----
Un buen día, no hace mucho tiempo atrás, comencé a darme cuenta que los prospectos de los medicamentos venían en blanco, que los envases de yogur ya no traían la información nutricional y que algunos novelistas tenían un estilo tan críptico que no entendía nada. Había llegado la hora de ir al oftalmólogo y de comenzar a utilizar anteojos, y lo que es peor, había llegado la hora de asumir el viejazo. Eso de seguir presumiendo de adolescente pasados hace rato los 40 no daba para más, particularmente a nivel ocular. Hasta hace muy poco tiempo, podía leer hasta con los ojos cerrados las letritas más chiquititas sin problema, pero ya no. Las letritas más chiquititas se habían esfumado.
Saqué hora para oftalmóloga, y allá fui. Mientras estaba en la sala de espera, se acercaron dos promotoras de sendas ópticas que me vieron cara de andar necesitando anteojos -sospecho que estar en la sala de espera de un oftalmólogo leyendo un libro que me lo ponía a la altura de los tobillos para poder descifrar lo que decía ayudó bastante- y me dieron unos folletos con tentadores descuentos, no por ser yo, como pensé en primera instancia, sino porque era socia de esa mutualista, como decía en letra grandota.
Tras la consulta y la revisación, salí del consultorio con la indicación para hacer los primeros anteojos "para ver" de mi vida. Fuera de la mutualista, estve tentada de dirigirme a una de las ópticas de los folletos y encargar allí los anteojos, pero me contuve: siendo trabajadora, se supone que tengo derecho a subvención; mejor, averiguaría primero.
Cuando llegué a casa, llamé al teléfono de consultas del BPS. Tras varios intentos fallidos, finalmente me atendió una contestadora automática muy amable que me dio una serie de opciones, que fui digitando en mi teléfono, además de haberme solicitado que también ingresara mi número de cédula de identidad, no fuera cosa que un individuo no identificado se le ocurra gastar los recursos del Estado escuchando una grabación telefónica. Finalmente, la contestadora me informó que tenía 13 minutos de espera.... Estaba tentadísima de cortar e ir a una óptica cualquiera y pagar de mi bolsillo, pero andá a saber si no me cubrían parte del costo y me salvaba de un gasto grande. Así que esperé estoicamente durante 13 minutos, o tal vez 15, no podría precisar si no me regalaron un par de minutos con la misma grabación que repetía ad nauseam a cuántas cosas tenemos derechos los trabajadores. Finalmente, me atendió muy correctamente Analía, a quien le expliqué la situación, le dije que era docente de Educación Secundaria, y me dijo que fuera con la indicación médica, un timbre profesional de 14$ y la cédula de identidad vigente y en buen estado. Por las dudas le pregunté hasta qué hora atendían, y me dijo que hasta las 16. ¡Oh cielos, qué horror, eran las 15! Si los astros se alineaban -y si el 409 o el 468 se dignaban a pasar- llegaría justo a tiempo. Largué el teléfono, agarré la cartera y salí como bólido; no sé cómo, pero a las 15:50 yo estaba en el BPS con el timbre profesional en la mano, a punto de dirigirme al Sector A, Escritorio 1.
Llegué a una sala de espera muy vasta, llena de gente -no había un solo asiento libre, pese a que había numerosas filas de butacas-; observé el panorama y descubrí dos dispensadores de números; calculé -acertadamente- que el más próximo al del Escritorio 1 era el que daba los números que necesitaba, y corté el mío: el 22. Dado que no podía sentarme a leer (con cierta dificultad) el libro que había llevado, me puse a observar el entorno.
El Sector A, allí donde había un cartel con un ostentoso 1, tenía dos escritorios, de los cuales sólo uno estaba ocupado; pese a ser mediados de enero, aún permanecía un árbol de Navidad con chirimbolos y un cartel hecho a mano que deseaba a quien lo leyera un Feliz 2010, y otro que indicaba que allí se atendían casos de lentes y de prótesis. La única funcionaria que atendía al público de ese sector era una señora muy entrada en años... muy. No deja de ser curioso que en el organismo que entre otras cosas se encarga de jubilar a los trabajadores siga en funciones una persona que hace rato que superó la edad jubilatoria (supongo que su historia laboral se traspapeló, y nadie se dio cuenta, y ella menos). La cuestión es que iba por el número noventa y pico de la serie anterior, así que tenía para un buen rato de espera.
