Primera parte
Desde hace cien años, en Uruguay el estado está separado de la iglesia; es un por tanto un país laico, mas allá de la fe o la religión que cada uno de sus pobladores pueda o no tener o profesar. Probablemente sea el país que se destaca en el contexto latinoamericano por la falta de religiosidad que tiñe la enorme mayoría de nuestras actividades públicas, incluso las religiosas.
La cuestión es que se acerca la Navidad, que es, sin dudas, la festividad más importante del mundo occidental y cristiano, y, paradójicamente, en Uruguay se celebra como ninguna otra, aunque eso sí, con una vocación laica que prácticamente la transforma en un ritual pagano, que reíte del Halloween de los celtas o la Fiesta de las Linternas de los chinos.
La Navidad, para la mayoría de los uruguayos -católicos, umbandistas, agnósticos, protestantes, judíos, ateos, mormones, ortodoxos, musulmanes, neopaganos o lo que pinte- es motivo de festejo durante todo el mes de diciembre. Por supuesto que -excepto un escaso grupo de verdaderos cristianos, de los que creen y practican- nadie recuerda el nacimiento de Jesús, hecho que, según parece, dio origen a la festividad. Lo que se festeja es otra cosa, que a estas alturas de mi vida no alcanzo a comprender qué es, pero es más que sabido que yo nací acá por un error de la cigüeña, así que intentar entender las costumbres de este país escapa por completo a mi escasa entendedera.
Por lo tanto, cuando comienza diciembre, el espíritu pseudo-navideño comienza a impregnarse en todos los órdenes de la vida social. Tal vez sea debido a la mayor cantidad de horas de luz, tal vez al aumento de la temperatura, tal vez al fin del año lectivo y la proximidad de las vacaciones, o lo que sea, pero se desata una especie de psicosis colectiva que se caracteriza básicamente por el consumismo y la estadounidización de la sociedad. Porque si la Navidad es la conmemoración del nacimiento de Jesús -que según parece nació en Belén, en un territorio árido y escarpado- no llego a entender qué tienen que ver un abeto, unas bolas de vidrio de colores, unas guirnaldas de luces, unas cañitas voladoras, un turrón y una sidra. Pero menos aún comprendo qué tienen que ver la nieve sintética -jamás nieva en Uruguay y no me consta que ocurra muy a menudo en Cisjordania- y un veterano obeso vestido de rojo montado en un trineo.
La versión uruguaya de la Navidad -o “las fiestas”, como suele mencionarse- tiene más o menos las siguientes características: - Los shopping centers, los supermercados y hasta los comercios de medio pelo, así como las viviendas particulares, decoran sus ambientes con profusión de coníferas, renos, nieve artificial, esferas de colores, guirnaldas y ancianos barbados vestidos de rojo (con botas y pieles, indumentaria ideal para los 30º C o más que pueden registrarse en diciembre). Prácticamente no hay a la venta nada que no sea “navideño”: hasta la leche y los huevos vienen decorados con ramas de muérdago u otra planta del hemisferio norte.
- Las veredas de los barrios se llenan de niños que se acompañan con muñecos de tela (generalmente ropa gastada del propio niño rellena de trapos, o papeles) y piden "una monedita pa’l Judas”. Si hay una persona que tuvo nula vinculación con el nacimiento de Jesús, es Judas, que, en cambio, guarda una estrecha relación con su muerte. El dinero recaudado se invertirá en golosinas, de preferencia helados de agua que refrescarán y colorearán artificialmente las vísceras de los niños antedichos, o más frecuentemente, en fuegos artificiales, de preferencia bombas de estruendo que romperán los tímpanos y otras partes de la anatomía de familiares y vecinos, en particular a la hora de la siesta.
- Como resulta poca ambientación sonora la explosión continua durante un mes –o más- de bombas brasileñas, los camiones de reparto de garrafas de gas, añaden su cuota parte, ya que tienen el exquisito gusto de llenar el aire matinal con el sonido de encantadores villancicos interpretados en concierto para bocina y motor diésel: “tu tu turururururu tu tu turururururu…”
- Las "despedidas de año", que son fiestas organizadas en los lugares de trabajo o estudio, o cualquier ámbito a donde concurra más de un individuo, llenan las agendas de los uruguayos. Las despedidas podrán realizarse en el propio sitio que convoca a los festejantes, en la casa de alguno de ellos o en un restaurante, bar, club, pub, discoteca o lo que sea, porque el único objetivo de las despedidas es reunirse con la gente que una ve todos los días y comer y tomar hasta que se enemiste con todos o se amigue hasta con el más ilustre desconocido que pase por las inmediaciones. No podrán faltar el brindis y los buenos deseos de un año mejor, felicidad, prosperidad, amor, salud y lo que sea, aunque al otro día te estés peleando con tu compañero de trabajo por un quítame ahí esas fotocopias.
