jueves, 1 de octubre de 2009

De vuelta en el aire

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En el mes de julio, Eduardo Nogareda, conductor de "El truco de la serpiente" me había invitado a participar de su programa radial. Fue así que durante algunos viernes estuve al aire leyendo mis textos.
Durante el mes de septiembre, Eduardo estuvo de viaje, por lo que el programa fue grabado y yo me llamé a silencio. Ahora él ha vuelto, y yo también: mañana 2 de octubre retomaré el espacio radial de los viernes.
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Si tenés tiempo y ganas de reírte de mis torpes balbuceos microfónicos, o de escuchar un muy buen programa (a excepción del rato en que estoy yo), sintonizá Emisora del Sur (1290 AM ó 94.7 FM) a partir de las 16:00 horas.
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Para escuchar en internet:
http://www.emisoradelsur.com.uy/
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sábado, 26 de septiembre de 2009

Bos taurus.jpeg


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No recuerdo cuándo fue mi primera vez. Seguramente ocurrió en mi infancia, porque ya en ese entonces se estilaba hacerlo como paseo didáctico, al igual que ahora, pero tengo clara conciencia de que siempre me gustó visitar la Exposición Rural del Prado. Es que se ve que a una parte de mí le hubiera encantado ser estanciera*, lo cual resulta rarísimo en una tipa absolutamente urbana y asfáltica, que no puede vivir sin el cine, el teatro y los bares y otros establecimientos afines. De todas maneras, me encanta el campo, y perderme en esas planicies y ver el espectáculo deslumbrante de los primeros rayos del sol iluminando las chircas.
Por eso, cada año, cuando por unos días el campo se viene a la ciudad, trato de ir aunque sea un ratito para llenarme las fosas nasales con el olor de la bosta.
Y esta vez fue diferente. Diferente porque estrenaba mi cámara digital. Como tantas cosas en mi vida, me negué tozudamente durante años a cambiar la fotografía analógica por la digital hasta que al final cedí. No quería separarme de mi Nikon réflex analógica y no me separé: ahí la tengo, pero decidí invertir unos morlacos en una Canon que no es réflex pero es una preciosura. Los visitantes frecuentes de este blog saben que cada tango mecho alguna fotito, pero las fotos “verdaderas” escaneadas pierden bastante su gracia, así que ahora podré colgar fotos virtuales (que serán igual de malas que las otras, pero se al menos se verán con mayor nitidez).
La otra diferencia fue que llovía. Llovía tanto que daban ganas de desarmar uno de los galpones, armar un arca con los restos y embarcar los animales. Me encanta la lluvia, me encanta la Rural y me encanta sacar fotos, pero les aseguro que la mezcla es fatal.

Como muestra de mi incursión fotográfica/acuática por la Rural, aquí les dejo estos botones:
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Gran Campeón Flogger.

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"... esa tristeza que tienes
viene de un rostro cansado..."
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Dedito pa' arriba pa' la yerba Canarias.
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¡Linda tarde para mojarse el cu...erpo viendo caballos!
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¡Andá...! ¡Ni loco salgo al ruedo con el ridículo éste!
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"...por una cabeza
de un noble potrillo..."

La crisis obligó a los Cartwright a vender su rancho.
Al bajo precio de la necesidad, claro.
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¡Qué vienen a hablarme a mí de siliconas...!
,,,
Lo que más se exhibe son animales políticos.
De todas las razas que se crían en el país.
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Varios ejemplares de la raza Charolais.
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¿De qué raza será esta vaca?
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"... estoy verde
no me dejan salir..."
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"... si cantara el gallo rojo,
otro gallo cantaría..."
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La verdad es que no sabía qué ponerme...
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Yo tampoco... por eso me puse lo primero que encontré!
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Una ternura el corderito...
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Lo dicho: ¡Qué tierno el corderito!
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*Se aceptan regalos del tenor de 50.000 hectáreas y unas cabecitas de ganado;
siento cierta debilidad por la raza Hereford y los caballos Criollos...
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sábado, 19 de septiembre de 2009

