejor en inglés, obviously- el problema es que yo parezco no formar parte de casi ningún segmento de la población consumidora, lo que si bien se mira, hasta puede ser un halago. Por otra parte, yo consumo ropa, cosméticos, productos de limpieza, discos, libros, alimentos, bebidas, medicamentos, tecnología, servicios médicos, artículos de papelería, insumos informáticos y varios etcéteras más, pero según parece, me las tengo que arreglar solita porque los publicistas de los últimos años se han olvidado de mí.
Hacer un análisis de toda la publicidad que una recibe en la actualidad podría llevar varios tomos de la Encyclopaedia Britannica, y para eso hay un montón de gente capacitadísima en semiótica, marketing, psicología social y no sé en cuántas disciplinas más, así que ni pienso intentarlo, que escaparía a mis modestísimas capacidades y a los objetivos de este blog, si es que los tiene. Más bien me interesa analizar en un vuelo gallináceo algunas pautas de publicidad radial que se escuchan en estos días.
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• Una publicidad de cerámicas Castro recurre a la voz de una conocidísima y mediática astróloga que nos informa que los astros indican que este es el mejor momento de renovar el baño o la cocina. Evidentemente, desde el momento en que sí uso el baño (no sólo soy limpita sino que además tengo la vejiga del tamaño de una pasa de uva) y también uso la cocina (me encanta cocinar y comer, y si no me gustara ninguna de las dos cosas, tendría que hacerlas igual), sí soy público objetivo. Ahora, desde la perspectiva de persona con formación científica y que vive en el siglo XXI, difícilmente me decida a cambiar el guáter según sea la posición de Ganímedes con respecto a Júpiter, pero lo de ser una descreída asquerosa es culpa mía, por lo que el aviso es de lo más simpático e ingenioso, y seguramente todo el mundo ya está haciendo cola para comprar bidés en esa empresa y en ninguna otra. No son malos los publicistas, la mala soy yo.
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• Una voz de una mujer joven exclama horrorizada “¿¿¿Vas a comer en el gimnasio???” por lo que una se imagina (recordemos que son avisos radiales) que la persona a quien va dirigida la pregunta sacó una olla de buseca. Otra joven responde que sí, va a comer una barrita de cereales, y que qué tiene de malo eso (lo mismo pregunto yo). La primera mujer, con tono de quien ve venir a los cuatro jinetes del Apocalipsis a todo galope, exclama que la voraz comedora de barritas de cereales no tendrá cómo lavarse los dientes, a lo que la aludida dirá que no se aflija, que comerá un chicle Orbit. Me pregunto: ¿En los gimnasios prohíben ingresar con cepillo de dientes? ¿A alguien se le cayeron los 32 dientes de golpe por no haberse lavado los dientes inmediatamente después de haber comido UNA barrita de cereal? ¿De verdad alguien puede creerse que el chicle puede sustituir el cepillado, el dentífrico, el hilo dental y el colutorio? Ah... Ahora caigo... esa publicidad no está dirigida a mí. No son pelotudos los publicistas, soy yo la que no va a ningún gimnasio.
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• "¿Alguna vez te pusiste a pensar que si bien todos los neumáticos son negros, redondos y tienen un agujero en el medio, no son todos iguales?" comienza preguntándose la publicidad de neumáticos Yokohama. ¡Ah, si prácticamente no tengo nada mejor en qué pensar...! Es más, las corrientes filosóficas actuales están cada vez más enfocadas en pensar acerca de cosas redondas, negras y con un agujero en el medio. No estoy en condiciones de afirmar que es de los avisos más pelotudos que existen, porque como carezco de rodado y por ende, de neumáticos, no formo parte del target... no son ellos, soy yo.
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• Una voz masculina y joven dice "Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso. Dame un beso." Otra voz masculina, mayor y "de locutor" dice: "Relax, pibito, relax... Verano by Uniform". Otra pauta, igual de creativa de la misma campaña, comienza con una voz femenina y joven que repite ad nauseam: " ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda? ¿Estoy gorda?" ante lo cual el locutor responde más o menos lo mismo, sólo que le dice “bebota” en vez de “pibito”. ¿La gente que no sabe inglés, o sea la mayoría de los habitantes de este país hispanohablante, entiende el mensaje? ¿La gente que sabe inglés y por lo tanto capta que dice “relajate, verano por uniforme”, entiende el mensaje? ¿La gente que sabe inglés y que además, sabe que Uniform es una marca de ropa informal, entiende el mensaje? Siguiendo la premisa de que la publicidad va dirigida a un público específico, a mí me da que pensar que en este caso se trata de individuos que saben inglés, usan ropa informal, conocen la marca y son absolutamente insoportables o absolutamente neuróticos. Ahora bien, yo me manejo bastante bien en inglés, uso ropa informal, conozco la marca y soy absolutamente neurótica, pero sin embargo, no entiendo el mensaje. Ergo, no soy insoportable. Claro, por eso no lo entiendo, me falta ese detalle. No son ellos, soy yo que carezco del nivel mínimo de pelotudez requerido.
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• Por último, pero no por ello menos importante, me referiré a la campaña de Pilsen Sonic. Imposible reproducir alguna de sus pautas, pero básicamente se desarrollan en discotecas y tienen como protagonista a un tipo al cual un incidente mínimo casual (que una chica lo empuje sin querer y le pida disculpas, o le llegue un mensaje al celular de número desconocido que dice “¿Dónde estás?”, le dispara la testosterona hasta alcanzar niveles tóxicos, en donde se imagina una escena erótica -por decir lo menos- con una desconocida. El aviso termina con el slogan “Pilsen Sonic, lo mejor de la noche”. Chan- chán. Ahora, bien, yo me pregunto ¿A quién va dirigido el mensaje? ¿A los pobres tipos? ¿A los infelices que están tan desesperados en su soledad que sufren alucinaciones? ¿A los desgraciados que tienen una vida tan de mierda que lo mejor que les puede pasar en una noche es tomarse una cerveza? Imagino que hicieron el correspondiente estudio de mercado, que dio como resultado que el porcentaje de pelotudos infelices es altísimo, porque de otro modo, no lo entiendo. Ah, pero como yo no soy consumidora de cerveza, más bien prefiero los derivados de la uva, el aviso no está dirigido a mí, así que es más que obvio que no son ellos, soy yo.
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