En un momento determinado, se acercó una auxiliar de servicio y se puso a hablar con la funcionaria, mien tras vaciaba las papeleras; por las expresiones de sus rostros, los pacientes esperadores dedujimos -por qué hablo en plural, yo deduje- que algo le había pasado a la funcionaria tiempo antes, y esta otra empleada se interesaba e incluso se preocupaba por ello. Un memoento después, llegó un guardia de seguridad, y la funcionaria, como es natural, se dispuso a hablar con él, en tanto los pacientes esperadores se habían reproducido sin pausa -ya se superaba largamente el número 30, recuérdese que yo tenía el 22-. Dado que ni la funcionaria, ni la auxiliar ni el guardia pudieron resolver el intríngulis ¿un robo, quizás? las cosas siguieron su ¿curso? a puertas cerradas, claro está, porque a las 16 habían cerrado para evitar que siguiera entrando más gente. Para alegría de los pacientes esperantes, que a estas alturas habían establecido relaciones de amistad, cuando no de pareja, o habían terminado de leer -o de sospechar el contenido de lo que estaban leyendo, recuérdese que estábamos allí para solicitar anteojos- llegó una segunda funcionaria, lo cual, evidentemen te, aceleraría el trámite. Bueno, tan evidentemente no, porque la primera funcionaria dejó su puesto y salió -según dijo a viva voz una señora rubia, y entre risas, porque ya se le había terminado la indignación hacía media hora- ¡a fumar!
La nueva funcionaria, igual de vieja que la otra, muy parecida a Droopy pero más desgarbada, siguió atendiendo con ritmo cansino, hasta que volvió su compañera tras haber recibido su necesaria dosis de nicotina.
Como seguía nerviosa y alterada por el incidente que había ocurrido antes, la nueva le dio una pastilla para que tomara, cosa que hizo a la vista de todos nosotros, que teníamos ganas de manotearle el blister y tomar una nosotros también.
En un momento, cuando iban por el número 20, el muchacho del número 21 y yo, la número 22, nos acercamos a la barra, porque según entendíamos, estos números naturales seguían al 20. Bueno... aún mirando el pincho en donde iban colocando los papelitos con los números... ¡Llamaron al 98!!! En ese momento, desde el 21 al treintaipico nos levantamos en armas como un solo individuo y nos lanzamos al ataque, ante las miradas incrédulas de las dos Parcas que tenían nuestro destino en sus manos. Inmediatamente -téngase en cuenta que para estas señoras el término "inmediato" tenía un sig nificado distinto que para mí- enmendaron su error, y nos llamaron al 21 y a mí. Me senté frente al escritorio de la primera vieja, quien me solicitó mis documentos, en tanto conversaba con su colega, diciéndole que ella no estaba acostumbrada a tomar nada, mientras la otra le aseguraba que era algo suave y que la iba a ayudar a tranquilizarse, pero estaba tan preocupada por los efectos del ¿ansiolítico?
¿relajante muscular? ¿analgésico? que había tomado que casi me anota dos veces en su planilla. Cuando al final logró focalizar su atención, entendió que yo tenía una indicación de anteojos y tal número de cédula, me dijo sin darme pastilla alguna, que no me correspondía el beneficio. "¿Cóooomo? Si yo llamé y me dijeron...." "Usted es docente de Secundaria” -gracias por recordármelo, a veces se me olvida y creo que soy acróbata de un circo-, “y los funcionarios públicos NO TENEMOS derechos." "Ya lo sé, por eso llamé antes de venir y me dijeron que..." "Ah, se habrán equivocado."
Pues sí, con mi indignación a cuestas -a mí no se me había terminado como a la señora rubia- me fui con la cola entre las patas... rumbo a una de las ópticas cuyo folleto tenía en mi cartera, en donde me atendió un señor de lo más encantador y solícito.
Ahora soy la flamante propietaria de unos preciosos anteojos que pagué de mi bolsillo, dado que podré deslomarme laburando, pero no tengo derecho a descuentos por el mero hecho de ser trabajadora del estado. Eso sí, volvieron a a parecer las letras chicas que se habían esfumado del universo.
No lo tengo del todo decidido, pero creo que cuando termine de pagar los anteojos, empezaré a ahorrar para comprarme un arma de fuego. Por si vuelve a ponerse de moda la política del "rifle sanitario", quiero estar prevenida.
-------
------