El camino hacia la ilustración está plagado de aventuras

O cómo el destino sigue insistiendo en enviar señales sobre todo cuando una no cree en él
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El año pasado, en ocasión de la Feria del Libro de Montevideo, escribí un artículo acerca de la misma; aquellos lectores que no lo hayan leído y les interese hacerlo, o aquellos lectores que lo hayan leído pero no lo recuerden y quieran volver a leerlo, o aquellos que lo hayan leído y lo recuerden pero sean masoquistas en insistan en leerlo otra vez, pueden hacerlo aquí.
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Como sea, me gusta mucho ir a la Feria del Libro, pasarme un par de horas hojeando decenas de libros, y comprarme dos o tres.
[1]
Pero acceder a ese cacho de cultura que me corresponde por ser ciudadana natural de la Siempre Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo no ha sido fácil.
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Hace dos años decidí ir un sábado por la tarde, no recuerdo bien si era la única tarde libre que tenía o porque ese día cerraba la jornada un recital de Fernando Cabrera, que me encanta. Como fuera, salí dispuesta a tomar el 409, que es el ómnibus que más me acerca a la Intendencia Municipal, en donde se instala la Feria. Una vez que me hube accedido al ómnibus, a 4 paradas de la mía, ocurrió un accidente: un camión manejado por un conductor con serios problemas de estimación de distancias, osó embestir al 409, tras lo cual se dio a la fuga. La sorpresa y la conmoción causadas por el impacto no fueron nada comparadas con las que se produjeron segundos después, cuando el conductor del 409 se lanzó en persecución del camión, sin ponerlo a consideración de los 50 ó 60 pasajeros que transportaba. Al mejor estilo de una road movie, se fue derechito por Carlos Mª Ramírez en dirección sur, en lugar de doblar por Agraciada en dirección este, como hubiera correspondido. La persecución siguió por calles laterales hasta que al final le dio captura allá por el cementerio de La Teja, momento en el cual ambos conductores asomaron sus cabezas por las ventanillas respectivas, y se putearon de arriba abajo, como corresponde a dos caballeros del volante. Y como también corresponde, nos dirigimos -bah, nos dirigieron- a la Seccional policial más próxima, que por suerte la 19ª queda cerca del cementerio. Claro que allí llegó el momento de las declaraciones y la recolección de datos, pausa que aprovecharon los fumadores para bajar a fumar, y quien esto escribe, viendo agotada su reserva de paciencia -que nunca es muy copiosa, por otra parte- emprendió la fuga rumbo a la parada de ómnibus mas próxima, con la firme decisión de esperar el 427 e invertir en un nuevo boleto, pero el viaje a la cultura bien lo valía. Ni que decir que ni bien me hallaba a mitad de camino rumbo a la parada, el 409 de marras arrancó tan orondo y se fue sin mí.
No recuerdo qué libros compré, pero el recital de Fernando Cabrera estuvo espectacular.
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Este año la ida a la Feria venía complicada por razones de agenda: las reuniones de evaluación no me dejaban ni respirar, y no quería ir el domingo porque se llena de gente y soy alérgica a las muchedumbres. Por suerte, el viernes 11 tenía la tarde libre, y si sobrevivía al trajín de las reuniones y las clases, podía ir.
El viernes a eso de las 15 horas, arranqué hacia la parada a esperar el 409. Sí, a esperarlo, porque cuando estaba a 10 cm de la parada pasó el muy hijo de una gran siete, y el siguiente llegó tres días después cargado hasta el espejo retrovisor, así fue que los numerosos pasajeros que nos habíamos congregado en la parada tuvimos que apretujarnos como pudimos. El ambiente dentro del ómnibus venía caldeado, no debido a razones térmicas, sino porque en el fondo venía un grupo de muchachones rompiendo la armonía del pasaje. Como yo iba con los auriculares del mp3 metidos hasta las trompas de Eustaquio escuchando una cuidada selección de canciones de Eduardo Mateo, por supuesto que no me enteré de nada, pero en eso se produjo una corrida -al mejor estilo de los encierros de Pamplona- y una mujer se puso a gritar algo. La cosa fue que el conductor rumbeó otra vez hacia Carlos Mª Ramírez -parece que la esquina esa es fatal-, y yo en mi universo paralelo creí que otra vez iríamos rumbo a la comisaría, pero no: se detuvo en una policlínica, y allí fue que me enteré que los inadaptados del fondo que se estaban pegando entre ellos, le habían pegado a una señora. El conductor dejó a esta pobre mujer en manos del médico, la mayoría de los pasajeros se bajaron, entre ellos los que habían provocado el incidente, ocasión que aproveché para sentarme en un asiento vacío, porque no pensaba cometer nuevamente el error de bajarme y tomar otro ómnibus. Aquietados los ánimos, el conductor reanudó la marcha con los pocos pasajeros que quedábamos, pero en lugar de volver hacia atrás y retomar la ruta habitual, se largó con toda tranquilidad por una calle paralela, lo cual perjudicaría a quienes lo estuvieran esperando por Agraciada, pero nos beneficiaba a los que íbamos en el bus. En determinado momento, preguntó: "¿Alguien se baja antes de Capurro?" y como nadie lo hacía, siguió tranquilamente, con lo que llegué al Centro mucho antes de lo imaginado.
En esta oportunidad volví cargada de libros; veremos qué aventura me depara el 409 el año que viene, cuando nuevamente intente visitar la Feria del Libro.

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(¿Seré yo, o serán ellos?)
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[1] Acto que me hace digna de ser execrada por parte de los dueños de librerías, que pierden guita como locos, conmigo y con todos aquellos que hacen lo mismo.

sábado, 12 de septiembre de 2009

¿A qué huele la gloria matinal?