- Los canales de TV por cable comienzan a infestarse con películas yanquis acerca de lo que ellos llaman Navidad, que no es otra cosa que el culto idólatra a Papá Noel, o para decirlo apropiadamente, Santa Claus, y allí nos viene la plaga de Tim Allen, Danny De Vito, Tom Hanks y Matthew Broderick, que vendrían a ser una nueva versión de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, pero con efectos más devastadores. Los canales de aire hacen lo suyo, y por allí empiezan a pasar “Santa cláusula” en su primera versión, cuando ya va filmada como la décima película de la secuela, nunca mejor usada esta palabra. Por no mencionar "Nochebuena con las estrellas" o programa similar que en la noche del 24 atropellarán sin recato la sensibilidad del espectador pasando videoclips de Thalía, Ricky Martin, David Bisbal, Shakira y el infaltable Puma Rodríguez y ay qué buena está la fiesta, mamá.
- La publicidad televisiva, radial y de prensa se atiborra de productos “navideños”, promociones “navideñas”, oportunidades “navideñas”, que tanto incluyen una cerveza, como una bengala, un pan dulce o un televisor con pantalla de plasma. Como decía un graffiti pintado en el muro del Cementerio del Buceo, “La Navidad sigue siendo un gran negocio para los mercaderes que Jesús echó del templo”.
- Los infaltables –amén de insufribles- balances del año, las cronologías del año, los personajes del año, que invaden los programas periodísticos, tanto a nivel político, económico, cultural, deportivo o lo que se les ocurra, que al final una se hace tal mezcolanza que termina sin entender si las elecciones en EEUU las ganó Ussain Bolt o Lewis Hamilton. Y ya que estamos con personajes famosos, también pululan las entregas de premios al “Mejor Loquesea del Año”, con los consabidos discursos de falsa modestia y más falso aún agradecimiento y dedicatoria a los compañeros de terna, que suelen ser más meritorios que el premiado.
- Los regalos: hay regalos empresariales –quién no ha ligado un imán de heladera, una agenda, un portalápices, con el logo de tal o cual empresa-; están los regalos del “amigo invisible” que suelen organizarse entre compañeros de trabajo, y se hacen en forma anónima, generalmente con el resultado que una recibe en forma inversamente proporcional a lo que da, y están los regalos propiamente dichos, que traen Papá Noel y los Reyes Magos, que terminan ocasionando la quiebra de la economía familiar, porque parece que estos personajes no son reales, como tampoco lo es el dinero de plástico de las tarjetas de crédito. Los regalos podrán adquirirse según el presupuesto de cada uno, en diferentes lugares, desde puestos callejeros hasta tiendas de diseño, sin olvidarse de las compras por internet, que de algo tiene que vivir el Sr. Amazon. Cualquier compra, sea de un depilador eléctrico, un blister de aspirinas o una caja de clavos, se verá recompensada por el obsequio de un almanaque de bolsillo o de pared con el logo de la tienda, farmacia o ferretería correspondiente, de modo tal que una termina con tantos almanaques como días tiene el año, si no es que más.
- El número de lotería para el gordo de fin de año es una compra que no podrá faltar, sea de modo individual o colectivo, no sea cosa que una se pierda la ocasión de volverse millonaria de la noche a la mañana, aunque cualquiera que sepa contar hasta 5 se da cuenta que si una hubiera invertido el dinero que gastó a lo largo de la vida en billetes de lotería, ya sería millonaria hace rato, pero se habría perdido toda la emoción del sorteo gritado a voz en cuello por los “niños cantores” (que se afeitan hace años).
Y con esto termina el decimonoveno capítulo de esta novela por entregas titulada “Nunca quise conocer Uruguay pero después de leer esto, se me fueron las ganas”.
¿Qué no hablé ni una sola vez de la Navidad en sí misma, de la cena de Nochebuena, del almuerzo de Navidad? Ah… ¡No se pierdan el próximo episodio!!!
[1] Referencia a la enseñanza escolar en nuestro país: laica, gratuita y obligatoria
Párrafo aparte merece aquel vendedor (era uno sólo, engominado y de bigotito) que subía a vender poemas humorísticos, o al menos así los anunciaba él, gritando a voz en cuello “¡Bárbaro, sssensssacional...!!!” y recitando fragmentos de los poemas, que según decía, eran de autoría de “El Gauchito del Talud”.
En los parques aún se encuentran los vendedores de manzanas acarameladas, algodón de azúcar, churros y pororó (ahora devenido en pop, “¡Al pó acaramelado, al pó!”), con sus carritos fileteados y de colores brillantes, o sus cajones colgados al hombro, aumentando el nivel de glucemia de chicos y grandes. En los estadios y canchas de fútbol, son tradicionales el cafetero, el cocacolero, al vendedor de pop y el de papitas chips. Antes también vendían cigarrillos, pero desde la tabarevazquización