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Hace dos columnas atrás planteé el asunto de la indeseada “música de fondo” que una se ve obligada a soportar en la urbanizada y (des)humanizada vida actual, y en particular en el ómnibus: que el ruido del tránsito, que el motor, que la radio que escucha el conductor, que los diez ringtones a cual más estruendoso, que las conversaciones a los gritos por celular, que la música pseudo-tropical que algunos pasajeros insisten en compartir generosamente con su nuevo celular con parlantes (jamás me encontré con nadie que quisiera compartir a Chopin o a Thelonious Monk, no entiendo por qué), que... Para peor, yo disfruto (¿o sufro?) de un oído finísimo, que será incapaz de distinguir un si bemol de de un no, pero que es capaz de captar los ruidos digestivos de una hormiga, oído que pensé que iba a ir perdiendo con los años, pero he pasado los 40 y según mis alumnos del fondo del salón, se mantiene intacto, lo cual lamentan muchísimo a la hora de cuchichear en clase o de pasarse respuestas en un escrito. Pues bien, algo similar me pasa con el olfato, y en seguida me doy cuenta cuando algo huele a podrido en Dinamarca.
Debo confesar que soy bastante sensible a los olores. Durante años, antes de dedicarme a la docencia, trabajé en la Salud, y por supuesto, más allá de que me encantaba mi trabajo, tuve que soportar aromas varios con espíritu espartano, lo que no implica que me haya acostumbrado a ellos. Incluso hay olores "socialmente aceptados" que no me gustan nada, como por ejemplo el olor a yerba mate -y no vengan todos los talibanes del mate a hablar de patria y tradición- el olor a coliflor y el olor a bacalao.
Por otra parte, a mí me gusta "oler bien" y suelo perfumarme como una odalisca, y entiendo perfectamente que haya gente a la cual le moleste ese tornado de nardo y jazmín que voy dejando a mi paso, porque sobre gustos hay muchísimo escrito y cada quien es libre de leer al autor que prefiera.
Y también me gusta que la casa huela bien. Huele bien cuando está limpia, cuando se encera el piso, cuando el horno comienza a avisar que el pollo está casi en su punto, o cuando se cuece una crema de vainilla en el fuego... Pero ¿es necesario que el agua de lavar los pisos huela a desparramo de geranios, el producto de limpiar el bidé huela a estallido de jazmines, el aerosol que se dispara solo en el living huela a derroche de lavandas y el detergente de lavar los platos huela a explosión de cítricos?
En la actualidad, una no puede mirar la tele un rato para distraerse, sin que le ofrezcan en la tanda publicitaria una miríada de productos para aromatizar la casa y la ropa: jabón en barra, en gel, en polvo, desodorante de ambiente líquido, en aerosol o en vaporizador automático, desodorante para el inodoro -que si fuera tan inodoro como pretende, no habría necesidad de desodorizarlo-, detergente para platos, suavizante para ropa... Parecería que hubiera una imperiosa necesidad de que todo huela a algo diferente: la cocina jamás puede oler a sopa, por ejemplo, sino a “brisa matinal” que no sé bien lo que es, porque si la brisa matinal viene rumbeada del lado del Miguelete
[1] me quedo toda la vida con el olor a puchero.
Y es que me resulta preocupante este asunto de los desodorantes de ambiente, o más correcto sería decir los odorantes de ambiente, ya que desodorizar es sacar el olor, en tanto que estos productos lo que hacen es agregar un olor distinto. En realidad, como decía antes, a mí me gustan mucho determinados aromas -por ejemplo, el perfume de los jazmines- y no me gustan nada otros hedores -por ejemplo los resultantes de las actividades bacterianas que transcurren en el intestino grueso-, de ahí a que en el baño utilice en determinadas ocasiones, un desodorante con aroma a jazmín. También me gustan los sahumerios, en particular los que tienen olores "comestibles" como el de vainilla o el de canela con naranja (sí, hay palitos de incienso con olor a canela y naranja, no es que me haya aspirado el quitaesmaltes antes de escribir esto). Los que me preocupa es la hiperodorización, la negación de la realidad olorosa, y la metáfora odorífica, ya que los desodorantes que tienen aromas tales como "brisa marina" o "mañana en el bosque", olvidando que a veces la brisa que viene del mar trae unos aromas a calamar y alga podrida que es una gloria, por no mencionar que en los bosques por la mañana cuando el bicherío se despierta y entra a marcar territorio se huelen unos perfumes que hay que tener un estómago de suino para continuar la marcha con hidalguía. Hay una especie de espantosa compulsión a que todo tiene que oler a algo distinto, y lo que es peor, a algo metafórico, porque el baño no huele a lavandas porque tenés un jarrón con lavandas, sino porque tenés un envase con un líquido violetita que dice en la etiqueta que huele a lavandas, que es la traducción odorífica de “colinas irlandesas” u otro nombre igualmente cursi que le haya puesto el fabricante.
Y como era poco sobrearomatizar la casa, los propietarios de vehículos equipados con motor también odorizan sus autos, así que ando sospechando que las nuevas generaciones creen que la nafta tiene olor a brisa de las cumbres, que así se llama el producto con olor a pino que el dueño del coche eligió para su Volkswagen.
Por aquí dejo esta reflexión perfumada. Ya se consumió del todo el incienso de Loto del Nilo que encendí al comenzar a escribir este texto. Lo bueno es que ahora el monitor huele lindísimo; lo malo es que se me llenó el teclado de cenizas.

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[1] Uno de los arroyos que atraviesan Montevideo, cuyas oscuras aguas acarrean mucho más que átomos de hidrógeno y oxígeno

sábado, 5 de septiembre de 2009

Una noche en la ópera

No, no se trata de la película de los hermanos Marx, sino de la crónica de mi primera experiencia operística de verdad, y no frente al televisor ni junto a la radio o al equipo de audio.

Antes que nada debo confesar que soy negadísima para la música. Carezco de oído musical y canto casi tan mal como Thalía o Enrique Iglesias, sólo que tengo mucho más desarrollado el sentido del ridículo y me limito a cantar en la ducha. Además, jamás logré entender una partitura y no puedo comprender cómo cinco renglones con unos circulitos y unos palitos pueden encerrar una sinfonía bellísima o la peor de las cumbias villeras. Nunca podré distinguir una blanca de una negra ni aunque las vea pintadas, y para mí sol es esa cosa brillante que gira alrededor de la Tierra -que no venga a joder Copérnico diciendo que es al revés-, y no una nota musical.
Será por eso que admiro tantísimo a la gente que hace música, que cuando escuchan un "tiiiin" en seguida "sienten" que es un do sostenido. O como tantos amigos que visitan este blog (Santi, el Tata, Juan, la Flaca, Bea) que son capaces de crear la más bella melodía con un soplo de su aliento o con un roce de sus dedos. Y más aún admiro a los cantantes, que en su laringe privilegiada encierran tanta magia.
Y será por eso que me encanta la ópera, aunque me cueste tanto y sea como aquel cuya descripción leí una vez en algún lado: "fue a la ópera y salió sin saber si vio la Tosca de Puccini o la Pucha de Toscanini". Pero no por eso dejo de disfrutarla.
La cosa es que mi relación con la ópera había sido siempre discográfica, radial o a lo sumo televisiva; nunca había tenido ocasión de ver una ópera "de verdad", y si bien en los últimos años en Montevideo hay temporada, mi condición de pobre pero docente me había impedido asistir. Se me dirá que hay localidades baratas, pero como yo no tendré un mango pero sí tengo pretensiones, no estaba dispuesta a romperme las rodillas, sufrir de vértigo y ver un tercio del escenario, así que si no era a platea, no iba nada. Al final, este año decidí que bien valía el sacrificio, desempolvé la VISA y me compré una entrada para "El Barbero de Sevilla".
“Il Barbiere di Siviglia” es una ópera de Gioacchino Rossini, que no es otro que el de los canelones, porque parece que este muchacho, además de componer unas óperas preciosas, comía. Se trata de una ópera bufa (es decir, cómica, y no que resopla como una vaca), que relata los enredos que atraviesa una pareja de enamorados para concretar su relación, la que finalmente llega a feliz término debido a la trama urdida por el ingenioso –e interesado- barbero de la localidad.
La emoción me embargó desde un par de semanas antes; tenía pronta hasta la ropa que iba a llevar, porque si bien no era una gala en la Metropolitan Opera House, tampoco era cosa de ir vestida como para baldear la vereda. Al fin llegó el viernes 28, y toda emperifollada me dirigí hacia el Teatro Solís.
Al llegar, cumplido el ritual de ir al baño –es el único ritual que respeto religiosamente, vaya a donde vaya- me dediqué a observar discretamente a la concurrencia, que contrariamente a lo que podría pensarse siendo la ópera un género que no puede calificarse de popular, al menos en estos tiempos, y necesariamente caro, me resultó de lo más heterogénea, ya que iba de una nena de unos 8 años a una señora que sin dudas estaba viva cuando Rossini estrenó el Barbero allá en 1816, y en cuanto a vestimenta, había caballeros de traje y corbata, otros con saco pero sin corbata, señoras con vestido de cóctel, otras más sencillas, adolescentes de vanguardia, hasta se vio alguna que otra lentejuela... Estaban también la madre de Neo el de Matrix (de otro modo no explico el tapado de napa largo al tobillo y para peor, rojo) y un cuarentón en crisis que fue de vaquero y championes.
Hecha la inspección ocular, me dirigí a mi asiento en la sexta fila de la platea, que aclaro para el que no sabe que es la tercera fila, porque las tres primeras se sacan como por arte de magia para que allí se constituya el foso en donde se ubica la orquesta, y me dediqué a leer el programa, una cuidada revista de más de 50 páginas en papel satinado con información sobre la obra, fotografías de los diferentes artistas, la consabida carta del Intendente Ehrlich y tantos avisos publicitarios como localidades tiene el Solís.
Con una asombrosa puntualidad (sólo 10 minutos de atraso con respecto a la hora estipulada, lo que en Uruguay equivale a lo que en Inglaterra o Suiza sería llegar media hora antes), comenzó el espectáculo. El silencio y la penumbra de la sala fueron cediendo paso a los primeros acordes de la orquesta
[1]. Esos primeros minutos de pura belleza sonora, me hicieron emocionar hasta las lágrimas, y a partir de ese momento dejó de importarme mi incapacidad musical y fue todo disfrute pleno.
Se levantó el telón, y la emoción musical dio paso el asombro ante la escenografía majestuosa –una casa de cristal de dos pisos con varias habitaciones y giratoria
[2]- y a la actuación de los cantantes, actores y bailarines, en un continuo despliegue de talento, gracia y belleza estética. Salvo algunas fallas del tenor Martín Nusspaumer, que interpretaba al Conde de Almaviva y aún mi nulo oído percibió la escapada de varias aves de corral, los demás cantantes se lucieron que fue un gozo, en particular la divina mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, que compuso una encantadora Rosina y que ya decidí que cuando yo sea grande quiero ser como ella; buenísimos los barítonos Omar Carrión (Fígaro) y Luis Gaeta (Bartolo), el bajo Ariel Cazes (Basilio) y la espectacular mezzo Graciela Lassner (Berta) que ella solita llenó el escenario con “Ma che cosa è questo amore, che fa tutti delirar” en una actuación tan impecable como desopilante.
Imagino la sorpresa de Rossini cuando desde el más allá ve casas giratorias, paraguas que danzan en el aire o escucha que Fígaro le diagnostica Basilio, en lugar de febbre “scarlattina”, nada menos que “porcina”. Y mayor seguramente será su asombro al ver que en este alejado rincón del mundo, con muchísimo esfuerzo, se puedan reunir artistas y técnicos de diversos países para darle vida a su ópera más divertida.

No los aburro más con mis impresiones de esa primera noche en la ópera, que sinceramente espero no sea la última; pero al menos tuve esa ocasión maravillosa de disfrutar como loca. Y aquí les dejo este video de Fígaro cantando el archiconocido "Largo al factotum", interpretado por Omar Carrión:


[1] La Filarmónica de Montevideo, dirigida por el ítalo-argentino Reinaldo Censabella.
[2] Del Teatro Municipal de Santiago de Chile, diseñada por el italiano Giorgio Ricchelli.

domingo, 30 de agosto de 2009

El ruido y la farsa de la evolución Darwiniana

"Ruido" - Joaquín Sabina



Los seres vivos evolucionamos, ya lo dijeron Darwin y Wallace, mal que les pese a religiones varias. La gracia de la evolución es que los seres vivos cada vez estemos mejor adaptados al ambiente. O eso había entendido yo, al menos. Justo en este año del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin vengo a refutarlo. Mi hipótesis es que si los humanos hubiéramos evolucionado para adaptarnos mejor al ambiente, deberíamos tener a estas alturas párpados auriculares.
Sí, estimado lector: a estas alturas tendríamos que poder cerrar los oídos cuando no queremos escuchar algo, así como tenemos la capacidad de cerrar los ojos y la boca, y si me apurás, hasta las narinas.
Imagino que en épocas pretéritas, el silencio sería casi palpable, abrumador. Incluso para los habitantes de este mundo actual, tan posmoderno, tan occidental y tan poco cristiano, aquel silencio nos resultaría atronador. Apenas si el susurro del viento entre las hojas, o el rumor del agua de un arroyo, los cantos de los pájaros, los zumbidos de los insectos, algún gruñido esporádico... Hasta que llegó la civilización, la urbanización, la industrialización, el motor de combustión, la aeronavegación, el marcapasos del corazón, y la bordeadora eléctrica.
Ya no es posible escuchar el silencio. Ruge la descarga de la cisterna, tictaquean los relojes, chifla el microondas, suena el teléfono, silba la caldera cuando hierve el agua, ronronea el lavarropas, repica la picadora, grita el locutor de la radio, aúlla el conductor de la tele... Y el tránsito con sus motores, sus frenadas y sus bocinazos, y los perros de apartamento que ladran y ladran, y los vecinos que gritan, y ni te digo si vivís en un edificio con ascensor... Cada vez que alguien lo usa, tiranos temblad!
Pero ese es un camino sin retorno, y las ventajas y las comodidades de la civilización se pagan con ruidos molestos: moriré abrazada a mi horno de microondas.
A todo esto, no he llegado aún al meollo del asunto. Esos ruidos ya casi ni me molestan; es más, casi ni los percibo, y no por hipoacusia, sino por resignación acostumbrada. A lo que me quiero referir es a la obligada música de fondo de los últimos tiempos.
Hasta hace unos años –no tantos, no te vayas a creer- una escuchaba música o programas de radio, si quería hacerlo, en su casa u otro lugar físico determinado, porque la música era inamovible. La radio, el tocadiscos, el grabador, estaban ahí quietitos y una se ponía al lado para escucharla. Después la música se hizo móvil: el walkman, el discman y ahora el mp3 y números subsiguientes, inventos maravillosos si los hay, permitieron que una pudiera llevarse la música que quería escuchar consigo.
Ahora bien: ¿a quién carajo se le ocurrió ponerles parlantes a los ómnibus y a los taxis? ¿A quién se lo ocurrió ponerles música a los teléfonos celulares y además, agregarles parlantes? Un viaje en ómnibus implica bancarse el imprescindible ruido del motor, los gustos radiales –musicales, periodísticos, deportivos- del conductor del ómnibus que con la generosidad que lo caracteriza comparte con todos los pasajeros su Ricardo Arjona
[1], su Fernando Vilar[2] o su Toto Da Silveira[3], los ocho ringtones diferentes de distintos pasajeros –que van desde gritos de Homero Simpson a fugas de Bach pasando por la música de Misión Imposible- la insufrible cumbia villera que los adolescentes (y adultos) lanzan como bombas de gas lacrimógeno desde el fondo del vehículo y los dos guitarristas que suben al ómnibus a zumbar este gallo en medio de la gallera[4].
Como si esto fuera poco, la universalización de la telefonía móvil trajo, amén de los cacofónicos y usualmente ridículos ringtones, la explicitación de lo privado: una se ve obligada a escuchar conversaciones que no le interesan en lo más mínimo. Es así, insoportable co-usuario del transporte colectivo, no sólo me rompe los tímpanos la execrable musiquita que le pusiste a tu teléfono, sino que no sabés cómo me jode enterarme de los detalles de tu divorcio, lo que hiciste de cenar, que tu hijo sacó muybuenosote en la maqueta del sistema solar, que te hiciste la planchita, que vas en el ómnibus porque se te rompió el auto y el mecánico te dijo que lo tendría pronto recién para jueves o viernes, que...
Juro que me anudo los auriculares de mi propio reproductor de mp3 por debajo del hipotálamo de tanto que me los meto en los oídos, pero nada me aísla de ese indeseado e indeseable ruido de fondo.

A vos te hablo. Sí, sí, a vos. Poné tu celular en vibrador; si te vibra mientras vas en el 306 repleto decí bajito que vas en el ómnibus y que después hablás, metete tus auriculares en tus propios oídos y escuchá lo que se te cante, pero no me obligues a ser partícipe.

A menos que lo último que quieras escuchar en tu vida sea la ráfaga de la ametralladora que me compraré en Mercado Libre ni bien termine de escribir este artículo.






[1] Popularísimo músico guatemalteco que parece gustarle a todo el mundo menos a mí.
[2] Conductor de Telenoche, el informativo levemente amarillento de Canal 4, que es repetido por algunas radios.
[3] Sumo Pontífice del periodismo deportivo vernáculo.
[4] Fragmento de “Zumba que zumba”, del dúo Larbanois & Carrero (estos sí me gustan).

sábado, 22 de agosto de 2009

Ajo y agua tiene voz


Estimados lectores: hace unas semanas atrás, les había comentado que Eduardo Nogareda, conductor de "El truco de la serpiente" había cometido el desatino de invitarme a su programa de radio.
Fue así que Ajo y Agua adquirió un espacio cada viernes, en donde leo al aire alguna de mis crónicas.
El programa se puede escuchar por Emisora del Sur (1290 AM ó 94.7 FM) de 16 a 17 horas, o por internet cliqueando sobre el nombre de la emisora.
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Ahora bien, si no pudiste escucharlo nunca (y te interesa hacerlo, que son dos cosas muy distintas), aquí comparto una de esas intervenciones:

El transporte colectivo capitalino




sábado, 15 de agosto de 2009

Paredón, tinta roja en el gris del ayer*

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Siguiendo con el asunto de la campaña electoral, abordaré el asunto de la decoración urbana, que puede parecer que una cosa no tienen nada que ver con la otra, pero no es así.
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En realidad, tendría que haber analizado ese tema la semana anterior, junto con la publicidad televisiva, la apertura de clubes partidarios, las encuestas de intención de voto y las giras que hacen los candidatos para besar niños y viejas, pero me olvidé. No sé si achacar el olvido al estrés propio de esta época del año, al envejecimiento neuronal propio de la segunda edad o a que en realidad, la campaña electoral en los muros es perpetua, y no estacional.
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La cuestión de la utilización de los muros para comunicar ideas parece que surgió hace un tiempo, cuando nuestros antepasados decidieron que sería una buena cosa empezar a habitar las cuevas en lugar de vivir en el descampado. Seguramente bastó un breve instante para que a un tipo se le ocurriera que esas paredes estaban demasiado peladas y ahí mismo se le dio por hacerles un garabato, costumbre que empezó en las Cuevas de Altamira y similares, y que se ha perpetuado hasta el día de hoy como la más firme señal de la cultura humana, dicho lo de cultura en el sentido antropológico, claro, porque no sé qué tan cultos seremos en el otro sentido cuando hacemos pintadas en los muros de un cementerio
[i], pero quién soy yo para ponerle peros a una cosa tan seria como la antropología.
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Es así que desde hace tiempo, los muros de las ciudades se fueron llenando de inscripciones, afiches, graffitis, pintadas, stencils y qué sé yo cuántas técnicas más, que tanto sirven para anunciar las funciones del Circo Real, como para informarte que Empédocles te ama
[ii], que el Pastor Rodríguez te soluciona todos tus problemas, que Cerro salió campeón de la Liguilla, que Jona le pide a Jessi que lo perdone, que sale una excursión para el huesero de Sarandí del Yi, que los MiDaChi están en el Teatro Metro o que votes a Fulano.
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Porque hace rato que los políticos o sus seguidores se dieron cuenta de que había mucho muro y que se podía aprovechar su superficie para propagandear sus listas, sus ideas, o la absoluta falta de las mismas.Ahora bien, en un momento dado de la Historia de la urbanidad, el ser humano observó que las ciudades no se componían solamente de muros que ofrecían ostensiblemente sus desaprovechadas superficies, sino que también había árboles y columnas. Fue entonces que los troncos y las columnas del alumbrado público también se vieron envueltas por afiches -cual si de bufandas se tratara- o pintadas con determinados colores partidarios o números de listas.
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Y ya en los tiempos más recientes, la aparición de los pasacalles, que de vereda a vereda exhiben sus leyendas, que van desde Felices 15, Micaela te desean tus papis a Lista 13, por la senda de Mengano.
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Ahora bien, las técnicas murales más tradicionales son dos: la pegatina y la pintada. La primera consiste en procurarse unos afiches, esto es, hojas de papel de un tamaño considerable -40 cm por 60 cm está bien- impresas con el mensaje que se quiere trasmitir, por ejemplo la idea-fuerza de tal corriente, las bondades de aquel candidato o el anuncio de un acto partidario, que serán adheridas a los muros, columnas, basamentos de estatuas, pilares de puentes o cuanta cosa esté quieta, con un adhesivo de fabricación casera conocido popularmente como engrudo, que se aplicará sobre la superficie con brocha, y luego se procederá a pegar el afiche sobre la pegajosa superficie. La pegatina se hará siempre en horas de la noche, para darle un aventurero aire de clandestinidad que la situación no tiene, aunque sí lo tuvo en períodos oscuros, y con lo de oscuro no me refiero a la noche.
El problema más serio de la pegatina es que ningún pegatinero remueve los afiches que ya estaban pegados previamente, ni tampoco existe ninguna brigada despegadora de afiches caducos, así es que los afiches se van superponiendo, y las sucesivas lluvias los van petrificando, por lo que los muros adquieren grosores de murallas que hubieran causado la envidia de los constructores de castillos en la Edad Media. Llega a ocurrir en el caso del viaducto de Montevideo, que la construcción no se sostiene por la firmeza de sus pilares sino por las décadas de afiches superpuestos.
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El otro problema de la pegatina es la superposición de mensajes: allí quedan, al igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches
[iii], la presentación del disco de Buceo Invisible, No muevan los restos del prócer, el próximo recital de Larbanois – Carrero en el Plaza, y Gana Zutano, ganamos todos, y lo que es aún peor, asoman descoloridos los afiches de elecciones anteriores, que como los apellidos siguen siendo más o menos los mismos de siempre, una ni se da cuenta si se trata de las elecciones de 2009 o de las de 1984.
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La otra técnica mural –más cercana a la tradición de las pinturas rupestres- es la de la pintada, que tanto puede ser una inscripción hecha medio a las apuradas en donde generalmente se denosta a un candidato de la oposición, o casi una obra de arte propia de los muralistas mexicanos. Estas últimas suelen darse en muros cedidos por el dueño de casa que apoya ¿desinteresadamente? al movimiento político que lo realiza, en tanto que las anteriores suelen practicarse en muros públicos o tapiales de obras en construcción.
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En las carreteras no hay muros, como es natural, pero sí puentes, cuyos pilares y laterales se decoran profusamente y una no sabe si el número que vio es el de la lista del Dr. Perengano o los kilómetros que faltan para llegar a Paso de los Toros; también se recurre a los cartelones esos grandotes de publicidad estática, que tanto patrocinan un candidato a la Intendencia como un fertilizante.
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Decía en párrafos anteriores que en los últimos años se han incorporado al ornato público los carteles sobre las columnas de alumbrado público y árboles, y los pasacalles. Esto se debe a la plastificación de la sociedad: carteles de material plástico -similares a los que utilizan las inmobiliarias para anunciar que aquella propiedad se vende o alquila- pasan a sustituir el SE VENDE por Fulano Presidente, con la fotografía del propio Fulano sonriendo de oreja a oreja.
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Los pasacalles también de material plástico atraviesan las calles de vereda a vereda con el slogan del candidato Perengano, intercalado con aquel que felicita a Menganita porque se recibió de odontóloga.Párrafo destacado merecen un implemento que consiste en un rectángulo de nylon grueso, de unos 70 cm por 50, decorados con los colores partidarios y , a veces, con el retrato del candidato, y que se conoce con el nombre de "balconera". Las balconeras se utilizan en los domicilios particulares para hacer público el voto secreto, y curiosamente, no es necesario tener balcón alguno, ya que se pueden colgar de una ventana, por poner un caso. En los edificios de apartamentos, en donde sí pululan los balcones, pueden verse balconeras de todo tipo y color, que una se imagina que las reuniones de consorcio deben de ser lo más parecido a la situación vivida en la Torre de Babel, en la que ponerse de acuerdo en los asuntos más mínimos resultaba imposible.
Por supuesto que una vez pasadas las elecciones, a nadie se le ocurre descolgar los carteles y pasacalles, ni repintar los muros; así es que semanas o meses después, la sonrisa descolorida de Fulano pende en jirones de una columna, que a una hasta le da un poco de pena, por más que no lo votó ni lo haría nunca.
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Y por aquí dejo esta crónica, que ya tengo el engrudo pronto.



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*Fragmento del tango “Tinta roja”, de Sebastián Piana y Cátulo Castillo

[i] Por más que me parezca un disparate ensuciar los muros de lo que sea, en particular de un cementerio, en los paredones del Cementerio del Buceo durante años se pudo leer un graffiti que siempre me gustó: “La Navidad sigue siendo un negocio para los mercaderes que Jesús echó del Templo”. No tiene nada que ver con esto, pero después de todo el blog es mío y escribo lo que quiero, no?
[ii] Inscripción en un muro de la Av. Agraciada, a la altura de Tapes, más o menos
[iii] Fragmento del tango “Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo
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sábado, 8 de agosto de 2009

Todo el año es carnaval, digo, campaña electoral

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Hay quienes afirman que los uruguayos somos tristes. Que la milonga, que el tango, que hasta el candombe es un lamento. Que el carnaval será el más largo del mundo pero es serio. Que somos un pueblo gris.

Quien esto afirme es porque nunca estuvo en Uruguay durante una campaña electoral.

Las campañas electorales se organizan en forma previa a las elecciones internas, a las nacionales y a las departamentales; si viene al caso, se organiza también en ocasión de un plebiscito –en el que se intenta una reforma de la Constitución- o de un referéndum –en el que se intenta anular una Ley- instancias que ocurren cada dos por tres, cosa de no aburrirse.

Cuando digo que la campaña se hace en forma previa, un lector extranjero podría pensar que estoy hablando de cuestión de un par de semanas o un mes antes del día de la elección. ¡Craso error! Prácticamente vivimos en campaña... Sin ir más lejos, al día siguiente de las elecciones, los perdedores ya están viendo dónde estuvo el error y qué estrategia seguir para enmendarlo, y los ganadores también cranean cómo hacer para mantenerse en el poder ahora que lo conquistaron.

Ahora bien, la campaña electoral propiamente dicha, comienza varios meses antes de la elección, cosa de ir entrando en calor. Son tantas las actividades que implica, que en esos momentos el desempleo cae a cero, porque imposible permanecer ajeno y no conseguir aunque sea una changuita para repartir listas. Las empresas consultoras viven haciendo encuestas -y hay como 4 ó 5 empresas grandes que se pasan molestando gente por teléfono para preguntar cosas tales como "si las elecciones fueran el próximo domingo, ¿a quién votaría usted?" cosa que si ocurre en febrero cuando las internas son en junio, puede sonar a broma, y supongo que la encuesta da como resultado que la mayoría votaría a la madre del encuestador. Luego presentan los resultados con unas gráficas preciosas en la TV, en sus páginas web y en la prensa escrita, o las explican verbalmente en la radio.

Otros que se hacen la América durante la campaña son las agencias publicitarias. Asesores de imagen, ideas-fuerza, jingles pegadizos, afiches, folletos y cartelería, spots radiales y televisivos, publicidad en diarios, revistas y semanarios... Eso sí, la creatividad no suele abundar, y una mira la tele y no sabe si tomar leche Conaprole, cargar la garrafa en Riogas, comerse un pancho de Schnek o votar al Dr. Fulano, ya que todos los spots son idénticos.

Hay que reconocer que cada tanto, las agencias de publicidad logran éxitos que pegan en la gente y una se sorprende a sí misma tarareando el jingle de ese candidato que no votaría bajo ningún concepto. Incluso algunos perduran en el tiempo, y así pasen décadas, algunas personas recuerdan la cancioncita del candidato Mengano o del Partido Turquesa.

Los partidos o candidatos más pudientes, llegan a contratar avionetas que llevan carteles con sus listas, y los menos pudientes, los tradicionales autos parlantes que recorren las calles anunciando los exquisitos ravioles de “La gema de Nápoles” y “Perengano Intendente, un candidato decente que vota toda la gente”.

En los últimos tiempos, a los medios tradicionales de propaganda se han agregado la internet (una entra a revisar su correo en Hotmail y resulta que aparece la foto de Fulanito y una frase matadora) y los call-centers: ya no sólo invaden la radio, la TV, los espacios públicos, la prensa, el espacio aéreo, sino que ahora te llaman por teléfono o te mandan un mensaje de texto para convencerte de que votes tal lista.

Ahora bien, no hay campaña electoral sin club. Llegado el período pre-electoral, cuanto inmueble estuviera vacío cambia el cartel de “SE ALQUILA” por el de “ZUTANO, LISTA X”. El lugar es reacondicionado, pintado con los colores partidarios, decorado con banderas y gigantografías del candidato, y amueblado con mesas y sillas de plástico. No podrán faltar los altoparlantes que emitan a todo lo que da el jingle correspondiente. El club estará abierto la mayor parte del día, ocupado por personas que justamente carecían de ocupación hasta que se abrió el club, lo que puede sonar un poco confuso. Se repartirán listas, se realizarán charlas informativas, y cada tanto, si se tiene mucha suerte, se recibirá la visita de Zutano durante 3 minutos, en donde palmeará espaldas y besará niños, y será palmeado y besado a su vez, amén de que dirá unas frases encomiosas acerca de la labor imprescindible que hacen los “clubistas”.

Todas las listas de todos los partidos, además de clubes en inmuebles establecerá muebles, esto es, mesitas plegables en cuanta vereda, feria, plaza o parque haya en la ciudad, pueblo o villa. Las veredas, en particular, se vuelven intransitables, pero sumamente coloridas, y una termina batiendo el récord mundial de lentitud al recorrer 100 m en 35 minutos, y con los bolsillos llenos de listas de todos los partidos.

Ahora bien, los verdaderos protagonistas de la campaña son los candidatos, y no hay campaña electoral sin giras y actos partidarios. Las giras implican viajar kilómetros y kilómetros por día en auto, camioneta u ómnibus, lo cual provoca que se les borre hasta la raya del culo y es pésimo para la espalda y para la circulación; dar decenas de discursos por día, a voz en cuello y con estos fríos, lo que atenta contra las cuerdas vocales y contra la salud mental porque te garanto que si una no llega a soportar un discurso entero, imaginate lo que debe ser para el mismo tipo decir las mismas obviedades todo el día. Ser golpeado y besado por toda la gente en cada pueblo, porque como en algunos lugares no suele pasar nunca nada, el hecho de que llegue un candidato con su séquito, sus banderas y sus globos es todo un acontecimiento, entonces la gente no se lo quiere perder, y va, lo besa, lo abraza y le palmea la espalda, lo que al final del día hace que el pobre tipo tenga hematomas por todo el lomo, y haya recibido todas las cepas habidas de virus y bacterias junto con los besos de la gente. Evidentemente durante las giras comen cualquier cosa, en particular asado y guiso de capón, que a primera leída puede parecer el paraíso pero al tercer chinchulín te vienen ganas de ahorcarte con la piolita de los chorizos.

Por agotados, estresados, desgastados y podridos que estén, los candidatos deben aparecer ante los presuntos votantes y las cámaras con una perenne sonrisa de azafata, excepto cuando hacen referencia a los candidatos opositores: ahí sí se admite el ceño fruncido y la voz airada, aunque internamente esté compadeciendo al otro porque sabe que está en la misma, y porque después en el Parlamento se juntan para chusmear y tomarse una juntos.

La presencia de los candidatos en la TV, la radio, la prensa y la internet se hace permanente, al punto que una sospecha que en el resto del mundo no pasa más nada: ya no hay terremotos, ni atentados terroristas, ni se muere ningún personaje célebre, ni se elige Miss Universo, ni se hacen festivales de cine, ni se descubre una nueva vacuna, ni ningún meteorito osa impactar contra un planeta. Sólo se trata de declaraciones, discursos, provocaciones, bravuconadas, furcios y sonrisas de los candidatos y sus secuaces, que también compiten por sus cargos al senado o a la diputación.

Y luego, están los programas periodísticos que entrevistan candidatos, analizan sus propuestas, presentan encuestas, opinan, discuten, muestran la hilacha...

Ah... ahora que digo “hilacha”, los otros que están en zafra son los sastres y los comercios que venden ropa masculina, y aclaro lo del sexo porque hay bastante menos mujeres que hombres en cuestión de candidaturas, y éstas no hacen competencias de corbatas, o ahora que se nos dio por el aire popular, de remeras, que algunos se creen que los votantes hace rato nos dimos cuenta que el hábito no hace al monje, y que se pongan lo que se pongan, ya no nos ocultan más nada.

Las únicas personas que la pasan mal durante los largos meses de la campaña electoral son los humoristas: por más que se esfuercen, saben que los mejores chistes los hacen los candidatos.

Por eso no escribo ni una línea más; los que habitualmente leen mis crónicas para reírse un rato, en este momento están mirando el debate entre el Dr. Fulano y el Dr. Mengano, que es muchísimo más divertido que cualquier cosa que yo pueda llegar a escribir, por más que me estruje la neurona.
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sábado, 1 de agosto de 2009

La Panacea Universal, o la Revolución Bacteriana del Ácido Láctico

Aclarando, dijo un vasco, que le echaba agua a la leche

Comencé a esbozar este artículo hace varias semanas, como suelo hacer: pienso en un tema, voy escribiendo las ideas que se me ocurren al respecto, luego le voy dando forma y finalmente, lo pulo, hasta que considero que sigue siendo igual de malo que al principio pero que ya mis limitadas capacidades me impiden hacer algo mejor, y ahí recién lo publico.
Bueno, la cuestión es que esto ya estaba casi pronto cuando el Tata, con todo el ímpetu juvenil que lo caracteriza, va y escribe un artículo en su blog en donde aborda lateralmente este tema que hoy nos ocupa. Lo que quiero decir, en definitiva, es que no le afané la idea (no esta vez, al menos).
Hecha la aclaración, ahí voy:

Cuando yo era niña, el yogur era un producto exótico: se trataba de leche a la que se le agregaban unas laboriosas bacterias, que fermentaban la lactosa y producían ácido láctico. Venía en unas botellitas de vidrio similares a las de leche –sí, jóvenes imberbes, en el Precámbrico la leche se vendía en botellas de vidrio- pero más chicas (imagino que serían de 250 cc). El consumo de yogur estaba limitado a razones terapéuticas: es decir, el médico le indicaba yogur a los pacientes que sufrían de andá a saber qué mal inconfesable.
María Elena, mi maestra de 5º, pertenecía a ese grupo de tomadores de yogur. Además, debía hacerlo a una hora determinada, por eso pedía permiso en clase, se servía el misterioso líquido en un tazón de melamina naranja y lo tomaba con cuchara. Ese fue mi primer encuentro cara a cara con el yogur. ¡Se veía delicioso! Algo cremoso, consistente, suave... Comenté el hecho en casa, y me preguntaron si quería probar. ¡Claro que sí! Y tuve mi primera botellita de yogur. Y la primera gran decepción de mi vida. ¡Un asco! ¡Puajjjjjjj! ¡La cosa más ácida y áspera que había probado en mi vida! No hubo forma de cambiarle el sabor, ni volcándole todo el azucarero adentro.
Pasaron los años, se sucedieron las Eras, el ser humano evolucionó, dominó el fuego, inventó la escritura, demostró que la tierra era redonda y que el átomo se podía dividir, y el yogur se transformó en otra cosa. Ya no es sólo leche fermentada con un sabor y una textura similares a los del jugo gástrico. Ahora los yogures (así, en plural) son riquísimos.
Y el yogur ya no viene en botellita de vidrio... Hay en frasco de vidrio, en botella de plástico, en vaso de plástico, en sachet y en caja, desde los chiquititos como un dedal, hasta los que alcanzan para llenar la bañera y jugar a ser Cleopatra. Y puede ser cremoso, batido, bebible, natural, integral, dietético, descremado, saborizado con vainilla, firme, integral batido clásico (sin que yo lo sepa diferenciar del integral sin batir, ni el clásico del romántico), integral batido con dulce de leche, con fibras, con frutillas, con duraznos, con ciruelas, con colchón de frutas, con colchón de frutos del bosque, con colchón de frutos de la Patagonia, con mezcla de frutas (lo que hace una especie de yogur frankensteiniano de perakiwi o manzanaciruela), con cereales, con muesli, probióticos, biotransit y lowcol, por sólo mencionar algunos.
El yogur dejó de ser un alimento de consumo por estrictas razones facultativas a ser un alimento protagónico de la vida actual: tanto da para que meriende el nene en la guardería, como para adelgazar, facilitar la evacuación intestinal, bajar el colesterol, fortalecer el sistema inmunológico o tomar algo rico. Es decir, es la legendaria panacea, la cura de todos los males.
La publicidad de yogur muestra un mundo feliz. No hay bacteria ni virus que se anime a invadirte si fortalecés tu sistema inmunológico con el yogur que tiene nutridefensis, no hay arteria que se tape con grasa por más que le des duro y parejo a la milanesa si luego la bajás con un yogur lowcol, no hay colon que se irrite con un yogur biotransit...
Entonces, cuando Gilles Lipovetsky en “La sociedad de la decepción” dice: “...en nuestra época prosperan el desasosiego y el desengaño, la decepción y la angustia. Pero la entidad que promete la felicidad del ciudadano no es la democracia: ésta sólo garantiza la libertad del individuo...” está insinuando claramente que la entidad que promete la felicidad del ciudadano es el yogur.
Y por acá dejo mi crónica, porque es la hora de tomar mi yogur bebible descremado sin azúcar agregado y con pulpa de frutillas.